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De la política también se sale, Rufián

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Me pongo en la piel de Gabriel Rufián y comprendo perfectamente sus pesares. Durante todo este año no ha dejado de repetir que la única manera de evitar la llegada del fascismo al gobierno era unir las candidaturas a la izquierda del PSOE en una sola papeleta. Desde febrero viene machacando con la cantinela del Frente Amplio y la bajeza de miras de cualquiera que se opusiera a ello. Por motivos que yo no comparto, de repente Rufián concitó a su alrededor una ola inusitada de entusiasmo. Solo él, el nuevo mesías mediático de la izquierda, el promotor de la idea, al fin y al cabo, parecía el adecuado para encabezarla. Y sí, la idea toma fuerza y coge velocidad de crucero tras el anuncio de las elecciones anticipadas. Entonces, como resulta comprensible, insisto, a Rufián le entra el vértigo.

Se ha enfrentado a su propio partido, que con cien años de historia independentista a sus espaldas ni en broma le apoya en una iniciativa de carácter estatal. Comprensible, sí. ¿Abandonar las siglas en las que has desarrollado toda tu trayectoria política, abandonar las siglas que has defendido en situaciones de represión y con varios de tus compañeros encarcelados durante años por el Estado español, al que ahora, de repente, pareces hacerle el juego? Vértigo tuvo que sentir Rufián: que le llamaran traidor en su tierra o en el Estado español. La coherencia, por su puesto, le exigía ponerse al frente de una iniciativa de la que es promotor, ¡pero a qué precio! ¿De verdad podía pagar ese peaje y mantenerse entero? Seguramente no, así que es en ese momento cuando cae en el error tan humano de creer que se enfrenta a un dilema, como si la vida fuera una cuestión dicotómica en la que hay que elegir entre A y B, algo que casi nunca resulta cierto.

Rufián tenía otra opción, quizás la que mejor conjugaba el sentido común y la coherencia, al tiempo que hubiera conjurado su vértigo tan comprensible. ¿No te atreves a liderar el Frente Amplio que tú mismo señalas como única salida por temor a traicionar a tu partido? Muy bien: dimite de todos tus cargos, abandona la política de primera línea, la política institucional. ¿Por qué la mayoría de los políticos solo contemplan opciones dicotómicas que, ay casualidad, siempre les permite perpetuarse en sus asientos? El propio Rufián se ha valido de todo esto para aumentar su poder en el seno de ERC, configurar las listas a su antojo y, en teoría, arrebatar votos a los Comuns.

Rufián ha demostrado lo que tantos se negaban a creer, que es un político profesional más, que su juego es el parlamentario, con sus buenas nóminas y su estatus encumbrado. Es, en suma, ese tipo de profesional que las acampadas de la vivienda denuncian cuando repiten que llegó la hora de la política, no la de los políticos, a los que, a estas alturas, no se les tiene ninguna estima. Lo que estamos viendo estas semanas tiene que ver poco o nada con lo que se respira en esas mismas acampadas. Lo que estamos viendo estas semanas tiene que ver, sobre todo, con salvar el culo propio, el de los aparatos de cada partido, esa maquinaria de la que viven bastante bien no solo los diputados y cargos públicos, sino además una miríada de subalternos.

Que te presentes para competir contra la iniciativa de la que tú mismo eras promotor solo por cálculo electoral y de beneficio personal lo confirma. La vida, incluida la parlamentaria, no es A y B. En serio, no hace falta esperar a que te echen. De la política también se sale.