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El Roque Idafe: sede de los espíritus de los antiguos palmeros

El ‘pilar del mundo’ para los benahoaritas se situaba en este monolito natural ubicado en el interior de la Caldera de Taburiente, según sostienen los investigadores Jorge Pais y Antonio Tejera. Los aborígenes temían que esta imponente roca “se les cayera encima”.

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En la imagen, el imponente Roque Idafe. Foto: CARLOS CECILIO RODRÍGUEZ

En la imagen, el imponente Roque Idafe. Foto: CARLOS CECILIO RODRÍGUEZ

El Roque Idafe,  el imponente monolito ubicado en el interior del Parque Nacional de la Caldera de Taburiente, era para los benahoaritas, los antiguos pobladores de La Palma, el axis mundi, un espacio  “donde el cielo se une con la tierra, a la manera de un pilar que soporta las dos realidades físicas, y por extensión los dos mundos, el superior y el inferior, los lugares donde se ubicaban los espíritus benefactores y los seres malignos”, según sostienen los investigadores Jorge Pais Pais y Antonio Tejera Gaspar en su libro  La religión de los benahoaritas

Pais y Tejera se han manifestado en varias ocasiones sobre la función que algunas montañas o sitios singulares del territorio pudieron haber desempeñado es su cosmogonía. “Y de ellas, lo más singular de la creencia de los antiguos palmeros es la concepción del axis mundi, hecho igualmente bien conocido y contrastado en muchas culturas de la Antigüedad”, aseguran. “La idea sobre esta creencia en las culturas canarias es, para quienes las hemos defendido en diversos trabajos, deudora de lo manifestado por M. Eliade, el gran historiador de las religiones, quien al referirse a esta creencia en otras culturas destaca su existencia entre los habitantes de Canarias, aunque no precisa la isla en donde existía tal concepción”, afirman. 

La información sobre esta concepción cosmogónica de los benahoaritas, dicen los citados investigadores, “solo se halla recogida en la obra de J. Abreu Galindo, quien la relata del modo siguiente: ‘…Y de esta Caldera y término era señor un palmero que se decía Tanausú; el cual la defendió valerosamente de los cristianos, al tiempo de la conquista (…) Pero el capitán o señor de Acero, que es La Caldera, no tenía estos montones de piedra, a causa que entre el nacimiento de las dos aguas que nacen en este término está un roque o peñasco, muy delgado, y de altura de más de seis brazas, donde veneraban a Idafe, por cuya contemplación al presente se llama el roque de Idafe. Y tenían tanto temor, no cayese y los matase, que, no obstante que, aunque cayera, no les podía dañar, por estar las moradas de ellos muy apartadas, por solo el temor acordaron que de todos los animales que matasen para comer, diesen a Idafe la asadura. Y así, muerto el animal y sacada la asadura, se iban con ella dos personas; y llegados junto al roque, decían cantando, el que llevaba la asadura: y iguida y iguan Idafe; que quiere decir: dice que caerá Idafe. Y respondía el otro, cantando: que guerte yguan taro; que quiere decir: dale lo que traes, y no caerá. Dicho esto, la arrojaba, y daba con la asadura, y se iban; la cual quedaba por pasto para los cuervos y quebrantahuesos”. 

En lo que respecta al análisis lingüístico de la frase, precisan Pais y Gaspar, “hemos de tener en cuenta que se trata de un monolito (natural) considerado como sede de los espíritus. Si seguimos a Abreu Galindo, único garante, el monolito en sí no se llamaba Idafe, sino que este era el nombre del espíritu que allí había establecido su sede, llamándose el monolito roque Idafe”. Por su parte, Abercomby, añaden, “en su estudio sobre la lengua antigua de Canarias alude a la existencia de un dios Idafe que ‘residía en una roca a modo de pilar muy alto de más de seiscientos pies, que los aborígenes temían continuamente que se les cayera encima”.

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