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Cien años del legado olvidado de Miguel Domingo Fuertes Lorén, botánico y geólogo turolense

Candela Canales

6 de marzo de 2026 22:51 h

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El 4 de marzo se han cumplido cien años de la muerte de Miguel Domingo Fuertes Lorén, un científico aragonés cuya trayectoria destacó en los ámbitos de la botánica, la geología y la mineralogía durante el primer cuarto del siglo XX y que, según lamentan sus descendientes, “quedó durante décadas en el olvido” en su tierra natal. Nacido en 1871 en Daroca, Fuertes creció en el seno de una familia vinculada al mundo agrícola. Su padre, Dionisio Fuertes Julián, era capataz de la Finca El Pilar —también conocida como El Campillo—, una propiedad que albergaba un jardín botánico con especies exóticas traídas desde distintos lugares por el indiano Miguel del Campillo y López, fundador de la finca. La presencia de árboles foráneos junto a especies autóctonas como el tejo o el pino piñonero marcó, según la familia, sus primeros contactos con la naturaleza.

“Es muy probable que su interés por la botánica se iniciara siendo niño, acompañando a su padre en la finca”, explican sus descendientes, impulsores de la recuperación de su figura. A ese entorno natural se sumaba un contexto geológico singular: la comarca de Daroca se sitúa en la confluencia de la geología paleozoica y la tectónica alpina, un enclave especialmente rico en formaciones y materiales, lo que, a juicio de la familia, también pudo influir en su temprana inclinación por la geología y la mineralogía.

A los quince años ingresó en el Seminario diocesano de Teruel y, dos años después, se trasladó al Seminario de Zaragoza, donde recibió la tonsura y las órdenes menores. En 1894 ejerció el diaconado en la parroquia de Santiago de Daroca y en 1895 fue ordenado sacerdote en la Seo de Zaragoza.

Durante ocho años desempeñó su labor pastoral en el entorno de su localidad natal: primero como ayudante en Villafeliche y posteriormente como párroco en Lechón. En paralelo a su ministerio, desarrolló una intensa actividad científica basada en la recolección y catalogación de plantas, minerales y fósiles. Esa doble vertiente —religiosa y científica— configuró un perfil poco común en la época y le permitió tejer relaciones con investigadores más allá de España.

Diecisiete años en América

El punto de inflexión llegó en mayo de 1909, cuando se trasladó a la República Dominicana. Allí residió casi diecisiete años, hasta su muerte en 1926. En ese tiempo, y más allá de sus responsabilidades eclesiásticas, desarrolló una actividad investigadora que, según subrayan sus familiares, alcanzó reconocimiento internacional.

Sus herbarios —cuidadosamente recolectados y clasificados— están hoy presentes en 25 museos y jardines botánicos de distintos países. Además, varios botánicos con los que colaboró bautizaron con su nombre o apellido algunas de las especies que él había identificado, un gesto habitual en la comunidad científica para reconocer aportaciones relevantes.

Fue también en territorio dominicano donde descubrió el larimar, una piedra semipreciosa de tonalidad azul que con el tiempo se convertiría en símbolo nacional. En reconocimiento a ese hallazgo, el país caribeño conmemora el Día del Larimar coincidiendo con la fecha en que Fuertes lo encontró. Asimismo, un amplio espacio protegido lleva su nombre: el Monumento Natural Miguel Domingo Fuertes, situado en la Sierra de Bahoruco.

Fuertes falleció en 1926, a los 55 años. Según trasladan sus descendientes, murió “con modestia” y en una situación económica precaria, pese a haber tenido oportunidades de obtener importantes beneficios derivados de sus hallazgos. Su muerte provocó una notable conmoción en la sociedad dominicana, donde la prensa publicó necrológicas y reseñas sobre su trayectoria. La noticia llegó semanas después a su familia en Daroca por correo postal.

Con el paso de los años, su nombre fue perdiendo presencia en su localidad natal. “En Daroca su memoria se desvaneció durante décadas”, lamenta la familia. La vivienda en la que creció, situada en la calle Mayor, cerca de la Puerta Baja, fue sustituida por un edificio de viviendas con una farmacia en los bajos.