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Mucho más que montar a caballo: la terapia asistida con animales que impulsa la asociación Asceal desde Huesca

La terapia empieza mucho antes de que un usuario suba a un caballo o acaricie a un perro. Comienza en el momento en que sabe que ese día volverá a la granja, donde le esperan unos animales que, lejos de ser un simple acompañamiento, forman parte de un tratamiento diseñado para mejorar su autonomía, su comunicación, su autoestima o sus relaciones sociales.

“El usuario no empieza la terapia cuando llega aquí. Empieza desde por la mañana, porque sabe que ese día va a venir a ver a su caballo, a su perro o a los animales que conoce desde hace años. Ya viene motivado desde casa”, explica Roberto Banzo, gerente de Asceal. Se trata de una asociación sin ánimo de lucro ubicada en la granja escuela Los Mundos de Panta, en Huesca, que desde 2008 desarrolla terapias asistidas con animales dirigidas a personas con discapacidad, trastornos del desarrollo, enfermedades neurodegenerativas o necesidades educativas especiales.

Aunque cada vez resulta más habitual escuchar hablar de equinoterapia o de intervenciones con perros, Banzo cree que todavía persiste una idea equivocada sobre lo que realmente ocurre durante una sesión. “Muchas veces se piensa que consiste simplemente en montar a caballo o estar un rato con un perro y no tiene nada que ver con eso”, resume.

En realidad, tal y como comparte, el animal nunca es el fin sino el medio. Las terapias asistidas con animales forman parte de una intervención diseñada por un equipo multidisciplinar que analiza previamente la situación de cada usuario, sus necesidades, sus limitaciones y los objetivos que se quieren alcanzar.

Para ello, desde Asceal trabajan de forma coordinada con fisioterapeutas, terapeutas ocupacionales, psicólogos, centros educativos y otros profesionales que ya forman parte del día a día de cada persona.

“Lo primero que hacemos es valorar si esa terapia es adecuada para ese usuario. No todo el mundo puede hacerla ni todas las patologías son compatibles. Hay personas para las que montar a caballo, por ejemplo, no sería recomendable y, sin embargo, en algunos sitios se sigue haciendo”, advierte.

Solo cuando esa evaluación confirma que la intervención puede resultar beneficiosa comienza el diseño de una sesión completamente individualizada. Cada ejercicio responde a unos objetivos concretos que pueden centrarse en mejorar la motricidad, estimular funciones cognitivas, favorecer la comunicación, reforzar las habilidades sociales o aumentar la autonomía personal.

“El usuario está jugando, se está divirtiendo, pero nosotros sabemos perfectamente qué estamos trabajando en cada momento”, afirma Banzo, quien subraya que “hay una planificación detrás y unos objetivos terapéuticos que se revisan continuamente para comprobar si están funcionando o si hay que adaptarlos.”

Recuperar mucho más que la movilidad

Aunque las terapias asistidas con animales suelen asociarse a la rehabilitación física, en Asceal tienen claro que los avances más importantes rara vez se miden solo en la movilidad, el equilibrio o el tono muscular. Muchas veces, destacan, “el verdadero cambio comienza cuando una persona vuelve a sentirse capaz de hacer cosas que creía perdidas”.

En este sentido, Banzo insiste en que “no sirve cualquier caballo ni cualquier perro”, ya que se trata de una intervención terapéutica el animal y “no es un simple acompañante ni un elemento que haga más agradable la sesión”. De hecho, según remarca, son una herramienta terapéutica cuya elección resulta tan importante como la preparación del profesional que dirige la intervención. “Un caballo de terapia es un caballo de terapia; un caballo de equitación es un caballo de equitación”, indica.

Bajo su punto de vista, todavía existen centros que utilizan animales destinados a impartir clases de equitación para ofrecer sesiones de hipoterapia cuando termina la jornada, una práctica que considera incompatible con una intervención rigurosa.

“Es como darle al mejor cirujano del mundo un cuchillo de sierra en lugar de un bisturí. Tendrá todos los conocimientos, pero no podrá hacer bien su trabajo., sostiene.

Ni todos los caballos ni todos los perros

Desde Asceal aseguran también que los animales pasan por un proceso de evaluación en el que se analiza su raza, su altura, el carácter, la amplitud y la cadencia del paso, la manera en que transmiten el movimiento al usuario o su reacción ante comportamientos inesperados que pueden producir algunas personas con discapacidad. De hecho, tal y como admite, “encontrar el animal adecuado no resulta sencillo porque para encontrar, por ejemplo, un caballo que realmente sirva para terapia puedes haber valorado cincuenta antes”.

En el caso de los perros, los labradores retriever con los que trabaja la entidad han sido seleccionados y entrenados específicamente para este tipo de intervenciones porque convivir bien con una familia no implica estar preparado para trabajar con personas con discapacidad, trastornos del desarrollo o enfermedades neurodegenerativas.

