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La ciudad de Mequínez y los tesoros del sultán Moulay Ismaíl

La cuarta ciudad imperial de Marruecos, declarada Patrimonio de la Humanidad, rivaliza con Rabat, Marrakech y Fez en monumentalidad

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Lápidas en torno a la Koubbat de Sidi Ben Aissa, uno de los mausoleos más visitados de Mequinez. V.A.

Lápidas en torno a la Koubbat de Sidi Ben Aissa, uno de los mausoleos más visitados de Mequinez. V.A.

La gloria de la ciudad de Mequínez , o Meknés, fue algo así como una estrella fugaz. Corta, intensa y deslumbrante. Como sucedió con otras ciudades de Marruecos, el protagonismo de la cuarta de las ciudades imperiales (junto a Fez, Rabat y Marrakech) se debió al capricho de un rey; y tal como vino, toda aquella gloria se fue. Antes de que el sultán Moulay Ismaíl tomara las riendas del poder en el país , el lugar no pasaba de pequeña kasbah habitada por los meknassa, tribu bereber bastante combativa que dominaba la comarca. Pero Ismaíl, temeroso de las perpetuas conjuras palaciegas de Fez, decidió que aquella pequeña fortaleza de barro sería la capital de su reino y se encomendó a la tarea de convertir el villorrio en fastuosa urbe. Su primera obsesión fue hacerla un lugar seguro, y para lograrlo mandó a construir una muralla de más de 40 kilómetros de perímetro. Desde el primer momento, el nuevo sultán pensó su ciudad a lo grande.

Entre 1672 y 1726, el solar amurallado se llenó de palacios, mezquitas, madrassas y zocos. Mequínez es la más modesta de las cuatro capitales históricas de Marruecos, pero aún así, deslumbra. Desde la Plaza El-Hedim, corazón de la vida pública de la vieja medina, la capital repite el esquema de sus hermanas: muros coronados por tejas de intenso color verde y lienzos de modestos ladrillos que sólo se dan un homenaje de grandeza en algunas de sus puertas; como la fastuosa Bab el-Mansour, antigua entrada al recinto amurallado que, a modo de arco de triunfo, celebraba el reinado de Ismail y la riqueza de su nueva capital. Es la puerta monumental más grande del norte de África y una de las más bellas del arte islámico. También es un adelanto de lo que podemos encontrar a ambos lados de El-Hedim; porque, como suele suceder en todas las viejas ciudades musulmanas, la belleza se encuentra puertas adentro.

Un hombre mira fruta en la Plaza El-Hedim, en Mequínez. VIAJAR AHORA

Un hombre mira fruta en la Plaza El-Hedim, en Mequínez. VIAJAR AHORA

No es mala idea utilizar la Plaza de El-Hedim como centro de operaciones y planear, desde sus terrazas (donde se puede beber el mejor té de Marruecos) las incursiones a uno y otro lado. Hacia el norte se encuentran la mayoría de los zocos, las más fastuosas madrasas y los museos más destacables; hacia el sur, el área palaciega donde resalta, sobre todas las construcciones, el impresionante mausoleo del sultán Ismaíl. No es mala idea dedicar un par de días a la exploración a fondo de la ciudad, pero en una jornada se pueden visitar sus monumentos más importantes. La cercanía con Fez ( apenas media hora en tren) la convierten en una escapada ideal desde la ciudad santa . La gran cantidad de frecuencias del servicio ferroviario (entre las 7.00 y las 23.00) facilita la excursión.

Al norte de El-Hedim

La vieja medina se encuentra partida en dos por la Avenida Dar Smen . La primera expansión urbana, producida a inicios del siglo XVIII se produjo hacia el norte, lugar donde se localizan los principales edificios religiosos y residenciales de la ciudad. En el extremo norte de El-Hedim se encuentra el Museo Dar Jamai (Dirección: Sahat El Hadim; Tel: (+212) 5530 863; Horario: XL 9.00-12.00 y 15.00-18.00); antiguo palacio de finales del siglo XIX perteneciente a la prestigiosa familia Jamai construido en estilo andalusí. Hoy guarda una curiosa colección de artesanías y antigüedades marroquíes, pero lo más interesante es poder explorar los rincones de uno de los inmuebles más lujosos de la ciudad. Más allá del museo se abren las calles laberínticas de la medina que, en estos primeros tramos, están ocupadas por zocos de alfombras, marroquinería, joyas y textiles. No es mala idea dejarse llevar por la intuición y vagar arriba y abajo. La cercanía con El-Hedim posibilita la aventura sin riesgos a perderse o terminar en algún mal sitio. Meknés es, como el resto del país, una ciudad muy segura y se suele tratar con cortesía al viajero respetuoso.

