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Namir Abdel Messeeh, cineasta egipcio: “Mi lugar está en un espacio que crea un puente entre el mundo árabe y Europa”

Alejandro Luque

27 de mayo de 2026 21:31 h

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Después de presentar con éxito en Cannes y Sevilla su último filme, La vie après Siham, el cineasta Namir Abdel Messeeh, de 52 años, recala en el Festival de Cine Africano de Tarifa, donde se siente como en casa desde el primer minuto. “La luz es maravillosa, la gente es agradable, el festival es muy cálido, así que todo va bien”, celebra.

Su filme, un nuevo ejercicio de autoficción tras títulos como Toi, Waguih o La Vierge, les Coptes et moi, es una historia llena de ternura y desenfado que aborda el duelo tras la muerte de una madre, retratando las complejas dinámicas de la familia egipcia.

En La vie après Siham vuelve a poner la mirada sobre su familia, desde una óptica novedosa. ¿Es un tema inagotable?

He trabajado durante años sobre esa cuestión. Durante 20 años, casi todos mis filmes y cortometrajes han tenido como personajes principales miembros de mi familia: mi padre, mi madre, mis vecinos, mi familia en Egipto... Son mis personajes, los que grabé durante años. Es algo muy cercano, me gusta mucho porque los conozco muy bien y eso me lleva a querer grabarlos. Es un trabajo que conozco y que requiere una gimnasia un poco particular, porque no se trata simplemente de grabar a tu familia, sino también de contar una historia, de cómo transformar a quienes grabamos en personajes. La particularidad de este filme, que hizo el trabajo muy complicado y difícil, es que el personaje que quería grabar ya no estaba ahí, porque el filme comenzó después de la muerte de mi madre. Ahí se planteaba otro asunto complicado: cómo grabar a alguien que ya no está.

Esa idea, ¿estaba desde el principio?

Sí, el filme surgió como una especie de reacción a la muerte de mi madre, o de lucha, en realidad, contra la idea de la desaparición. Y así, con mis herramientas de cine, tenía el deseo de tratar de guardar a mi madre conmigo, de guardarla viva en un primer momento. Creo que eso fue el motor de este proyecto: una especie de reacción a la muerte y a la desaparición. Me di cuenta de que ella no estaba ahí, no podía grabarla. Así que, en un primer momento, intenté plasmarla a través de los testimonios de mi padre, de mi familia y de mis archivos. Poco a poco el filme se transformó y se dirigió más hacia cómo contar mi procedimiento; es decir, cómo contar el procedimiento de un hijo que intenta atravesar esta prueba que es la pérdida de una madre. Así que el tema evolucionó un poco. Quería grabar a Siham y después, en realidad, no quería grabar a Siham: quería grabar a Namir, quería grabar a Waguih, mi padre, quería grabar a mis hijos y a toda una familia que vive y sigue viviendo después de la pérdida y la desaparición de uno de los miembros de esta familia, uno tan importante como una madre.

El sentido del humor parece muy importante en el filme, ¿qué papel quería asignarle?

En realidad, no pienso en el humor. Cada uno tiene su forma de ser y su manera de relacionarse. Para mí, el humor es parte de mi manera de cambiar la realidad, de tomar distancia. Es también una manera de protegerme de momentos difíciles y todo eso. Y en el filme también fue así. Cuando hablo de crear personajes, el humor fue un medio para permitir al espectador entrar en una historia que no es suya, y que puede ser difícil. Tener ese alivio a través del humor permite encontrar una puerta para que el espectador pueda entrar en la historia. En el filme, mi padre dice algo que me gusta mucho. Cuenta que mi madre, al principio, tenía que casarse con otro hombre, pero a la hora de la verdad el compromiso fue anulado. De modo que mi padre le pidió matrimonio, y se casaron de un día para otro, con sacerdote y todo... Mi padre me cuenta esta historia y yo le digo: “Vaya, eso sería un buen tema de comedia”. Y mi padre me responde: “No, no es un tema de comedia, es un tema de tragedia”. Eso muestra realmente cómo hay una realidad y solo nuestra manera de verla hace que, para algunos, tenga un aspecto cómico y, para otros, un aspecto dramático. Y sin embargo, es la misma realidad.

