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El aguijón socrático de UPyD

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Desde los tiempos de nuestra Transición Política quedó establecido como un axioma que en aras de la sacrosanta independencia profesional y la famosa objetividad informativa los periodistas no debían participar nunca directamente en política como el resto de ciudadanos ni militar nunca, en ningún caso o circunstancia, en un partido político, so pena de perder todo prestigio y credibilidad y que dicho tipo de compromiso era un territorio vedado incluso en los casos en que desempeñan su labor profesional en los gabinetes de prensa de un partido político. Algo así como una extensión de la máxima según la cual la mujer del César no solo debe ser honrada sino parecerlo. Lo malo es cuando a partir de esa máxima, termina importando más el parecer pretendidamente imparcial y objetivo que el ser efectivamente independiente cada uno en su desempeño profesional tratando de abstraerse de filias y fobias incluso al tratar de lo que causa esa misma filia y fobia. Como si casi todos los periodistas no fueran en su fuero interno taurinos o antitaurinos individualmente considerados cuando les toca cubrir lo relacionado con la última polémica del toro de la Vega, o no tuvieran su propia opinión sobre la regulación del aborto, la reforma laboral o la irrupción de un grupo de mujeres en una capilla cuando les toca tratar esos temas con el margen de objetividad que les permite el medio para el que trabajan. O como si cada uno de ellos no tuviera pareja, familia y amigos con sus ideas políticas, intereses y vinculaciones condicionando su forma de ver el mundo. O como si no estuviéramos todos al cabo de la calle de los pies de que cojean, con o sin carné muchísimos periodistas. O como si cada uno de esos mismos medios para los que trabajan o intentamos hacerlo los periodistas no tuvieran, y está muy bien que sea así, su propia línea editorial. 

Pues bien, valgan estas líneas introductorias para decirles que, pese a mi condición de periodista, desde hace ya algunos años he colaborado puntualmente con Unión Progreso y Democracia (UPyD) y he respaldado a título personal a este partido, y que en estas elecciones incluso he aceptado cerrar en el último lugar de manera testimonial su lista al Congreso por Las Palmas y he estado varios días haciendo campaña como voluntario en las calles de Madrid con sus candidatos al Congreso. Y en fin, no sé si UPyD les suena, y si en su caso conocen siquiera que sigue viva, ya que casi nunca los medios de comunicación nos hicieron mucho caso, ni ahora que aún tenemos 130 concejales en distintos municipios de España, y seguimos teniendo representación en el Parlamento Vasco y en el Parlamento Europeo, ni antes, cuando UPyD llegó a tener 5 diputados en el Congreso bajo el liderazgo de Rosa Díez. Cuando,  mucho antes de la aparición de morados y naranjitos, y en plena eclosión del 15-M, UPyD fue una formación pionera en sus propuestas de regeneración democrática y en abrir brecha contra el bipartidismo. 

Y es que UPyD siempre fue un partido demasiado peligroso para los que querían seguir y siguen estando en el machito. Y no sólo por lo que proponían y decían sus miembros. Sino, sobre todo, por lo que coherentemente hacían. Porque reclamar que no hubiera cuotas de partido en órganos como el Consejo General del Poder Judicial, los entes públicos televisivos o las Cajas de Ahorros es una cosa. Pero rechazar entrar en ellos cuando te invitaban a hacerlo es algo de lo que sólo puede presumir UPyD. Como nadie hizo nunca lo que UPyD por los preferentistas y accionistas de Bankia tras la vergonzosa mamandurria de las tarjetas black, personándose en los tribunales y gastando en eso el poco dinero del partido. Y es que como le oí decir por aquél entonces a un alto cargo del UPyD que no se sentía muy a gusto con esta forma de proceder, y que sería de los primeros en bajarse del barco al escuchar los primeros cantos de sirena de Ciudadanos, UPyD “se metía en todos los charcos”. 

Y sí, el establishment del Ibex y la mamandurria prefirió a gente más manejable para hacer frente a Podemos. Y sus terminales mediáticas les hicieron el juego. Y aunque es verdad que a partir de 2014, UPyD pudo haber manejado mejor aquella coyuntura y tuvo muchos fallos de comunicación -había que haber intentado transmitir mejor lo que diferencia lo magenta de lo naranja- esa es la realidad de los hechos. Es un secreto a voces dentro de la profesión y periodistas y creadores de opinión de prestigio, como Pilar Cernuda o Antonio Martín Beaumont incluso lo han admitido recientemente sin ambages en tertulias radiofónicas. 

Ahora, pasado el tiempo, y tras diversos avatares internos, UPyD cabalga de nuevo, con un candidato a la presidencia del Gobierno joven y con empuje como Gorka Maneiro y con gente tan valiosa en la defensa de los Derechos Humanos y el pensamiento como Maite Pagazaurtundúa o Fernando Savater. Y tras meses de bloqueo institucional a causa de un cuatripartito incapaz de llegar acuerdos, sin que en el horizonte se avizore que eso vaya a cambiar, créanme que su propuesta radical e inconformista, racional y regeneradora sigue siendo totalmente necesaria. Porque los paladines de la nueva política que han surgido tanto a la izquierda como a la derecha ya han empezado a dejar bien claro que no son tan diferentes de los de la vieja, sino igual de tozudos y amantes del postureo que los viejos, aunque más inexpertos. Y sería una muy buena noticia que lo que Maite Pagazaurtundúa ha denominado “el aguijón socrático” de UPyD volviera a tener voz en en la Carrera de San Jerónimo. Aunque, por la información de que dispongo, y es una mala noticia para algunos, los magentas van a seguir dando la vara pase lo que pase en las urnas este domingo.

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