La Perra Blanco, cantante: “Un día decidí que no iba a estar bajo las órdenes de nadie, y menos de un hombre”

Alejandro Luque

Cádiz —
20 de abril de 2026 06:00 h

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Alba Blanco (La Línea de la Concepción, Cádiz, 1995) estaba empezado a dar forma a su proyecto musical, todavía sin nombre, cuando recibió un sms de una amiga en el que la llamaba sarcásticamente “La Perra Blanco”. El nombre le sonó tan bien, que lo adoptó como remoquete artístico y con él lleva ya varios años paseándose por toda Europa y firmando discos notables. En el último de ellos, Lovers and fears, se atreve a cantar por primera vez en español.

Hija de un miembro del grupo Los Destrozamitos, creadores del llamado Sonido Lineápolis, y de una profesora de piano, empezó a cantar y tocar la guitarra con 12 o 13 años, de forma autodidacta. Formó parte de un par de bandas locales, pero muy pronto se dio cuenta de que el rock no era el ámbito más hospitalario para una chica. “Aunque no creo que sea mala gente, sufrí un trato bastante horrible, se notaba la misoginia en el aire”, recuerda. “No contaban conmigo para ninguna decisión, y cuando había alguna reunión importante, me decían que me saliera fuera del local a fumarme un cigarrito”.

“No me gusta generalizar al hablar de los hombres, pero la Historia se ha escrito así”, puntualiza. “Al final, me echaron de dos bandas, una por discutir con el cantante, y la otra porque el guitarrista me dijo que haría mejor dejando el instrumento. Yo tengo mi carácter y me dije que, a partir de ese momento, no iba a estar bajo las órdenes de nadie, y menos de un hombre”.

Cambio de idioma

En ese proceso de emancipación fue providencial para Alba la cercanía con Gibraltar, adonde solía acudir para hacer jam sessions en locales como el Tunnel o el Lord Nelson. “Estuve dos años yendo todos los jueves y domingos, y cogí muchas tablas”, evoca. Así fue creciendo La Perra Blanco, y poco a poco fueron apareciendo discos que eran objeto de una espléndida acogida: La Perra Blanco, Won’t you come on, Pop & Shake, Get it out… Y finalmente Lovers and fears, producido y grabado entre Valencia, donde actualmente reside la cantante, y Chicago. “Tuve la oportunidad de viajar allí, pero preferí no hacerlo. Suponía dejar a mis músicos y grabar con gente de allí, además con jet lag y encerrada en el estudio, sin poder hacer turismo ni nada. Para eso, pensé, me quedo en casa”. 

El cambio de idioma, asegura, es algo que “se venía planteando desde hacía tiempo. Le tenía miedo porque no escucho bandas que canten en español, ni siquiera latinas. Pero mi manager, el productor y muchos colegas me insistían, ‘¡dale una oportunidad!’. Y yo pensé, ‘Bueno, si todo el mundo me lo dice…’ Pero no creas que ha sido fácil desterrar los prejuicios, he tenido que trabajar para eliminarlos. Ahora me arrepiento de no haberlo hecho antes, porque es muy chulo ver a toda la gente coreando conmigo las canciones, flipo con ese momentazo”.

“Aunque tengo un buen nivel de inglés, por mucho que quiera una, no es mi lengua nativa. Pero me había acostumbrado a escribir canciones en esa lengua, y creo que todavía tengo que aprender a hacerlo en castellano. Me gusta la literatura, la poesía, y eso me ayuda a continuar”. Sobre las lecturas, reconoce que sus preferencias en narrativa son “más bien oscuras: mi autor preferido es Dostoievski”, mientras que en poesía es devota de los hermanos Machado, “sobre todo de Manuel”, puntualiza.

Lejos de casa

Con todo, el lenguaje que La Perra Blanco domina mejor es sin duda el del escenario. Sus conciertos son un derroche de energía que se contagia al público, mientras que los discos parecen excusas para propiciar precisamente esos encuentros con los fans. “El estudio no me gusta, todo lo contrario, me agota, me aburre”, dice. “Lo que disfruto es la comunicación con la gente, que se ría, que baile, que me permita trazar ese puente comunicativo con ella y generar empatía. No hay nada comparable a eso”.

Es algo que saben bien en muchos rincones de España y el extranjero donde La Perra Blanco ya ha dejado su huella. Sin embargo, tiene la espinita de no ser muy requerida en su tierra, La Línea de la Concepción, y en la provincia de Cádiz en general. “A pesar de haber subido un escalón en los últimos tiempos, este año no tenemos ni un bolo en la zona”, lamenta. “Sé que no es culpa de la gente, porque continuamente me escriben preguntando cuándo volvemos, y no sé ni qué decirles. Hemos tenido a 1.100 personas en Madrid, a 800 en Barcelona, números muy buenos para un grupo como el nuestro. Ignoro si es cosa de las administraciones, pero lo seguro es que no nos quieren allí”.

“En español hay un refrán que dice que nadie es profeta en su tierra, y por algo será”, agrega. “No pasa nada, seguiremos en lo nuestro, pero no deja de darme pena que mi familia tenga que conducir dos horas hasta Sevilla para verme, y no puedan hacerlo en nuestra ciudad. Cuando vengan a buscarme, lo digo siempre, tal vez sea demasiado tarde”.

Esperando el cambio

De momento, La Perra Blanco es una artista que cuelga el cartel de ‘No hay billetes’ en casi todos sus conciertos, y cuando no tiene conciertos trata de relajarse y ejercitarse canalizando su desbordante energía sobre el saco de boxeo. “No soy una persona violenta, solo me sienta bien descargar así”, sonríe.

En cuanto al machismo del medio, “sigo todavía sufriendo el mansplanning, esos hombres que me explican cosas sobre micrófonos como si yo no llevara diez años como profesional de esto. Por suerte, cada vez vienen más niñas a mis conciertos, les regalo púas y me cuentan que ellas también cantan y tocan… En 20 o 30 años, si el mundo no ha reventado antes, se notará el cambio”.