Su madre le preguntaba cuándo iba a hacer “un verdadero filme”. ¿Qué era eso para ella?

“Un verdadero filme” significa, para mucha gente, una ficción. Es decir, un filme con actores. Cuando la gente pregunta qué hago como trabajo y digo que hago filmes, me preguntan: “¿Y qué es eso?”. Y si digo documental, responden: “Ah, sí, eso no son filmes, son documentales”. Entonces existe realmente esta idea de que un documental no es un filme y que un verdadero filme es un filme con actores. Y es divertido usar la palabra “verdadero” para definir algo que es falso, porque las ficciones y las novelas son ficción. Pero, en cualquier caso, para ellos eso es lo que da legitimidad, lo que hace que sea reconocido.

¿Qué momento vive el cine egipcio, y el africano en general? ¿Vive la industria un auge?

Hay más filmes que antes, creo, porque los medios de producción y fabricación se han simplificado. Hoy podemos hacer filmes con un teléfono móvil. Entonces hay realmente una facilidad para hacer filmes. Pero hacer filmes es una cosa y difundirlos en salas de cine y lograr que el público vaya a verlos es otra. Y eso es una paradoja bastante compleja: cuanto más oferta hay, y más posibilidades existen de ver filmes, menos espacio parece haber para ver ciertos filmes. Tengo la impresión de que hoy hay más producciones que antes, pero al mismo tiempo son a menudo los mismos filmes. Hay algo que hace más difícil que existan películas un poco diferentes.

¿Siente que el suyo sea un cine africano, mediterráneo...? ¿A qué geografía pertenece su trabajo?

Es un cine que puede ser las dos cosas. Y este filme en particular me hizo muy feliz porque es mi primera obra estrenada en salas en Egipto. Me alegró mucho que el público, tanto en Francia como en Egipto, pudiera reconocerse en él. No es un filme colonial, no es un filme con una mirada francesa sobre el mundo árabe ni una mirada árabe sobre Francia. Creo que es un filme que intenta contar una historia humana integrando una doble cultura y una doble identidad. Es un largometraje que habla árabe y francés, que cuenta una trayectoria entre ambos mundos. Creo que mi lugar está en ese espacio entre los dos, un espacio que crea un puente entre el mundo árabe y Europa.

Una curiosidad: su padre, comunista encarcelado, fue liberado en 1964 y ese mismo año un escritor egipcio llamado Waguih Ghali publicó un libro llamado Cerveza en el club de snooker, que habla también de comunistas egipcios. ¿Tienen algo que ver?

Sí, conozco Cerveza en el club de snooker. Lo leí hace poco gracias al nombre del escritor. Es increíble: tiene el mismo nombre que mi padre, pero no somos familia. Él venía de un medio urbano, muy rico y muy burgués, mientras que mi padre venía de un medio muy modesto, del campo egipcio.

El comunismo, tal y como parece en su película, era una ideología muy fuerte en Egipto en los años 50, 60 y 70. ¿Los Hermanos Musulmanes llegaron después, o coexistían?

No, era la misma época. Mi padre, cuando estaba en prisión, compartía cárcel con los Hermanos Musulmanes. La prisión estaba dividida en dos: los comunistas de un lado y los Hermanos Musulmanes del otro. Todos los opositores a Nasser estaban encarcelados en los años 50. Los dos movimientos existían al mismo tiempo.

Ustedes son coptos. ¿Cómo era ser comunista y ateo en Egipto?

Creo que uno de los principales obstáculos para el comunismo en Egipto era precisamente el ateísmo. Egipto es un país culturalmente muy religioso. Sean cristianos o musulmanes, las personas tienen una gran relación con la tradición religiosa. Los comunistas no creían en Dios y eso creaba problemas. Cuando mi padre estaba en prisión, los Hermanos Musulmanes eran mejor tratados que los comunistas. Incluso siendo extremistas, para la policía y los militares seguían creyendo en Dios, mientras que los comunistas no. En Egipto hay que entender que la religión está escrita en el documento de identidad. Incluso hoy no existe realmente la categoría “ateo”. Eso era algo muy difícilmente compatible con la cultura egipcia. Necesitamos una religión registrada oficialmente.