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Elena Zudaire

Elena Zudaire (Pamplona, 1976) es vitoriana de adopción desde hace 14 años. Licenciada en Periodismo ha ejercido en la radio y la prensa local y vasca. Hace cuatro años cambió su rumbo profesional hacia la gastronomía inaugurando la escuela de cocina 220º pero sigue vinculada a la comunicación con colaboraciones habituales como esta columna, una mirada con un punto ácido hacia una ciudad en constante cambio.

Militancia veraniega

A la espera de que nuestros queridos representantes públicos deshojen la margarita de los gobiernos locales y forales, dotemos hoy a esta columna de un aire más prosaico aunque no menos importante y hablemos de la idiosincrasia climatológica de Vitoria que, en esta epoca del año, es más puñetera que nunca.

Superado el mes de mayo y cumplido con el afamado refrán que nos recomienda que hasta el día 30 no nos quitemos el sayo, Vitoria y sus vitorianicos abordan el mes de junio con la esperanza de que, por fin, el calorcito se instale en sus vidas. Constancia de que Lorenzo visita Vitoria haberla, hayla. Sin embargo, el astro rey tiende a calentarnos el coco y confundirnos el termostato cuando menos lo esperamos. Por ejemplo, enero suele ser un mes que cuenta con unos cuantos dias torrantes en los que el abrigo sobra para, a veces incluso horas después, caerte un nevadón que colapsa la autopista y nuestras vidas.

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Y Maroto venció

Y no sólo venció. Sino que lo hizo con un aumento de votos. El único lugar en el que el PP ha aumentado su número de votos en todo el país ha sido en nuestra amada Vitoria-Gasteiz. Donde se hace la ley. Capital artificial de un país singular.

Queda constatado, por si alguien tenía alguna duda, que Vitoria es una ciudad conservadora que no quiere arriesgar ni un ápice lo que tiene, sea lo que sea y por el motivo que sea. Porque realmente piense que los moros son unos ladrones. Porque necesite los 50€ al mes prometidos para los pensionistas. Porque, siendo sinceros, tampoco había una Ada Colau o una Manuela Carmena en las que depositar nuestras esperanzas.

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Domingo y elecciones

Escribo estas líneas días antes del domingo y estas líneas se publicarán ese día, en que la ciudadanía elegirá el nuevo Ayuntamiento y la nueva Diputación. Seguirán los de siempre, vendrán otros nuevos, habrá pactos o no y la vida continuará. Es un día extraño para publicar una columna de opinión. Si hablo de unos u otros podría resultar interesada. Y, por otra parte, no puedo evitar hablar de las votaciones, justo en este día… Qué dilema. Podría hablar del tiempo. Y así me olvidaría de que hoy me voy a comer los puños zapeando entre cadenas para seguir la noche electoral, con la esperanza de que otro mundo es posible pese a lo que dicen las encuestas. Podría hablar de este frío que ha venido de repente, muy típico de Vitoria en realidad, al que no me acostumbraré jamás porque he debido de tener antepasados que vivieron al sur del sur. Y así me olvidaría de todas las promesas que nos han hecho los y las candidatos y candidatas en campaña para quemar los últimos cartuchos y conseguir nuestro voto, a sabiendas de que después tendrán cuatro años para decir donde dije digo, digo Diego. Podría hablar de lo bonico que es el nuevo cartel de las fiestas de La Blanca. Y así me olvidaría de lo cutres que pueden llegar a ser las formaciones políticas, que pagan a empresas para que les posicionen en Facebook, por ejemplo, sin saber (o eso dicen) que éstas utilizan a usuarios que no tienen ni idea de que están siendo utilizados para promocionar su publicidad electoral. ¿No han notado que en el trabajo le mirar raro? Pues tenga cuidado, no vaya a ser que se haya afiliado a algún partido sin tener ni idea, dándole al ‘me gusta’ a sus publicidades. Podría hablar de lo remonísima que ha quedado mi querida fachada del Palacio Europa y así me olvidaría de la prisa que se dan los políticos en inaugurar cosas antes del día de las votaciones para aparentar que son buenos chicos y buenas chicas y que estamos en buenas manos.

