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Pedro Saura

Diputado en el Congreso por Murcia. Portavoz de la Comisión de Hacienda.

Una Constitución para el siglo XXI

El otro día, mientras tomaba un café en la estación antes de coger un tren, no pude evitar escuchar la conversación de dos jóvenes que estaban junto a mí en la barra. Uno de ellos le contaba al otro que se había apuntado a una academia para prepararse con tiempo unas oposiciones, no sé para qué puesto. Le parecía mejor que estudiar por su cuenta y sus padres le echaban una mano con las mensualidades. Le contaba al colega que lo que llevaba peor hasta el momento era estudiar la Constitución, que era "un ladrillo". Estuve tentado de darme la vuelta y darle algún consejo a aquel muchacho. Al final no le dije nada, pero su comentario me acompañó durante el viaje.

Me di cuenta de que debería haberle preguntado por qué le parecía "un ladrillo", ¿qué quería decir con esa expresión que no sonaba muy positiva? Es evidente que no se refería a su peso físico… Para aquel joven, la Constitución era un texto con el que ni conectaba ni se identificaba, pese a llevar, negro sobre blanco, los principios fundamentales por los que se rige nuestro país y también su propia vida y que todos debemos conocer para poder exigirlos y defenderlos.

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Una alternativa económica moderna para acabar con la desigualdad

El principal objetivo político de nuestro país es construir una sociedad próspera y justa. Por consiguiente, el gran reto tiene que ser acabar con la desigualdad. Para lograr esos objetivos, el primordial problema que tiene la economía española es la dificultad para crecer de manera sólida y generar empleo productivo y de calidad. Desde el punto de vista político y económico, el debate se tiene que centrar en la puesta en marcha de una estrategia de crecimiento de futuro que permita crear empleo de calidad.

Como punto de partida, hay que entender que la globalización se ha convertido en un fenómeno central para interpretar qué políticas se tienen que aplicar y, en un aspecto capital, para comprender  tanto la crisis como sus salidas. Ello, sin duda, requiere un liderazgo político, a nivel europeo e internacional, para impulsar cambios institucionales, puesto que la resolución de los problemas como la desigualdad exige una escala europea e internacional. Pero, también, ahora más que nunca,  una sociedad  justa solo puede descansar en una economía fuerte y competitiva, que no es otra cosa que la fortaleza de sus empresas. No perdamos de vista las perspectivas de largo plazo de la economía internacional, como señala el Instituto Valenciano de Investigaciones Económicas, de acuerdo con las estimaciones de la OCDE, hasta el 2060, la tasa de crecimiento  anual medio per cápita de los países emergentes será  alrededor del doble de la que presenten los países más desarrollados.

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