La guerra de Trump y la guerra de Feijóo
Una guerra ilegítima, inmoral, sucia y salvaje es lo que ha declarado la derecha española a Pedro Sánchez. Dirán ustedes, y no les falta razón, que llevamos años aguantando el asedio de las tropas reaccionarias por tierra, mar y aire. Vuelan los dirigentes del PP, siempre por las alturas, navegan los jueces en sus togas y pisan el terreno los periodistas -o así se hace llamar esa fiel infantería- que pueblan, y ensucian, los medios de papel, los digitales de medio pelo y las televisiones de la derechona, con esos programas de los brutales Iker Jiménez, Ana Rosa Quintana o Antonio Naranjo, rojos de vergüenza se ponen los telespectadores decentes ante el resurgimiento de las arengas enloquecidas de Queipo de Llano. Disparan de todo, agáchense que llegan los misiles, aunque ellos prefieren las emanaciones tóxicas, tal que el gas mostaza, muerte por envenenamiento.
El delirio de todos ellos ha llegado con los bombardeos de Netanyahu y Trump, aquí un admirador, un amigo, un esclavo, un siervo, sobre Irán, acción salvaje que destroza, aún más, un mundo cada vez más inseguro, más desestructurado, una selva donde el gorila más agresivo se golpea el pecho con “furia épica” para demostrar su brutalidad a los asistentes al zoo. Hacemos lo que nos da la gana, usted se calla que es un tipo flacucho y, además, un punto espantadizo. Ante tal atropello a la razón, asesinamos a los máximos dirigentes de un país que no nos gusta, bombardeamos escuelas y lo que haga falta, el presidente español, Pedro Sánchez, ha dicho alto y claro “No a la guerra”. Y mientras recibía elogios de allende los Pirineos, aquí algún elegante columnista ha decidido tildar a Sánchez de “Ayatolá Alí Sánchez”. ¡Cuánto ingenio!
Ese “no” es eslogan maldito para quienes hace 23 años gritaban enfervorizados “Sí a la guerra” y lamían las botas, tipos desvergonzados, Aznar el primero y el más desenvuelto, al presidente más ignaro que ha tenido Estados Unidos, que ya es decir: George W. Bush, dónde tengo la mano derecha. Pues aquellos zánganos se permiten, ahí tienen al sucesor del mentiroso de las armas de destrucción masiva, Alberto Núñez Feijóo, Marte tronante, situarse en los faldones de los asesinos para atacar al presidente de su nación, España, esa palabra que tanto les gusta repetir, hasta el hartazgo, y que se les hace bola del tono empalagoso con el que la pronuncian. ¿Vox? Ni preocuparse, que bastante tiene el pobre Abascal con pasar la lengua por donde anda su dios Trump, defenestrar a Ortega Smith y humillar a María Guardiola.
Pero tiene algo de memoria el Ojo, y gusta de rememorar el pasado, que siempre nos ofrece ejemplos memorables. Decíamos de los grandes periodistas de la época, tal que Pedro J. Ramírez y ya puestos, hasta Federico Jiménez Losantos, ambos próceres de la profesión que mantuvieron viva durante años, y aún siguen con la matraca, la conspiración sobre el 11-M y los casi 200 muertos. Aquellos mentirosos compulsivos que negaron la evidencia con armas de truhanes para salvar a como diera lugar al soldado Aznar, hoy siguen, inasequibles a la vergüenza, aprovechando mentiras y tergiversaciones ridículas -conversaciones de Margarita Robles, fragatas- para defender, dejémonos de subterfugios, la guerra ilegal y feroz que han emprendido aquellos canallas que usted sabe sin el permiso ni el apoyo de nadie, ni Naciones Unidas, ni el Congreso, ni sus aliados de la OTAN. Pues lean sus comentarios, vean sus editoriales, pura virulencia incendiaria contra Sánchez, flores y perfumes para Feijóo que puede compartirlos con su amiguito del alma, Santiago Abascal y cierra España.
Es verdad que aún estamos en la nube de las dudas, sin saber qué traducción tendrán las amenazas del gánster de Washington o si todo se quedará en el terreno de meter el miedo a quienes osen rebelarse a la fuerza del imperio. Y también desconocemos cómo será la reacción europea si se producen represalias comerciales, con una Ursula Von der Leyen cada vez más descolocada. Es evidente que nada hace pensar que Francia, por ejemplo, vaya a dejar sola a España. Con todo, se agradecería que la cobardía y la indolencia europea se sacudiera la cara ante un suceso de tanta gravedad, y no hubiera que llevarlos del ronzal para mantener una postura mínimamente decente. Es tal la parálisis mundial ante la ignominia que pone los pelos de punta. Hablamos ahora de los europeos, ¿no hay manifestaciones en las calles contra un desastre generalizado al que nos puede llevar un loco peligroso que no nos ha consultado, por supuesto, pero que ni tan siquiera se ha molestado en avisarnos? Claro que peor es la sociedad norteamericana, abotargada y paralizada, todos los niveles, ante la virulencia de su presidente, ese señor que ellos mismos eligieron. ¿Les gusta la guerra, están dispuestos los naturales de Minnesota a morir en Isfahán o Tabriz?