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La fachada de la muerte

La pobre cubierta vegetal de la fachada del Palacio Europa me da una pena que no lo puedo soportar. No hay ni un solo vitoriano que la defienda. Salvo a sus ideólogos, a nadie más le gusta. Es como el pobre niño con quien todo el mundo se mete en el cole. El saco de las collejas. La oveja negra.

La pobre empezó a darme pena desde que fue diseñada y plantada y se enfrentó a su primer caluroso verano. Afloraron nunca mejor dicho los primeros problemas originados por una falta de descoordinación entre departamentos. La patata caliente pasaba de uno a otro con el resultado de una falta de riego que dejó a las pobres plantas más secas que el ojo de la tía Mingala, como diría mi suegra.

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Estamos en campaña.....¡Sálvese quien pueda!

¡Socorroco! ¡Sálvese quien pueda! ¡Las mujeres y los niños primero! Cojan lo imprescindible y huyan a refugiarse a un lugar sin periódico, radio, televisión o internet.  Ya esta aquí… ¡Ya llegó! Intentará engatusarles con sus encantos. Tratará de embelesarles con sus cantos de sirena. Pero no se engañen… ¡Váyanse antes de que sea demasiado tarde y sus tentáculos les envuelvan sin piedad! La campaña electoral ha regresado, está ávida de ciudadanos frescos y su apetito voraz no tiene medida...

Vale, igual me he pasado un poco. Pero es mejor tomárselo con humor, ¿no creen? Hay que ver cómo pasa el tiempo. ¡Cuatro años nada menos! Parece que fue ayer cuando se nos petaba el buzón de coloridos folletos y los candidatos salían de sus guaridas para recitar mítines, besar niños y apretar manos con mirada penetrante y sonrisa profident. Cierto es que las cosas ya no son como antes y que no es tan impactante como lo era antaño esa carrera de 15 días hacia las urnas, en la que los elegidos se jugaban el puesto y lucían su mejor plumaje por el ansiado puñado de votos. Ahora casi siempre estamos en campaña encubierta por un motivo u otro. Mirándolo por el lado positivo, esta vez el pastel debe repartirse entre algún partido más de los habituales, así que prepárense para novedosos actos electorales que pueden hacer la cosa más entretenida, por qué no.

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A esos bárbaros vascones que nos roban el trabajo y las mujeres

Andaba nuestro diputado general inquieto, revolviéndose por los rincones del palacio foral, incómodo, incompleto. Algo no andaba bien en su precampaña. No acaba de cuajar, le faltaba esa cosa, ese argumento que le lanzara al estrellato mediático. Su colega de partido y alcalde de la ciudad lo había conseguido y lanzaba metralla cada vez que tenía ocasión contra el colectivo de magrebíes, pakistaníes y subsaharianos, acusándoles de robar a los vitorianicos sus ayudas sociales con una suerte de argumento sacado de la chistera de sus estrategas de comunicación.

El alcalde tenía madera de político, envidiaba De Andrés. Aunque él tampoco podía quejarse. De ser jefe de comunicación hacía años había logrado que el partido le aupara hasta convertirlo en gobernante de todos los alaveses, de un territorio tan diverso y tan diferente de norte a sur. Que no es moco de pavo. Sin embargo, los días se le echaban encima y la campaña y las urnas le esperaban a la vuelta de la esquina. Por si fuera poco, la fatalidad empañaba la imagen del PP en otros lugares del país en forma de corrupción y abusos, noticias que no le iban a ayudar mucho en mantenerse en el sillón foral.

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El que no piense como yo es un etarra

Dice Maroto que la fiesta en favor de la pluralidad y contra el racismo que la plataforma Gora Gasteiz celebró en Vitoria hace un par de semanas fue un lugar de encuentro de los batasunis del País vasco, que el evento en su conjunto estuvo manejado por los hilos de EH Bildu y que lo único que se escuchó desde esa multitud fueron gritos de ensalzamiento de los presos vascos.

