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Ausencias y presencias en la reflexión

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Tras la jornada de reflexión, 24 horas antes de emitir el voto, y tras una campaña electoral tremendamente mediática, nos enfrentamos ante un futuro político de lo más incierto. Desconocemos qué partido/s gobernará/n, pero hay pocas dudas de que las medidas socioeconómicas que tome/n en los primeros meses de gobierno serán analizadas con lupa desde Europa. Y aquí se encuentra una de las mayores ausencias producidas durante la campaña electoral finalizada. (Tan solo Albert Rivera, en un acto poco habitual, se fotografió beneplácitamente con un buen puñado de presidentes de gobiernos europeos).

¿A qué se debe tanto silencio sobre Europa? ¿será que apenas hay novedades dignas de mención programática porque está ya el partido jugado? Exploremos esta posibilidad. De ser la pregunta correcta, la respuesta debería venir de la resignación plena, de la falta de iniciativas para buscar otra Europa, de la claudicación ante las vigentes –y triunfantes- políticas neoliberales. Porque llevamos años asistiendo con total estupor al triunfo efectivo del neoliberalismo en su versión más abrupta y radical; a la llegada del neoconservadurismo beligerante con intención de asentarse por largo tiempo entre nosotros/a. La unión del capital y la política, por fin, ha encontrado el momento propicio para asestar su golpe definitivo.

Y algunos de nuestros políticos, condescendientes con esta situación, parecen haber encontrado animosos compañeros de viaje. De un lado, gran parte del empresariado español prefiere decantarse por la mistificación de los costes laborales como única explicación de la baja productividad de sus negocios, en vez de utilizar la innovación y la adecuación tecnológica en su competencia internacional. Del otro, un Partido Popular, exultante en su dominio institucional que no ha desaprovechado oportunidad para convertirse en el alumno más aventajado de la Troika europea. Ha desoído los argumentos de consenso concitados entre los agentes sociales españoles y se ha presentado como el adalid de los recortes de gasto público, sin importarle la situación de debilitamiento al que está llevando al ya maltrecho estado del bienestar. (¿En qué grado de cumplimiento está la Ley de Dependencia? ¿Podremos seguir hablando de gratuidad en la Enseñanza y Sanidad?)

Todo en aras de la santificación del saneamiento presupuestario, de la consecución del “déficit 0”, beatificado por su antecesor y ahora opositor Partido Socialista. Un objetivo de gobierno cada vez más contestado internacionalmente (con EEUU a la cabeza) por ser una política económica que no permite invertir en crecimiento ni generar confianza en el futuro.

Si hablamos de presencias en la campaña electoral, una de las más destacadas ha sido el fin de la crisis. Un final, dudoso para muchos, que, sin embargo, ha generado una consecuencia evidente para prácticamente todo el elenco de partidos: la aparición del precariado, del excluído económico y cultural, distanciado tanto de la élite privilegiada como del trabajador/a cualificado. Situado psicológiamente en un estado de desgaste notable, dada su precariedad laboral; como nómada urbano que es, sobrevive entre la economía sumergida y las prestaciones por desempleo. La vida le está haciendo desconfiar de las instituciones políticas y es previsible pasto de populismos y extremismos (nacionalismo exacerbado, proteccionismo patriótico y antieuropeísmo). Sus señas de identidad son cada vez más identificables: ira, anomía, ansiedad y alienación. No tiene una edad predefinida, aunque jóvenes y adultos en paro son los más próximos.

El proceso industrializador en el mundo del siglo XIX puso en escena la lucha de clases entre burguesía y proletariado por el reparto de la riqueza generada por el capital y el trabajo. Ha sido un esquema invariable durante dos siglos, que parece ahora entrar en revisión. La segunda década del siglo XXI puede estar asistiendo al inicio de una nueva redistribución social que, lejos de superar el desequilibrio entre las partes, aumente las incertidumbres y debilite a los colectivos más débiles, laboral y socialmente hablando.

A. Muñoz Molina en Todo lo que era sólido explicaba que, tras varios años de crisis, necesitábamos imaginar que las cosas eran sólidas y podían ser tocadas y abarcadas sin desaparecer entre las manos para convencernos de que la situación de crisis económica, política y social que estamos viviendo era pasajera.

Los efímeros mensajes políticos de recuperación, de mejoría económica de la que hemos oido hablar intensamente estas últimas semanas, suelen venir acompañados rápidamente de nuevos ajustes

Sin embargo, la cruda realidad nos impone otra lectura. Los efímeros mensajes políticos de recuperación, de mejoría económica de la que hemos oido hablar intensamente estas últimas semanas, suelen venir acompañados rápidamente de nuevos ajustes, recortes, conatos de recesión, haciendo poco creíbles tales pronósticos. Hay, por tanto, poca solidez en las propuestas, siguiendo con el argumento del escritor jienense.

Y suele ocurrir en estas ocasiones que, con el fracaso momentáneo que sufrimos tras una nueva decepción, aparece agazapado primero y en todo su esplendor después el fantasma de la resignación. Es frecuente, entonces, dejarse llevar por la pasividad, sentirse arrastrado/a por la inevitabilidad del destino y dedicarse a criticar a todo ser vivo por el mero hecho de existir. Y ahí, en ese desahogo humano malgastamos nuestras energías, quemamos nuestras naves y decidimos pasar de todo.

Esa no es la solución. Si algo nos están enseñando estas múltiples crisis es que la resistencia es un valor en alza que aglutina el nivel de descontento para promover medidas antidepresivas; nos está acostumbrando a trabajar con el tiempo como colaborador necesario para tejer estrategias de superación, propuestas de negociación; nos está ayudando, en fin, a continuar en la lucha, con el objetivo de aunar esfuerzos en pos de un futuro más halagüeño.

Y aquí es donde cobran protagonismo los y las trabajadoras quienes, con su opinión y su participación, aúpan o rebajan tales expectativas. Y están las organizaciones sindicales que asumen el primer reto, el del enfrentamiento o la negociación de las medidas institucionales. Está, en definitiva, la ciudadanía que decide, con su voto, apoyar la candidatura politica que mejor defiende sus intereses.

Termino con otra cita de Muñoz Molina, esta más positiva: “Tenemos un país a medias desarrollado y a medias devastado, sumido en el hábito de la discordia, cargado de deudas, con una administración hipertrofiada y politizada, sin el pulso cívico necesario para emprender grandes proyectos comunes. También tenemos infinitamente más personas capaces y más y mejores medios de los que teníamos hace veinte o treinta años.(…)”.

Y me permito añadir, hay que liderar tal pulso cívico, hay que potenciar otra Europa, más social, que gracias al empuje renovador nos sitúe en otro paradigma socioeconómico. Es nuestra apuesta; nos lo debemos a nosotras/os mismas/os.

 

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