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Los segundos

24 de junio de 2026 21:50 h

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Un día conocí a un Primero. Nos descubrimos en el suelo del aeropuerto de Málaga: yo con las piernas cruzadas y la mirada arrellanada en cualquier libro. Él erguido, observándome desde arriba con una sonrisa. Compartimos el vuelo de ida a Londres y, cinco días después, nos volvimos a encontrar en el mismo avión de vuelta. Nos vimos durante semanas. Quizás fueran pocos meses. Hay que intentar ser el mejor, me decía siempre. Ser el primero. Se levantaba al amanecer, recorría a trote las calles somnolientas, hacía sus flexiones con técnica impecable. Hablaba tres idiomas, puede que fueran cuatro. Estudiaba dos carreras. Tenía una beca por ser el alumno más brillante de ya no recuerdo qué estado de Estados Unidos. La nota más alta. Tenía un pecho descabellado y una pelambre cartesiana: los hombros y la cabeza de alguien dichoso de tenerse para sí mismo, esculpido por sí mismo, salvado contra sí mismo. De niño, me contaba, no había merienda sin antes entonar la tarea en perfecto francés; ni día de descanso si su ofensiva como quarterback no había brillado más que la de sus compañeros. Sus padres le tenían bien planchado un traje de diplomático, o de abogado, o de presidente, o de astronauta. Hablaba continuamente de la meritocracia, olvidando que su cima estaba andamiada sobre el dinero de sus progenitores, sobre el privilegio de sus progenitores, sobre las relaciones de poder de sus progenitores.

Yo le gustaba. Decía de mí que era especial, única. A mí me gustaba gustarle a un Primero porque siempre fui segunda o tercera o cuarta. Eso era todo. De pequeña, le contaba yo, cuando en el colegio organizaban juegos donde solo podía haber un vencedor, me sentaba en el banquillo negándome a competir. 

Yo era muy joven. Él tenía incisivos de anciano. Dicen que los primeros minutos de una relación organizan los hábitos y las costumbres que están por venir. Y ahí andábamos: él contemplándome desde un plano cenital; yo sentada en el suelo. Me examinaba como quien examina a un animalillo a punto de adiestrar, con la curiosidad de un entomólogo que no entiende cómo alguien puede no desear ser la primera en algo, ser la primera en todo. Quería salvarme de la mediocridad y así fue como me convirtió en su proyecto más mediocre.

En las paredes de su habitación no exhibía pósteres de cantantes ni de mujeres exuberantes. Sus paredes sudaban medallas y trofeos. En realidad, el Primero no era tan guapo ni tan interesante ni tan inteligente ni tan refulgente. Pero me recitaba a Hemingway con un acento noctámbulo que nublaba mi juventud. Yo le decía: Hemingway prefería la muerte a ser viejo. El Primero no respondía. Yo pensaba: preferirías la muerte a ser un segundo.

Es muy posible que este mundo parezca una cosa, pensé, pero que siempre sea otra. Y que cuando un día los primeros sean los segundos en algo -porque lo serán- quizás les convendría recordar a los primeros que una vez existieron gracias a la destemplada, sólida y silenciosa resistencia de todos los mediocres que sostuvieron su mundo

Andamos estos días viendo la serie de Álvaro Carmona, Gente hablando. Son breves historias cimentadas en conversaciones como cuchillos sin mango. Por más que una tenga cuidado al agarrarlos, siempre cortan. En el episodio “El astronauta”, Miki Esparbé y Verónica Echegui bailan la noche del futuro de su hijo Hugo. 

La navaja, en esta ocasión, es un disfraz de astronauta de doscientos euros que el padre quiere comprar para su hijo, para que sea alguien grande, para que sea un Primero alejado de los vulgares. Y la proeza ocurre en el parlamento, en ese desencuentro entre el sueño del padre de tener el Primero que él mismo no pudo ser y el de una madre que defiende el derecho de su hijo de siete años a ser un Segundo.

Fue precisamente esta diatriba sobre el traje de astronauta la que trajo de nuevo el recuerdo de mi Primero y entonces sentí lástima de su falsa tabla de salvación: la meritocracia.

Flota entre líneas una palabra para humillarlo: segundón (el que nace después, el que no hereda, el que se cría ya para ceder el sitio). El idioma condena al segundo antes de que abra la boca.

El nuestro parece un mundo de Primeros, pero este es, en el fondo, un mundo de Segundos. Conviene recordarlo cuando creamos que la banda sonora que escuchamos es la pieza de un solista, pero qué va, en el fondo la melodía es una sinfonía. Desperdiciar la única carrera de fondo que correremos convirtiéndola en un sprint es eso, un doloroso desperdicio. Mi recuerdo vuela de nuevo a ese Primero y sus ojos abiertos cuando le dije que no, que ya no. Vestía un traje de astronauta, pero era un disfraz. Y ya le venía pequeño. Eres la primera, me dijo. La primera que me deja. Incluso entonces, es muy posible que creyera hablarme del ideal justo de la meritocracia cuando dijo: No me merezco esto. Es muy posible que este mundo parezca una cosa, pensé, pero que siempre sea otra. Y que cuando un día los primeros sean los segundos en algo -porque lo serán- quizás les convendría recordar a los primeros que una vez existieron gracias a la destemplada, sólida y silenciosa resistencia de todos los mediocres que sostuvieron su mundo.