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Diamantes para la eternidad

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'Diamantes para la eternidad' se tituló una de las películas de James Bond interpretadas por Sean Connery. Y Marilyn Monroe cantaba que los diamantes son los mejores amigos de una chica.

Conocí a una guapa viuda berlinesa que lucía el cadáver de su marido en el dedo anular de la mano derecha.

Hay una empresa de pompas fúnebres en Berlín, en el barrio de Spandau -donde estaba la cárcel en la que se pudrió solo Rudolf Hess-, que por unos siete mil euros aísla de las cenizas de un cadáver el veinte por ciento de carbono que contiene el cuerpo humano y, tras un complicado proceso de presiones y calentamientos, lo convierte en un diamante de 1,25 quilates que se talla y en el que se graba con láser el nombre del finado. Para poder verlo hará falta una buena lupa, imagino.

Lo del diamante funerario fue una de las últimas voluntades del marido de la berlinesa y en su testamento destinó esa cantidad a tal efecto. Deduje que la guapa viuda consideraba que mucho mejor habrían estado esos siete mil euros en su cuenta y las cenizas de su marido en el frío Báltico, a tenor de cómo golpeaba con el solitario diamante, engarzado en un anillo de oro blanco, la copa vacía en demanda de que el camarero del bar en el que estábamos le
sirviera al punto más Riesling.

Otra peculiar voluntad testamentaria fue la de un rico empresario bilbaíno. La larga historia comenzó a principios de los años treinta del pasado siglo. El empresario, casado y padre de familia, tenía una joven amante de gran belleza con la que se acostaba en el Hotel Carlton, en la habitación que él pagaba y donde ella vivía mantenida a pensión completa. Durante el tiempo que duró la relación, el empresario colmó a su amante de atenciones y regalos, entre los que no faltaron numerosas joyas.

‘Diamantes para la eternidad’ se tituló una de las películas de James Bond interpretadas por Sean Connery. Y Marilyn Monroe cantaba que los diamantes son los mejores amigos de una chica. Conocí a una guapa viuda berlinesa que lucía el cadáver de su marido en el dedo anular de la mano derecha.



Al empresario le descubrieron un cáncer avanzado y le pronosticaron poco tiempo de vida. Antes de fallecer, el empresario se preocupó por el futuro de su amante, que no tenía oficio ni beneficio y padecía alergia al trabajo. El empresario dejó un codicilo secreto en manos del albacea por el cual, a su muerte, la mujer podía seguir viviendo en la habitación de ese hotel de cinco estrellas en las mismas condiciones y durante cincuenta años exactos.

Cuando murió el empresario, poco antes de la Guerra Civil, la mujer contaba treinta y pocos años. Ella tenía otro rendido admirador, un joyero, al que consideraba buen amigo pero desdeñaba sus pretensiones amorosas. Durante décadas, la mujer fue vendiendo a su resignado admirador, una a una, según necesitaba dinero, las joyas que en su día le regaló el generoso amante fallecido. El joyero se las fue comprando religiosamente y a buen precio.

La longeva huésped del Carlton no se casó ni tuvo más amantes. Le dio por la beatería meapilas y optó por la castidad. Cuando ya era una anciana, el joyero murió. La mujer llevó a vender una de las últimas joyas que le quedaban al socio de su amigo. El hombre se vio en la penosa situación de tener que decirle que esa joya que le ofrecía era falsa, como lo fueron todas las que su socio le compró de su bolsillo durante tantos años.

La mujer comprendió entonces la intensidad del amor que le había profesado aquel hombre, al mismo tiempo que le faltó capacidad para entender la extraña mezcla de generosidad y engaño cicatero del que fue su amante.

Esta hermosa y melancólica historia de amor, orlada de cierto humor negro, tiene un triste epílogo.
La mujer rebasó con su edad el medio siglo de alojamiento y manutención que tenía pagados en el hotel Carlton. Con más de ochenta años cumplidos, tuvo que abandonar la lujosa habitación, los salones y el comedor que habían sido su hogar durante toda la vida. La acogió el asilo municipal.

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