Cinco años después de huir de los talibanes, reconstruye su vida en Aragón: “Quiero un Afganistán donde las mujeres sean libres”
Han pasado cinco años desde que Q., un refugiado afgano residente en Aragón que ha decidido no desvelar su nombre, tuvo que abandonar Afganistán. Sin embargo, sigue pendiente de lo que ocurre allí a través de las redes sociales, de las noticias y, sobre todo, de las personas que permanecen en su país de origen y con las que mantiene contacto. Tanto él como su familia viven ahora en España, lugar en el que ha conseguido un trabajo y han podido empezar de nuevo.
A pesar de los kilómetros de distancia con Afganistán, tal y como detalla, desde Europa ha recibido amenazas de muerte por sus publicaciones contra los talibanes. En alguna ocasión, asegura, quienes lo amenazaban llegaron a mencionar a sus familiares y a desvelar las direcciones donde vivían.
“Ellos me mandan mensajes y me dicen que un día voy a volver a Afganistán. Dicen que tienen gente que ayuda a los talibanes en Europa y en todos los países”, sostiene. Por eso, para él, cinco años después de abandonar su país, la seguridad que ha encontrado en España convive, en ocasiones, con el miedo de que el pasado pueda volver a alcanzarle.
Una familia marcada por el anterior Gobierno
Su historia está ligada a la del Afganistán que desapareció en agosto de 2021, ya que su padre y uno de sus hermanos trabajaban en el Ministerio de Defensa. A su vez, él colaboraba con ese departamento y otro de sus hermanos trabajaba en la Embajada europea en Afganistán.
Como recuerda en una entrevista a elDiario.es, dos de sus tíos, que habían sido comandantes, formaban parte de las fuerzas de seguridad. De hecho, uno de ellos fue asesinado antes incluso de la llegada definitiva de los talibanes al poder. “Los talibanes mataron a mi tío. Mi familia era militar y trabajaba con otros países”, explica.
La llegada de los talibanes en agosto de 2021 convirtió esa trayectoria familiar en una amenaza, ya que el anterior Gobierno se derrumbó y las fuerzas de seguridad se desintegraron. Del mismo modo, los talibanes tomaron el control del país y, por lo tanto, quedarse allí dejó de ser una opción para él y su familia. “Tuvimos mucho miedo. Los talibanes ocuparon mi país y mucha gente se asustó. Nosotros también”, recuerda.
Su salida se produjo en el marco de la protección internacional y acabó llegando a España junto a su familia. Ahora, cuando habla de aquel momento, Q. se muestra tranquilo: “España es nuestra primera casa. Ahora vivimos aquí felices”.
El país que dejó atrás
La transformación de Afganistán no solo ha sido política, sino también de la vida cotidiana. Como recuerda, antes de la llegada de los talibanes, sus hermanas estudiaban y trabajaban. “Antes, para las mujeres y también para los hombres, no había problema. Las mujeres podían leer, ir a la universidad, estudiar y trabajar. Mis hermanas lo hacían”, recuerda.
Ahora, tal y como lamenta, esta situación ha cambiado: “Los talibanes dicen que las mujeres solo están para limpiar, cocinar y cuidar a los niños”. Al mismo tiempo, denuncia que las relaciones entre hombres y mujeres en espacios públicos están sometidas a un control que antes no existía.
Desde Amnistía Internacional comparten que, durante 2025, los talibanes intensificaron las restricciones contra las mujeres y las niñas, limitando su acceso a la educación, al empleo, a la libertad de circulación, a la expresión y a la participación en la vida pública.
La organización describe una situación actual en la que las mujeres han sido privadas de prácticamente todos sus derechos fundamentales, como circular libremente sin estar acompañadas de manera obligatoria por un familiar varón, acceder a un trabajo o contar con una atención sanitaria completa y de calidad.
Cinco años de miedo y silencio
Más allá de la situación actual de las mujeres, Amnistía Internacional documentó durante 2025 detenciones arbitrarias de periodistas, activistas y miembros del funcionariado del anterior Gobierno, así como desapariciones forzadas, ejecuciones extrajudiciales y denuncias de torturas y malos tratos.
De hecho, Q. sigue en contacto con amigos y conocidos que permanecen en su país de origen y asegura recibir noticias frecuentes de antiguos militares detenidos o asesinados. También mantiene su preocupación por las personas de etnia tayika, como él, y por quienes viven en zonas como Panjshir y Andarab.