“Un perro muy bueno en casa no tiene por qué ser un perro terapeuta”, insiste, además de valorar que el bienestar del propio animal forma parte del tratamiento y del trabajo diario que realizan. “No puede ser un animal sometido. Tiene que sentirse cómodo durante toda la sesión y participar de manera natural”, apunta.

Solo cuando todas esas condiciones se cumplen puede comenzar el trabajo terapéutico y es entonces cuando los resultados empiezan a ir mucho más allá de la rehabilitación física. “Uno de los mayores logros que tienen estas actividades es el refuerzo de la autoestima y de la confianza en uno mismo”, asegura Banzo.

Más allá de la mejora física

Lo observa sobre todo en personas cuya enfermedad o discapacidad les ha obligado, poco a poco, a renunciar a parcelas enteras de su autonomía. Es el caso, más en detalle, de personas que han dejado de conducir, que han abandonado actividades que antes formaban parte de su rutina o que sienten que cada vez dependen más de quienes les rodean.

“Hay usuarios que han dejado de conducir, que han ido perdiendo capacidades y actividades que antes formaban parte de su vida y, de repente, vuelven a estar encima de un caballo. Ese cambio supone muchísimo”, sostiene.

Al mismo tiempo, afirma que “no se trata únicamente de montar”, ya que “la sensación de volver a controlar una situación, de comprobar que todavía son capaces de afrontar nuevos retos o de recuperar una actividad que parecía inalcanzable acaba trasladándose también fuera de la granja”.

Según recuerda, en Asceal han tenido usuarios que, gracias a ese refuerzo personal, después afrontan de manera distinta otras situaciones de su vida. “La mejora termina siendo global”, reconoce.

Ese impacto también se aprecia entre personas con enfermedades neurodegenerativas o demencias. Más allá del trabajo cognitivo o psicomotor, las sesiones devuelven una rutina esperada durante toda la semana y motivación que, en muchos casos, había desaparecido.

Por otro lado, en el caso de los niños y jóvenes, muchos de ellos presentan dificultades para relacionarse con otros niños, ya sea por problemas derivados de la comunicación o al contar con escasas habilidades sociales. Al respecto, aunque Banzo reconoce que esa situación de “aislamiento dentro del entorno escolar termina afectando a su autoestima”, en estos espacios terapéuticos “descubren cosas que sí les gustan y con las que sentirse completos”.

“Hay chicos que en el colegio sienten que son el raro o el que nadie elige. Sin embargo, luego vienen aquí y descubren que ellos son los únicos que saben montar a caballo y luego les empiezan a mirar de otra manera”, indica.

Asimismo, este profesional recuerda que, en las visitas de centros educativos, esto es todavía más evidente porque “de repente toda la clase está aquí y ven que ese chico tiene unas habilidades que los demás no tienen”. “De verdad que cambia la forma en la que el grupo lo mira”, dice.

Esa nueva confianza facilita que se abra a los demás, que participe con mayor naturalidad y que poco a poco construya relaciones que antes parecían inalcanzables. “Hemos tenido personas que estaban muy aisladas y que han terminado integrándose en el grupo, haciendo amigos y recuperando unas relaciones sociales que antes prácticamente no existían”, añade.

Una vez termina la intervención, continúa la conexión

Muchos usuarios que comienzan siendo niños, después continúan vinculados a la entidad años después. Como detalla, algunos llegaron con apenas seis años y, ahora, participan incluso en programas de inserción laboral impulsados por la propia asociación. “Es un tránsito vital. Hemos visto crecer a muchos de ellos desde pequeños hasta convertirse en adultos”, aclara.

Ese recorrido, tal y como señala, también lo hacen sus familias, que forman parte activa de todo el proceso y son quienes primero detectan que los pequeños avances empiezan a trasladarse a la vida diaria.

“No queremos que sea venir una hora, hacer la sesión e irse. Queremos conocer a las familias, acompañarlas y que formen parte del proyecto”, dice Banzo. Además, “son ellas quienes regresan contando que su hijo ha hecho algo que antes parecía imposible”. “Nos dicen: 'Mira lo que ha hecho esta semana' o 'ha conseguido algo que antes no hacía'. Ellas son las que mejor ven cómo esos avances pasan de la terapia a su día a día”, valora.

Quizás por eso, desde Asceal no han contabilizado cuántas personas han pasado por ahí desde su creación en 2008: “No queremos convertir a las personas en números. Para nosotros son mucho más que eso”. Asimismo, según explica, muchas siguen formando parte de esa comunidad tiempo después de haber comenzado una terapia y ese, concluye, es “probablemente el mejor indicador de que el trabajo va mucho más allá de una sesión semanal con un caballo o un perro”.