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Posmodernidad, consumo, miedo y ciudadanía

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“Esta es tu última oportunidad. Si tomas la pastilla azul, fin de la historia. Despertarás en tu cama y creerás lo que quieras creerte. Si tomas la roja, te quedarás en el país de las maravillas, y yo te enseñaré hasta dónde llega la madriguera de conejos”.

Morfeo a Neo en 'The Matrix' de los hermanos Wachowski.

Leo estos días profusamente sobre posmodernidad para un pequeño trabajo universitario. Llego a la conclusión de que los autores no se ponen de acuerdo sobre si nos encontramos en una prolongación extrema de la modernidad o podemos considerar inaugurado un cambio de era que nos lleve a esa posmodernidad. No saben determinar si vivimos una época de cambios o un cambio de época. Sin embargo, en lo que si coinciden de forma abrumadora es en la existencia de un cambio radical de todo nuestro mundo conocido. Y no hablamos de esa sensación aguda de cambio que nos rodea desde el estallido de esa crisis financiera que ha devenido en todo un sustrato para que enormes cambios se asienten y medren. Hablamos de un cambio de magnitudes históricas y que viene barruntándose desde hace tiempo, si hacemos un recorrido fragmentario por los autores  en los últimos 60 años.

Castells habla de “casino global” y Bell y Touraine lo hacen de “sociedad post-industrial”. En Touraine resaltaría su “intuición” de “la nueva funcionalidad del conocimiento en los sistemas de producción; el declive del papel de la clase obrera tradicional; la importancia de los movimientos sociales emergentes(...); la aparición de nuevas formas de dominación social, orientadas hacia la manipulación de las conciencias; la importancia del consumo, incluso en sus formas masificadas; así como la relevancia de las revoluciones culturales en las nuevas formas de contestación social, que no podían ser ya exclusivamente económicas.”

Las reflexiones de Touraine me empujan a fijarme en aspectos de esta nueva modernidad o posmodernidad que tienen que ver con la ciudadanía que se está construyendo. No me voy a fijar en aspectos que llevarían a denominar a este tiempo la “era del conocimiento”, aunque podría. Mi propia experiencia al frente de las políticas de formación para el empleo, formación continua o, de forma más “posmoderna” dicho, “aprendizaje a lo largo de la vida” de la Comunidad Autónoma de Euskadi desde 2009 a 2013 me hicieron comprender de una manera incontestable el nuevo valor que tiene ese conocimiento, incluso en los empleos más rutinarios o de menor valor añadido. Cumplida en su totalidad la profética teoría del profesor Touraine. Tampoco lo haré sobre la magnífica aportación de Castells y su “sociedad en red”. Sin embargo, ambos autores y muchos otros me sugieren que dirija mi reflexión a la nueva ciudadanía que emerge. Y aunque pudiera hacerlo con cierto optimismo, opto por hacerlo desde el miedo que me produce el surgimiento de una “ciudadanía de consumidores”.

Aún no me he referido a la que, para mí, es una de las claves fundamentales del momento actual. Se trata de la desinstitucionalización y reinstitucionalización que todo cambio de era requiere para ser entendido como un verdadero proceso de morfogénesis, de cambio de era. Y en este sentido no creo que el proceso que se está produciendo vaya a sustituir unas instituciones, al modo en que las hemos conocido hasta ahora, por otras distintas pero reconocibles por su similitud con las anteriores. Mi teoría, quizás mi miedo, sea la sustitución de las instituciones clásicas como la familia, los estados o la religión, con todos los errores que parecen presentar, por nuevas instituciones “extrañas” que nos aporten la seguridad que la falta de las anteriores nos produce.  Que nos emocionen.

Serán probablemente empresas que nos venden ya sus productos como si de opciones políticas o de una fe religiosa se tratara. Nuestra categoría de ciudadanos se puede estar transmutando en categoría de consumidores. Pero no cambiamos nuestros derechos y nuestro dinero por productos. O no solamente. Buscamos fundamentalmente seguridad para combatir el miedo de este nuevo tiempo. Hemos aplicado la razón a todo lo que conocíamos, anulándolo en su carácter mágico. Ese “plus” se ha trasladado ahora a las marcas.

Nuestra categoría de ciudadanos se puede estar transmutando en categoría de consumidores. Pero no cambiamos nuestros derechos y nuestro dinero por productos. O no solamente. Buscamos fundamentalmente seguridad para combatir el miedo de este nuevo tiempo.

Siguiendo la interesante estela de Néstor García Cancilini, especialmente en su libro “Consumidores y ciudadanos. Conflictos multiculturales de la globalización” (Grijalbo, México, 1995) y la de otros autores que relacionan consumo, ciudadanía, globalización o posmodernidad, me introduzco en un mundo en el que la ciudadanía la constituye el consumo; la seguridad, como digo, queda en manos de las marcas y quienes las producen; y la tecnología, en especial a través de las imágenes, ya no nos cuentan lo que ocurre, sino que lo crean.

Algunos autores entienden que el ejercicio de la ciudadanía se ha convertido en una forma más de consumo  y lo atribuyen a que las identidades sociales se construyen en el consumo. García Cancilini nos advierte de que en estos momentos, ciudadanía no es solo el conjunto de derechos que los estados reconocen a sus ciudadanos sino también “prácticas sociales y culturales que dan sentido a la pertenencia y hacen sentir diferentes a quienes poseen una misma lengua, semejantes formas de organizarse y satisfacer sus necesidades”. Creemos disponer de libertad de elección cuando consumimos, sin embargo es a ese nuevo ámbito de la “ciudadanía” descrito por García Cancilini a donde se dirige un objeto de consumo desde el primer momento, ya que “se le dota de aquella parte de la cultura subalterna que vuelve a esos productos útiles y significativos para la mayoría.(...) Las acciones hegemónicas son eficaces por lo que en ellas existe de servicio hacia las clases populares”.

Claudio Álvarez Terán, por su parte, afirma que “el consumo es un espacio de diferenciación, pero también un espacio de encuentro y comunicación. Hechos sociales como salir a comer, concurrir a un cine o ir de compras son prácticas de consumo vinculadas con la sociabilidad, tanto para incluidos como para excluidos”. “Consumir es intercambiar significados” dice citando a García Cancilini. “El consumo es ciudadanía”. Las grandes empresas nos venden sus productos a través de ideas de la ecología o el compromiso social, mientras organizaciones del ámbito del medio ambiente o de la lucha contra la exclusión, usan enormes campañas de marketing para captar socios. Estamos en lo “pos” frente a lo “neo”, en el enorme “casino global”, ¿nos conformaremos con elegir entre negro y rojo, entre par o impar? ¿Es eso lo que nos espera, o es posible cambiarlo?

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