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El secretario de Estado increíblemente pequeño

El 1,93 que mide John Kerry es un dato engañoso. Su altura retórica es muy inferior. No pasa un día sin que el secretario de Estado haga una declaración discutible en el mejor de los casos, absurda y contraproducente para los intereses de la Casa Blanca en los días malos. El lunes ha sido uno de estos últimos días.

En primer lugar, Kerry camina en dos direcciones al mismo tiempo. Tiene que convencer a los congresistas que EEUU debe dar una respuesta militar rotunda al uso de armas químicas en la guerra siria. Pero de forma simultánea, explica que no va a ser una declaración de guerra, no habrá tropas de tierra, la situación no se va a descontrolar, el ataque será “muy limitado”, no nos veremos implicados en la guerra civil siria..., casi ni nos vamos a enterar.

Y termina la confusa explicación con unas palabras que son carne de parodia. “Eso es de lo que estamos hablando. Un increíblemente pequeño y limitado esfuerzo”.

Si es increíblemente pequeño, ¿qué efecto disuasorio va a tener sobre Asad y un régimen que se juega su supervivencia física?

Eso no ha sido lo mejor. También en Londres ha planteado una hipótesis, casi de pasada, como si estuviera improvisando, como posible salida de Asad para impedir el ataque norteamericano. El dirigente sirio podría entregar “todo su arsenal de armas químicas a la comunidad internacional la próxima semana” y permitir que sea contabilizado y controlado. De inmediato, ha descartado su propia idea. “Pero él (Asad) no va a hacerlo. No puede hacerse”.

En Moscú, se ha encendido la bombilla. ¿No se puede? Bueno, se puede intentar. El ministro ruso de Exteriores ha comparecido pocas horas después para decir que su país está dispuesto a convertir esa propuesta en una realidad y obligar a los sirios que pongan todo ese arsenal “bajo control internacional” con vistas a su posterior destrucción. La primera reacción de Damasco ha sido positiva, así como en la ONU y en otros gobiernos.

Un portavoz del Departamento de Estado había intentado después enfriar las expectativas: “El secretario Kerry estaba desarrollando un argumento retórico sobre el hecho de que es imposible e improbable que Asad entregue las armas químicas que niega haber utilizado”. Traducción: tranquilos, él no hablaba en serio.

Washington ha visto que ha caído en la trampa tendida por el propio Kerry y ahora dice que examinará cuidadosamente la propuesta. En la práctica, las dificultades materiales para aplicarla son inmensas. ¿Sacarán todas esas armas del país? Imposible en un país en guerra. ¿Qué fuerza va a desplazarse a Siria para vigilar los tres, cuatro o cinco emplazamientos donde se puedan acumular esos proyectiles? ¿Qué garantías tienen los demás países de que Siria notificará la existencia de todas esas armas que además ni siquiera reconoce tener oficialmente?

Todo esto mientras Obama se ve obligado a dar entrevistas a toda televisión que se ponga delante, un día antes de que el presidente se dirija a la nación (¿se atreverá a decir que tanta alarma es sólo para llevar a cabo un ataque “increíblemente pequeño”?), y cuando no parece que la Casa Blanca tenga garantizados ni de lejos los votos necesarios para que la intervención sea aprobada en el Congreso. Antes al contrario.

Martes

Obama confirmó en varias entrevistas que no descarta olvidarse de la intervención militar si prospera la iniciativa rusa. Dijo que la toma “con un grano de sal” y que se asegurará que no consista en una serie de tácticas dilatorias. La nueva dinámica creada permitió al líder de la mayoría demócrata del Senado suspender la votación que iba a celebrarse el miércoles.

Francia ha anunciado que presentará ante el Consejo de Seguridad de la ONU la propuesta rusa. Si se aprobara, se crearía una nueva situación que quitaría a Washington la iniciativa en la respuesta a Damasco. No sería necesario de momento votar en el Congreso y Obama se ahorraría una previsible derrota.