No obstante, insiste en que muchas de las situaciones que llegan hasta quienes están fuera del país nunca se hacen públicas: “Mucha gente tiene miedo de hablar. Si cuentan lo que ocurre, también pueden ser detenidos o sufrir torturas”.
Amnistía Internacional documentó en 2025 casos de detenciones y reclusiones arbitrarias de personas vinculadas al anterior Gobierno, además de ejecuciones extrajudiciales y torturas. Según la organización, entre enero y marzo la ONU registró al menos 23 casos de detención y reclusión arbitraria de miembros del funcionariado del anterior Gobierno.
Una de las personas con las que mantiene contacto es una amiga que continúa viviendo en Kabul. Es profesora de pintura y, tal y como relata, la única persona que trabaja para mantener a su familia. Como cuenta, su padre fue asesinado y ella misma fue detenida por enseñar pintura a niñas en secreto. “Los talibanes dicen que ese trabajo no está permitido según su interpretación del islam”, explica.
Su historia personal se ha convertido para él en una ventana a la situación que viven muchas mujeres que permanecen en Afganistán. Asimismo, según el relato que le trasladó su amiga, algunas mujeres reciben llamadas o mensajes de personas que se presentan como trabajadores de organizaciones internacionales y les ofrecen ayuda para salir del país. Sin embargo, sostiene que ella sospecha que detrás de algunos de esos contactos pueden encontrarse los servicios de inteligencia talibanes.
La vida que ha empezado en Aragón
Frente a esa realidad, su vida actual transcurre a miles de kilómetros de Afganistán. Ha pasado por el sistema de acogida y protección internacional y ha encontrado en Aragón, gracias a la intervención del personal de Accem, un lugar donde comenzar de nuevo.
Esta organización ha atendido en España a 1.883 personas de origen afgano desde agosto de 2021, de los que 977 son hombres y 906, mujeres. Entre ellas había 646 menores de edad. La intervención de la organización incluye necesidades básicas, acompañamiento jurídico, psicológico y social, aprendizaje del idioma y apoyo para acceder a la educación, la formación y el empleo.
Por otro lado, en Aragón, entre enero de 2025 y julio de 2026, Accem atendió a 16 personas procedentes de Afganistán, siendo once hombres y cinco mujeres. De ellas, 14 han obtenido el Estatuto de Refugiado y dos continúan como solicitantes de protección internacional.
En su caso, ha aprovechado esta oportunidad para aprender español, encontrar trabajo y conseguir una vivienda para empezar de cero. Al mismo tiempo, tal y como sostiene, ha construido una red de amistades. “Aquí tengo muchos amigos. Estoy muy feliz. Mi familia también lo está”, afirma.
Su vida actual contrasta con la incertidumbre con la que abandonó Afganistán, ya que allí temía que los talibanes pudieran detener a algún familiar o incluso forzar un matrimonio para alguna de sus hermanas. Aquí, en palabras de él, puede pensar en el día siguiente sin ese miedo “tan grande”.
Un Afganistán que sigue sin ser seguro
Cinco años después de la toma del poder por los talibanes, las organizaciones advierten de que la situación no permite considerar Afganistán como un país seguro para el retorno.
Accem sostiene que el país continúa sin ofrecer garantías para las personas que tuvieron que huir y alerta del riesgo de que determinados contactos diplomáticos contribuyan a legitimar al régimen talibán. La organización recuerda además que, durante 2025, cerca de 2,9 millones de personas regresaron a Afganistán, muchas de ellas como consecuencia del endurecimiento de las políticas hacia la población afgana en Irán y Pakistán.
Al mismo tiempo, unos 3,7 millones de personas afganas permanecían refugiadas o necesitadas de protección fuera del país. Para Accem, estos retornos no pueden interpretarse como una mejora de las condiciones de vida en Afganistán.
Desde España, Q. sigue mirando hacia allí y, pese a no hablar únicamente de volver algún día, su deseo es que el país al que pueda regresar, si llega ese momento, “sea diferente” del que tuvo que irse. “Yo quiero luchar para liberar mi país, para liberar a las mujeres, para que puedan leer y trabajar”, afirma. Su familia, sin embargo, le ha pedido que no vuelva.
No obstante, este refugiado no quiere que Afganistán desaparezca de la conversación internacional, sino que “el Gobierno de España ayude a otras mujeres” y luche por la libertad de su país.
A pesar de haber pasado cinco años desde que los talibanes tomaron Kabul, para él, ese tiempo, ha supuesto perder posibilidades de regresar, pero también haber encontrado un lugar seguro desde el que empezar de nuevo. “Afganistán es mi país, pero España ahora es mi casa”, concluye.