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Regenerarse, pactar y cambiar

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Esta semana he comido con unos viejos rockeros comprometidos con la izquierda a lo largo de su aún corta vida de jubilados y con la transición y me sorprendieron por su hartazgo, que ha pasado por mandar todo a paseo y directamente pensar que hay que votar a Podemos. Les da igual lo que diga Podemos. No lo analizan. Solamente quieren castigar.

Al mismo tiempo miro el Navarrómetro y otras encuestas, y acabo pensando en la muy amplia voluntad de castigar que arrastra el voto a Podemos. También veo los comentarios a los artículos y, como a la gente no le importa que no tengan programa electoral, no le importa que Pablo Iglesias haya montado una estructura de poder basada en el conmigo o contra mí y tampoco le importa que se investigue que a Iñigo Errejón, número dos de la formación, por incumplir su deber de acudir a trabajar a Andalucía; algo que jamás perdonarían a ningún militante de los que ellos llaman la "casta".

Este es el momento. Los ciudadanos no pueden más y Podemos, con una gran gestión del hartazgo, ha sabido canalizar la combinación de corrupción, crisis y hartazgo. Es cierto que cada país europeo ha encontrado una vía política para recoger el cansancio del que hacen culpables a los partidos en los que hasta ahora hemos confiado. Las soluciones pasan de la izquierda más antisistema a la derecha también más antisistema. Todos pasan por camuflar los orígenes de sus dirigentes con el único objeto de captar electorado descontento en cualquier corriente política.

En España parece que solamente sea Podemos capaz de romper con el bipartidismo que ahora parece tan malo, pero que a pesar de las vergüenzas nacionales ha transformado España. Tal vez la juventud, que ni es pecado ni es mala en si misma, impide conocer directamente lo que era España en 1976 y lo que es España, a pesar de todo, en 2014. Éramos un país considerado en desarrollo por Naciones Unidas y aislado en el mundo global, donde no había un sistema fiscal homologable y los derechos sociales se protegían por paternales leyes franquistas, donde media España vivía marginada y la Iglesia y el Ejército mandaban con mano férrea.

Hay que ser simple, cegato, ignorante de nuestra dura historia o voluntariamente manipulador para ocultar el pasado y hablar de que la Transición fue un fraude. La política es el arte de lo posible ligado a un momento histórico, y querer cambiarla y juzgarla con los ojos del presente es torticero, manipulador y fraudulento, y eso es lo que hace Podemos. Nuestros males no están en la Transición, están en las actuaciones presentes. En la crisis y en el desflore de la corrupción. España vivió un siglo XIX más que convulso. Donde los pronunciamientos acompañaban a los cambios constitucionales radicales. Donde cada partido hacía una constitución siempre a su gusto. Esta historia de pronunciamientos o golpes de Estado la trasladamos a las que fueran nuestras colonias, también durante el siglo XX. Fue probablemente la democratización de la antigua metrópoli la que unida con cambios internacionales impulsó la democratización de America del Sur. No creo que sus modelos políticos, que aún respiran golpismo y ataques a la libertad de prensa, sean buenos ejemplos para España.

Hay que ser simple, cegato, ignorante de nuestra dura historia o voluntariamente manipulador para ocultar el pasado y hablar de que la Transición fue un fraude.

Todo esto no impide que España precise cambios. Hace tiempo que creo que los esenciales partidos políticos, en los que hay gente decente e indecente, como en Podemos y en cualquier ámbito de nuestras vidas, deben regenerarse y depurarse y hacerse más y más transparentes. Es difícil porque hay muchos que están pensando en lo suyo y no en los de todos y es este el mayor mal que padecemos. Lo llevo escribiendo hace tiempo.

Y creo que hay que ir hasta el final. Hay que recurrir, aunque no guste, a la transparencia total en el gasto público, de todo el dinero que se utiliza en función de la tarea que se desempeña. No creo tanto en la exhibición pública del patrimonio de los políticos porque es un acto morboso que afecta a familiares y terceros, aunque sí creo imprescindible su fiscalización y control pleno por órganos la intervención general cuando menos.

Los partidos deben cambiar y España debe regenerarse. El Gobierno nos va a presentar una campaña contra la corrupción y hay cosas que me inquietan. La corrupción no es algo aislado que pueda tratarse sin considerar otras cuestiones mayores. Tampoco creo que el futuro de la política pase por limitar el campo de juego a los políticos profesionales y al funcionario. Cuidado al regular la famosa puerta giratoria porque podemos convertir la política en el gueto de una casta de profesores, funcionarios y profesionales de la política que no conocen y viven el mundo real y prescindiendo del talento de la economía privada. Sería peligroso y malo, pero todo esto me lleva a pensar que ha llegado el momento del cambio del marco legal español y hacerlo de forma reflexiva, con participación e inteligencia.

Debemos cambiar la Constitución para solucionar los problemas de la estructura interna del Estado para que todos vivamos cómodos y mejor, seamos catalanes, vascos o ceutís; debemos adaptar la Corona a los tiempos; y debemos constitucionalizar la transparencia. A partir de ahí, adaptar todo el entramado jurídico a la reforma de la Constitución. A España le ha llegado el tiempo de la transformación constitucional 36 años después y solamente puede llegar desde el consenso. Leer la historia porque buscar atajos fáciles y simples es autodestructivo. Regenerarse, pactar y cambiar.

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