Mi madre migró a España y yo crecí viéndola a través de una pantalla: ahora nos hemos reencontrado
Cuando tenía 15 años, mi madre migró a este país buscando una oportunidad para sostener nuestra vida. Durante siete años no pudimos abrazarnos ni compartir una comida ni acompañarnos en los momentos difíciles ni vivir juntas lo cotidiano. Crecí viéndola a través de una pantalla, escuchándola por llamadas o audios, aprendiendo a extrañarla mientras intentábamos sobrevivir cada una desde lugares distintos.
Hace apenas seis meses pudimos reencontrarnos nuevamente. Y creo que fue ahí donde entendí una realidad de la que casi no se habla. Cuando hablamos de migración, muchas veces hablamos de fronteras, de papeles, de empleo, de racismo, de pobreza o de violencia institucional. Y está bien hacerlo. Pero hoy quiero hablar de una parte de la migración que casi nunca se nombra: de las hijas e hijos que se quedan. De quienes crecimos viendo a nuestras madres marcharse para intentar sostener la vida desde otro país. Porque detrás de muchas mujeres migrantes hay también una generación de niñas y niños creciendo con miedo, incertidumbre y una sensación constante de espera.
Esperar a que mamá consiga trabajo, que consiga papeles, que encuentre un alquiler, que pueda enviarnos dinero, que pueda traernos. Y mientras tanto, una aprende a vivir con dudas demasiado grandes para la edad que tiene.
Muchas hijas e hijos de mujeres migrantes crecimos con una ansiedad silenciosa que nadie nombraba. Vivíamos pendientes del teléfono. Con miedo a que le pasara algo a nuestra madre. Con miedo a que la deportaran. Con miedo a que enfermara sola. Con miedo a que no pudiera más. Y muchas veces intentando ser “perfectos” para no darle más preocupaciones.
Nos decían: “Estudia”; “compórtate”; “si vienes con estudios, todo será más fácil”. Y entonces muchas niñas y niños crecieron sintiendo que tenían que “merecer” el reencuentro.
La socióloga Arlie Hochschild habla de las “cadenas globales de cuidados”, explicando cómo las mujeres migrantes sostienen economías enteras cuidando a otras personas mientras sus propias familias quedan fragmentadas por la distancia. Y creo que ahí hay una gran verdad incómoda: el mundo se sostiene muchas veces sobre el sacrificio emocional de las mujeres migrantes y de sus hijos e hijas. Porque no solamente migran las madres. También migran los afectos, las maternidades y las infancias.
Educar desde un móvil
Hay algo muy duro de las maternidades transnacionales: tener que educar desde un teléfono móvil. Muchas madres atienden situaciones gravísimas a miles de kilómetros: casos de bullying, depresión adolescente, violencia, abandono escolar, problemas de salud mental. Están intentando sostenerlo todo a través de audios de WhatsApp después de jornadas agotadoras limpiando casas, cuidando personas mayores o trabajando en empleos profundamente precarizados.
Y uno se hace las preguntas: ¿Cómo se pone un límite desde otro continente? ¿Cómo se acompaña un duelo adolescente desde una videollamada? ¿Cómo se calma el miedo de una hija o hijo cuando la propia madre también está sobreviviendo?
La antropóloga Rita Segato dice algo muy importante: el sistema necesita romper vínculos comunitarios y afectivos para sostener determinadas formas de explotación. Yo creo que las políticas migratorias hacen exactamente eso: fragmentan familias, rompen tiempos afectivos, y convierten el derecho a vivir juntas en un privilegio burocrático.
A veces se habla de la migración como una oportunidad. Y claro que muchas madres migran para abrir oportunidades. Pero hay una parte del relato que suele ocultarse: el coste emocional.
La culpa
Porque muchas hijas e hijos crecimos sintiendo culpa por extrañar. Culpa por necesitar. Culpa por llorar. Culpa por reclamar presencia. Y entonces aprendimos a callarnos.
La socióloga Saskia Sassen explica cómo las migraciones actuales están profundamente vinculadas a desigualdades económicas globales y a sistemas que expulsan vidas del Sur global para sostener economías del Norte.
Pero detrás de esos macroanálisis existen historias concretas. Niñas que se dormían abrazadas a una camiseta de su madre. Adolescentes que crecieron viendo cumpleaños por videollamada. Jóvenes que aprendieron a hacerse adultos demasiado pronto.
Luego llega el reencuentro... y casi nadie habla tampoco de eso. Porque reencontrarse no siempre significa recuperar el tiempo perdido. A veces significa convivir con una madre a la que amas profundamente, pero a quien apenas conoces después de años separadas. A veces también significa migrar siendo adolescente, cambiar de idioma, de escuela, de cultura y de identidad de golpe.
Muchas hijas e hijos migrantes vivimos entre dos duelos. El duelo por el país que dejamos y el duelo por la infancia que no pudimos vivir junto a nuestras madres. Por eso creo que necesitamos empezar a hablar más de las infancias transnacionales. Necesitamos escuchar sus voces. Necesitamos políticas públicas que entiendan que la reunificación familiar no es un trámite administrativo: es salud mental, es protección emocional, es derecho al cuidado, es infancia digna.
Y también necesitamos una mirada feminista que deje de romantizar el sacrificio infinito de las mujeres migrantes, porque ninguna madre debería tener que elegir entre alimentar a sus hijos o abrazarlos.
La migración no solamente mueve cuerpos; también reorganiza afectos, miedos y formas de crecer. Deja atrás a miles de hijas e hijos que crecieron esperando tantos años, que aprendieron a hacerse fuertes antes de tiempo.
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Nota: Laura Valentina Castillo escribió este texto para la el encuentro 'Desplazamientos forzados y derechos humanos', organizado por la ONG Salvamento Marítimo Humanitario (SMH) - Aita Mari, en Donostia.
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