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Techo de (ego) cristal

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En las últimas semanas, los medios de comunicación han exprimido la metáfora techo de cristal, que todas las mujeres con aspiraciones profesionales conocemos bastante bien. Significa que, en algún momento de nuestra carrera en una empresa, no solo no podremos ambicionar ir a más, por mucho que el compromiso y los resultados hablen por sí mismos, sino que también descubriremos una serie de obstáculos, la mayoría insalvables, por nuestra condición de género: nunca se es lo suficientemente buena cuando el ambiente huele a testosterona, y la discriminación positiva poco puede hacer en un sistema en el que, históricamente, somos -y nos tratamos- como secundarias, acentuándolo, en mi opinión, la web. Pero, antes de continuar, permitidme que presente esta columna que tengo el honor de escribir para este nuevo medio.

Redixit no es ni pretende ser un canal feminista, es un espacio crítico sobre un tema que, hace algunos años, me absorbió: internet y su capacidad de alineación, que entremezcla la vida real con las interacciones virtuales (esto supone un problema para las últimas generaciones de nativos digitales, ya que solo conocen esta realidad). Tras varios años escribiendo sobre sus luces y sombras, convine desintoxicarme, no sin antes aprender la lección: su auténtico poder reside en la facilidad con la que podemos posicionarnos en supuestas tribunas con la falsa ilusión de moralizar a los demás. Más, cuando las comunidades, en forma de redes sociales, son aglomeraciones de álter egos que se regalan aplausos, a veces sin apenas mérito -mención aparte merecen los estallidos de odio-. Aun así, es más preocupante de lo que parece, y coincido en el mensaje-profecía del primer capítulo de la última temporada de la serie de televisión Black Mirror: estamos destinados a la aprobación pública.

Redixit no es ni pretende ser un canal feminista, es un espacio crítico sobre un tema que, hace algunos años, me absorbió: internet y su capacidad de alineación

Algunas pensadoras sostienen que una de las principales dificultades en el pasado fue el no tener derecho a escribir, salvo si algún editor era lo suficientemente progresista para detectar y visibilizar el talento de una mujer. Ahora, la democratización digital de la información ha permitido que los ciberactivismos, entre ellos el feminismo, otorguen protagonismo a las mujeres, una especie de derecho al yo: el egocentrismo anteriormente reservado al hombre por el liderazgo. Pero, cabe preguntarse, ¿qué tipo de imagen femenina se extiende por la red?, y lanzo otra pregunta: ¿no es desalentador que aún las cabeceras de los periódicos deban moderar comentarios misóginos, con amenazas e insultos, cuando opina una mujer?

El deseo y las necesidades masculinas sumaban y suman el eje primario de nuestra historia, nos guste reconocerlo o no. Algunos personajes públicos femeninos, celebridades mundiales con amplia presencia en la web, afirman que han “perseguido y logrado sus sueños”, cuando sus biografías no recogen mayor logro que escándalos sexuales y miles de seguidores; es más, sus publicaciones en Instagram no son otra cosa que una oda a sus vidas de excesos. Y a los internautas les encanta, contribuyendo a engrosar sus cuentas bancarias. Poco puede aportar este éxito a una situación en la que, todavía (si pudiera lo escribiría en mayúsculas), las mujeres no ganan lo mismo que los hombres, aun desempeñando el mismo puesto y con los mismos títulos -y si, por casualidad, una trabajadora es atractiva y femenina, unos cuantos techos de cristal están garantizados.

Las estadísticas no engañan, pero la identificación de género sí, y la mismísima Susan Sarandon lo amplifica cuando se refirió a Hillary Clinton con un “no voto con mi vagina”. ¡Brava! (nótese ironía), por reforzar el problema cultural occidental, entre los que destacan, por citar algunos ejemplos, la falta de apoyo comunitario, las manifestaciones radicales -¿alguien ha olvidado la definición de “feminidad empachosa” escupida por Almudena Grandes?- e incluso la triste existencia de Latinas por Trump, otro síntoma de la falta de progreso.

La estrategia feminista en el ámbito virtual ha logrado avances sin precedentes, pero debe adaptarse a esta nueva cultura del yo: selfie, belfie, helfie…, ejem, en fin. La censura, la acusada superioridad moral de las llamadas erróneamente envidiosas, tampoco son la respuesta, sobre todo entre el sector más joven - ¿acaso no es revolucionario exaltar la feminidad y no ser un falso intento de réplica masculina para no llamar la atención entre los compañeros?

Por otra parte, en la búsqueda del clic para sobrevivir, los medios se venden a ridículos artículos sobre la famosa-escandalosa del momento: “¡Ey, una actriz sin ropa interior en Cannes!” (tras el presunto estupor inicial del lector y su consiguiente comentario-crítica en Facebook, abre el enlace y lo devora no sin cierto gusto). Por tanto, la solución no es criticar el uso de las libertades personales (que cada uno haga lo que le plazca sin dañar al resto), sino qué valores transmitimos a los menores en los medios de comunicación: ¿para qué estudiar si la vía más rápida existe y son las redes sociales, además de Telecinco? Esto último es el engaño total, ya que no es fácil, ni todo el mundo lo consigue. Dar el campanazo y tener la voluntad de vivir de internet es casi un golpe de suerte, si caes en gracia a las audiencias. Al final, la cuestión se reduce al sistema educativo español, ajeno a la realidad y con una lentísima alfabetización digital -otro capítulo merece el desastroso abordaje del ciberacoso-, cuya importancia parece no estar recogida en la agenda del Gobierno, pese a las graves consecuencias para la sociedad.

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