Estamos ante un conflicto que nadie sabe cuánto durará ni qué consecuencias tendrá. Es inútil, por tanto, intentar calibrar cómo afectará en la política nacional a las huestes de una y otra zona del campo -izquierda y derecha- este “No a la guerra”. Pero a poco perspicaz que se sea, no hay más que recordar la reacción de los españoles ante la guerra de Irak o leer las encuestas actuales para suponer que todo lo que sea contrario a ese eslogan, que no puede ser otra cosa que sí a esta guerra desencadenada por Trump y Netanyahu, esos tipos tan poco queridos en nuestro país, puede llevarse un buen castigo. Por consiguiente, que diría Felipe González, con perdón, ese “no”, esa postura firme ante una brutalidad semejante pueda tener su premio en reconocimiento ético y político. Y no descartemos, entonces, un claro reflejo en votos. Pero estamos en marzo de 2026, y si las elecciones son en el año próximo, ¿dó quedarán estas venturas, dó estas congojas? Ya han leído ustedes por ahí la posibilidad de adelantar las generales para juntarlas con las andaluzas, en junio, que el “No a la guerra” podría impulsar la candidatura de María Jesús Montero, aún no demasiado boyante. Palabras, palabras, palabras, que Pedro Sánchez, quien tiene la opción de decidir, es poco dado a irse de la lengua.
Como hay que decirlo todos los días, elijamos este párrafo, tan bueno como cualquier otro, para echar todas las pestes que ustedes gusten contra el execrable régimen iraní, como si esta constatación quitara un ápice de responsabilidad a la agreste operación contra un país de 90 millones de habitantes, sin el menor plan para democratizar y liberar a sus habitantes de la dictadura. Es que eran fanáticos fundamentalistas, dicen. ¡Ah, las religiones! ¿Han visto ustedes la ridícula y grotesca foto de esa veintena de líderes religiosos estadounidenses, posando sus manazas en los hombros de Trump, el monstruo en éxtasis, en ese Despacho Oval que se ha convertido desde que él llegó a la Casa Blanca en una arena de circo, donde hay payasos, equilibristas y pastores evangélicos deslumbrados por los objetos dorados que ha introducido el muy macarra llenando las paredes de ostentosa grosería de nuevo rico? Y no me hagan hablar de los judíos ortodoxos, los que mantienen al asesino Netanyahu en el poder, orgullosos de masacrar a hombres, mujeres y niños en Gaza o Líbano. Repugnantes los ayatolás, decimos los comecuras, pero ¿quiénes son los fanáticos religiosos? ¿Dónde están además de en Irán, a quién mandan, a quién obedecen?
Celebrábamos el domingo el Día de la Mujer y teníamos oportunidad de ver dónde está cada uno. Hay una presidenta de Madrid, de viaje a Estados Unidos ahora, precisamente ahora, que mezcla feminismo con minifaldas en Afganistán, ETA y las hijas de Zapatero. Y hemos visto a una concejala del PP que interrumpe una obra de teatro feminista, fuera de aquí, que venga la Inquisición, al presidente de Castilla y León, Fernández Mañueco reivindicando a la reina Urraca o a Santiago Abacal mostrando al respetable su modelo de mujer para el siglo XXI y posteriores: Isabel la Católica, que ya hay que tener cuajo para asomarse en 2026 a un espacio público y soltar semejante astracanada. El mundo real, el antifascista y contra la guerra, el de las mujeres de carne y hueso, estaban en otras historias, las desigualdades que aún perduran, por ejemplo, y que seguramente, si llegaran a mandar los partidarios de la reina que expulsó a los judíos, tan queridos hoy por Abascal, iban a sufrir en sus vidas el machismo más rancio.
Por eso prefieren ni verlos. Nos queremos vivas y libres.
Adenda. Hay un famoso discurso de Fidel Castro, largo, larguísimo, como todos los suyos, de comienzos de los años noventa, poco después de que Mijaíl Gorbachov guillotinara la Unión Soviética en diciembre de 1991. El mundo es un péndulo, vino a decir el líder cubano, y hoy se inclina hacia el capitalismo, pero en algún momento de la historia ese movimiento dará un nuevo giro y volverá al comunismo. Y allí, entonces, en ese futuro indeterminado, nos encontrará a los cubanos, que habremos seguido fieles, durante el tiempo que haga falta, al comunismo. Para acabar, claro, con Patria o muerte, venceremos.
Asegura Trump, el depredador salvaje, que Cuba caerá más pronto que tarde. Hoy, convertida en un país débil, la patria de Martí parece una sirena varada en el tiempo, escasamente orgullosa de su presente y, sobre todo, pesimista sobre su futuro.
¡Qué lástima! ¡Cuántas vidas rotas, cuántas esperanzas hundidas, allí y aquí!
Amo esta isla, cantaba Pablo Milanés.