ERE que ERE

DK

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Hace unos días, en su columna de La Vanguardia, a propósito de un obituario dedicado al periodista Xavier Batalla, Gregorio Morán recordaba que la prensa de papel no ha dejado de ser un buen negocio y que su declive hay que buscarlo en las inversiones que, a costa del papel, los grupos mediáticos han hecho en la televisión. Viene a cuento esta reflexión de Morán al leer un artículo que el periodista Ramón Lobo —victima del ERE puesto en marcha por El País y que ha arrastrado a la calle a 139 trabajadores del periódico— ha publicado en la edición del mes de enero de la revista Esquire. Cuenta Lobo su experiencia surrealista en una oficina del INEM. Todo el trámite resulta normal e incluso rápido y cómodo hasta que Lobo plantea que desea capitalizar la prestación para abonar la Seguridad Social y darse de alta como autónomo. Lobo no pretende otra cosa que seguir el guión oficial, es decir, luego de morder el polvo del despido a cambio de 20 días por doce meses, según la reforma laboral implementada por el Gobierno de Rajoy, asume el siguiente paso y decide convertirse en emprendedor. “Imposible”, le dice la funcionaria de turno: “usted ha reclamado el ERE ante los tribunales y con una sentencia pendiente no hay capitalización”. “Pierdo derechos por ejercer derechos”, escribe con angustia Ramón Lobo.

Así están las cosas, tanto en las instituciones como en los medios de comunicación. Lobo cierra su relato con una boutade: dice que al salir del INEM se subió a un taxi y ordenó al conductor: “A Barajas, destino Finlandia. Es urgente”. Ya lo planteó en portada, en su primer número, la revista Mongolia: “España tiene una salida: Barajas”.