Supongo que el alcalde se refiere a las decenas de inmigrantes de distintos países que participaron y que, según los cuerpos de seguridad del Estado, han engrosado las listas de los terroristas más buscados. También, seguramente, se referirá a las decenas de familias que se unieron a la kalejira y a las distintas actividades programadas, destinadas a entrenar a los pequeños en las habilidades con las armas, en la elaboración de cócteles molotov y en el diseño y consecución de una barricada con contenedores. Me imagino que también se refiere a los participantes de avanzada edad, veteranos en la lucha armada, que compartieron con los allí presentes sus conocimientos sobre secuestros.

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Salburua: Sodoma y Gomorra

El barrio de Salburua amenaza con convertirse en Sodoma y Gomorra. La posible apertura de un negocio de intercambio de parejas ha alterado el ramalazo puritano de más de 1.200 personas que a través de Change.org han expresado su tajante negativa a que semejante antro ensucie las inmaculadas miradas de los más pequeños. Porque, según quienes han fomentado esta iniciativa, ése es el problema: el local se abrirá frente a un parque infantil y ejercerá su actividad a plena luz del día, con lo que los niños pueden llegar a ser testigos de actos súper impuros.

Vitoria me enternece cuando, como toda ciudad pequeña, se escandaliza ante la llegada de algo nuevo. Es nuestro gen pueblerino (dicho con todo el cariño) el que se eriza ante lo desconocido e intenta protegernos. Me vienen a la memoria la planta de recogida neumática de Coronación (menudo pitote se armó y hoy ni siquiera nos damos cuenta de que está ahí), la mezquita de Zaramaga (polémica alimentada además por nuestro actual y querido alcalde) o aquel albergue de jóvenes problemáticos que alguien intentó abrir en Lakua. Y cuando el asunto del que se trata, además, viene adobado de cierta componente sexual del tipo que sea, ese gen pueblerino se convierte además en beato inquisidor.

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La irresponsabilidad

La calma vacacional de nuestra pequeña Vitoria se vio truncada a cuchilladas hace unos días con un nuevo caso de terrorismo de género, como creo que bien define el colectivo feminista. Un individuo primero se cargó a su esposa y después se entregó. Porque en asesinato o el maltrato de mujeres a manos de sus parejas, la confesión o el suicidio parece que conforman una sucesión de actos indivisibles que nunca jamás entenderé.

La violencia de género me aterra. Me aterra cualquier tipo de violencia en cuyo germen radica el odio al que es diferente. Sin embargo, en este caso, me horroriza más porque la victima duerme o solía dormir con su ejecutor. Tu compañero, el que supuestamente debería caminar contigo, acompañarte, disfrutar y sufrir la vida contigo, un buen día te quita de en medio por el motivo más peregrino.

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La campaña subliminal

El primer recuerdo que tengo de una campaña electoral se remonta a cuando tenía unos ocho años o así. Por aquel entonces, los partidos políticos llevaban pocos años estrenados en el juego democrático y los anuncios de campaña se circunscribían a esos 15 días previos al día de las votaciones. La Junta Electoral solía ser muy estricta en estos temas y supongo que lo seguirá siendo siempre que haya denuncias de por medio. Pero lo cierto es que la cosa ha cambiado y mucho.

Que levante la mano quien esté leyendo esto y sienta que ya estamos en campaña electoral, pese a que todavía quedan un par de meses. Fotos de candidatos, eslóganes, encuentros que parecen mítines, inauguraciones que pudieran ser puros actos electorales pueblan los informativos y las hojas de la prensa diaria. La cosa está que arde, además, desde que han irrumpido nuevas fuerzas políticas que pueden llevarse buena parte del pastel y que, pese a ir de alternativas, hacen lo mismito que el resto. Las nuevas piezas del juego político y, cómo no, las más tradicionales despliegan sus plumas de pavo real para intentar convencernos de que nada será como antes sino mucho, muchísimo mejor, siempre y cuando les demos nuestro voto, claro.

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