Patio de las abluciones de la Madraza Bou Inania. VIAJAR AHORA

Patio de las abluciones de la Madraza Bou Inania. VIAJAR AHORA

El otro gran hito de esta parte de la ciudad es la Madrasa de Bou Inania (Dirección: Kabt Souk; Horario: XL 9.00-12.00 y 15.00-18.00) uno de los edificios más antiguos de la ciudad que, como sucede con su homónima de Fez, data de mediados del siglo XIV. Abierta al público, estamos ante una de las joyas del arte islámico del norte de África. Esta antigua escuela coránica, en la que, además de religión se podían estudiar disciplinas como matemáticas, medicina, filosofía y otras ciencias. En torno al patio de las abluciones, decorado con azulejos, yeserías y maderas talladas al más puro estilo andalusí, se abren la antigua mezquita de la escuela y, en una galería superior, los cuartos de los estudiantes. Desde los terrados de la Madrasa se pueden ver los tejados y el minarete de la adyacente Gran Mezquita de Mequínez que, desgraciadamente, está vetada a los no musulmanes.

Siguiendo hacia el norte se abre el laberinto de la medina. Una buena idea es avanzar por la misma calle de Bou Inania hasta la Puerta de Bab Berdaine, que marca el límite de la ciudad amurallada por esta banda del norte. A extramuros, muy cerca de aquí, se encuentra la Koubbat de Sidi Ben Aissa, santón local que se encuentra entre los más venerados del país. Cerca de este lugar, donde se localiza el mayor cementerio de la ciudad, se encuentran los zocos más humildes y un curioso mercado de instrumentos musicales.

Interior del Mausoleo de Moulay Ismaíl, en Mequínez. VIAJAR AHORA

Interior del Mausoleo de Moulay Ismaíl, en Mequínez. VIAJAR AHORA

La ciudad palaciega de Moulay Ismaíl

De vuelta a la Plaza de El-Hedim, basta cruzar la avenida de Dar Smen para encontrarse con el contra punto palaciego a la medina residencial. La Puerta de Bab el-Mansour encierra el fastuoso barrio palaciego ideado por el sultán, que se rodeó de arquitectos e ingenieros franceses para dar a su capital un cierto toque europeo. La mezcla de estilos y modelos urbanísticos provocó que la Unesco declarara la ciudad como Patrimonio de la Humanidad en 1966. La esencia musulmana queda de manifiesto en el Mausuleo de Moulay Ismaíl (Dirección: Rue Palais; Horario: XL 9.00-12.00 y 15.00-18.00), una de las tumbas reales más lujosas e increíbles de Marruecos. La cámara funeraria, donde se encuentra la tumba del sultán y sus familiares más allegados, es un derroche de decoración geométrica islámica y una de las cumbres del arte marroquí. Justo en frente del mausoleo se localizan la Koubbat as-Sufara o Prisión de Kara (Dirección: Rue Palais; Horario: XL 9.00-12.00 y 15.00-18.00) una red de cámaras subterráneas que servían para guardar los pertrechos de guerra y los alimentos del impresionante ejército de Ismaíl. Según la tradición local, este lugar también fue utilizado para mantener en cautiverio a los esclavos cristianos que los piratas sarracenos apresaban en el Mediterráneo y el Atlántico y de ahí su nombre. Justo encima de la ‘prisión’ se levanta el antiguo Pabellón de los Embajadores, lugar donde el sultán recibía a los dignatarios de gobiernos extranjeros.

Las murallas son el elemento dominante de esta parte de la ciudad. El recinto amurallado encierra un complejo de palacios, jardines y antiguas dependencias de almacenamiento. En el extremo sur de la ciudad se encuentra el Sahrij Swani, impresionante alberca que servía para alimentar los jardines y dependencias militares y administrativas. Muy cerca de este lago artificial se encuentran las antiguas Caballerizas Reales, ruinas del antiguo cuartel del ejército del sultán que aún hoy sorprende por su tamaño. Parte del antiguo solar del palacio de Ismaíl es aún utilizado por el rey de Marruecos.

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