Aragón Opinión y blogs

Sobre este blog

El Tribunal Soprano

0

La vida es la experiencia consciente que transcurre durante nuestra existencia. Le atribuimos una responsabilidad que no tiene y le negamos el azar que contiene. Decimos que la vida es injusta cuando coincide con la muerte de otros (así nos reafirmamos de que lo justo es que sigamos vivos).  Aunque nos cuesta más reconocer su justicia para recibir a los recién llegados. Será que ya partimos de un cierto pesimismo vital con el que recibimos a los que nacen. Nos encanta la justicia poética, aunque en realidad oculta una venganza que hace juego con nuestro rencor. Los cuentos infantiles recompensan a los buenos frente a la crueldad de los malvados. Y las religiones manipulan los cuentos que cuentan para jugar con las creencias. Al menos, en la literatura los premios llegan en vida, aunque sea tarde. Pero en las doctrinas de turno hay que aguantar los castigos de cada jornada, con resignación, para disfrutar de lo bueno que no existe en un lugar de ficción inexistente. Es un diseño avispado que se ha construido de forma muy hábil para conseguir que vivamos atontados.

Somos justos con los demás, aunque el mundo sea injusto con nosotros. La percepción subjetiva no se ajusta a la realidad. Pero la justicia es menos objetiva cuanto más depende del poder que no tenemos, o del que atribuimos al resto. La mediación intenta equilibrar a las partes que aceptan el arbitraje. El problema es que el reparto tiene menos en cuenta las necesidades y capacidades, que los dinerales. El escritor y dramaturgo Bertolt Brech analizó en su obra: “Diálogos de refugiados” (1940, reedición Alianza Editorial), la relación entre la Justicia como institución y el concepto de justicia humana. Un pensamiento del siglo pasado, en los años terribles del fascismo, que rima con un presente al que amenazan los nuevos autoritarismos. El poeta alemán ironiza con la diferencia existente que hay entre cumplir la ley y lograr un resultado que sea justo. Lo resumió en una cita que sigue siendo tan actual como recordada: “Muchos jueces son absolutamente incorruptibles; nadie puede inducirles a hacer justicia”. Hay leyes injustas, de la misma manera que hay sujetos inhumanos que no se merecen la denominación de personas. Brecht se lamentaba de la rigidez en la aplicación de los códigos del derecho, que no tenían en cuenta la justicia y el contexto de cada circunstancia. Es decir, su queja estaba dirigida a las leyes que se administran a las personas. Ahora bien, hay algo peor que la inflexibilidad de la Justicia: la perversión de su aplicación al utilizar el poder para imponer el criterio, las opiniones y creencias de quien dicta justicia. La satisfacción individual de quien imparte Justicia es contradictoria con la ecuanimidad. Llegado ese momento. se confunde la independencia de poderes, con la lucha entre esos poderes para ser el más poderoso. En psicología mezclamos la sensación de justicia con el intercambio. Pero como el valor es abstracto, siempre es más costoso lo que damos que lo que recibimos. Curiosamente la justicia tiene un componente innato que se refuerza con el aprendizaje. Los animales, como los monos capuchinos, se mosquean si perciben premios diferentes por realizar la misma acción. Los bebés cogen berrinches por las injusticias sufridas desde los seis meses. Y eso que aún no han sufrido al juez Peinado. En algunos experimentos de índole económica las personas prefieren perder dinero antes que recibir un trato injusto. Es lo que llamamos castigo altruista.

Brecht no llegó a conocer nuestra particular versión del Tribunal Soprano. Quizá le habría servido para actualizar la cita. El Supremo ha decidido ahora suspender cautelarmente el derecho al voto de parte de los españoles que obtuvieron la nacionalidad al amparo de la Ley de Memoria Democrática, la conocida como ley de nietos. Es una curiosa forma de administrar justicia: reconocer que alguien es español, pero poco español, parafraseando a Rajoy. Se pone así en cuestión uno de los derechos esenciales que acompañan a esa condición. Nacionales sí; electores, ya veremos, y votantes, siempre que lo hagan como desean los magistrados. “Aragoneses por el limbo”, podría ser el título de ese purgatorio electoral que convierte a estos compatriotas en ciudadanos a medias de nuestra Comunidad. ¿Será capaz Azcón de defender a este amplio colectivo de desterrados electorales aragoneses, por los gallos de los sopranos en el Supremo, a los que se les priva de su derecho a votar en su tierra? La propia magistrada discrepante ha advertido de la paradoja: se impide ejercer un derecho político a ciudadanos cuya nacionalidad ha sido reconocida. Y todo ello ante el temor de que su incorporación al censo pueda alterar la «objetividad» de unas elecciones. Debe de ser una nueva teoría democrática: el voto es perfectamente objetivo hasta que aparece demasiada gente con derecho a votar. A veces la Justicia no necesita saltarse la ley para resultar injusta; le basta con interpretarla desde su displicencia.

En Los Soprano (David Chase, 1999), Tony intentaba conciliar las reglas de su particular familia con las de la sociedad que decía respetar. El resultado era una moral flexible: las normas servían mientras no estorbaran al poder. Quizá por eso el título de esta historia no necesita demasiadas explicaciones. Entre el Supremo y el Soprano apenas cambia una vocal; lo preocupante sería que alguna vez también se parecieran en la manera de entender quién pone las reglas y quién acaba pagando sus consecuencias.

Como en el final de Los Soprano, solo queda que suene Journey: “Don’t stop believin’”. Porque el problema empieza cuando, para seguir creyendo en la Justicia, hay que dejar de creer en quienes la imparten.