Informar sobre los animales es un deber periodístico
En noviembre de 2001, un grupo de individuos entró en una protectora de animales de Tarragona, cortó las patas a quince perros y los dejó morir desangrados. La prensa generalista española cubrió el caso ampliamente y la indignación por esos perros se tradujo en demandas de leyes más duras contra el maltrato animal. Fue una de esas historias con claro gancho periodístico: un crimen brutal, culpables claros, víctimas con las que es fácil empatizar.
Mientras tanto, cada año, a escala industrial y dentro de la ley, miles de millones de animales son confinados, mutilados, transportados y matados en granjas, mataderos y laboratorios de todo el mundo. Es una actividad coreografiada y ejecutada de manera sistemática, cada mes, cada día, cada hora, sin que ninguna de esas vidas y muertes trascienda a las páginas de los periódicos generalistas. Estas ausencias, según los filósofos políticos Pablo Magaña y Rubén Marciel (en el departamento de filosofía del Trinity College de Dublín y en el de Ciencia Política y Relaciones Internacionales de la Universidad de Ginebra, respectivamente), no obedecen necesariamente a obstáculos insalvables, sino a decisiones editoriales que merecen ser discutidas.
Estos dos investigadores postdoctorales acaban de publicar en el Journal of Media Ethics, una revista científica revisada por pares, un artículo que plantea una pregunta: si las periodistas escriben para lectoras humanas, ¿por qué habría de ser noticia lo que afecta sobre todo a animales de otras especies? La respuesta de estos dos filósofos es que informar sobre lo que les pasa (o lo que les hacemos) a los otros animales es un deber periodístico, y no una cuestión de sensibilidades o de las líneas editoriales específicas de unos pocos medios.
La idea de publicar este escrito nació del cruce de dos trayectorias. Magaña se dedica a la ética animal y a la representación política de los animales; Marciel investiga qué medios de comunicación necesita una democracia y cómo deberían regularse. “Le propuse por qué no hacíamos algo sobre los deberes de los periodistas en sociedades democráticas en las que los animales están sistemáticamente ignorados de una manera que consideramos injustificada”, explica Magaña.
Razones democráticas
Buena parte de la literatura académica crítica sobre animales y medios, un campo conocido como Estudios Críticos de Animales y Medios (o CAMS por sus siglas en inglés), parte de premisas antiespecistas radicales: ningún ser debería ser tratado mejor o peor por pertenecer (o no) a una especie en concreto. Magaña y Marciel admiten simpatizar con esa idea que va a la raíz del problema, pero al mismo tiempo, son conscientes de que en sociedades pluralistas, donde hay diferentes intereses, existe un desacuerdo real sobre el estatus moral de los animales, con lo cual los argumentos radicales no tienen poder para convencer a muchos.
Por eso proponen un camino distinto, al que llaman “ecuménico”, con cinco argumentos, que no exigen aceptar necesariamente que los animales tengan derechos. “Es una motivación estratégica”, admite Marciel, y la compara con la que se emplea a favor del veganismo: “No hace falta ser animalista. Si tú eres ecologista, que mucha gente lo es, tienes motivos de peso para ser vegetariano o vegano”. Magaña lo formula en clave de teoría no ideal: nuestra sociedad dista mucho de rechazar el especismo, pero incluso un periodista especista, si está comprometido con la democracia y la justicia, “tiene razones que vienen de los propios valores con los que dice que está comprometido para dar mayor relevancia a los animales”.
Los argumentos se apoyan en dos ideas: que una democracia funciona mejor con poblaciones bien informadas y que las sociedades deben aspirar a ser justas.
Desde ahí, el primer bloque de razones que proponen es democrático, y tiene tres argumentos. El primero atiende a la equidad del debate público: los defensores de los animales están infrarrepresentados en los medios, mientras que la industria animal dispone de muchos más recursos para influir en la agenda informativa. Si un debate se decide por el poder de cada bando y no por la calidad de sus argumentos, dicen los autores, no es justo.
El segundo argumento parte de que las decisiones políticas solo son autónomas si están informadas, y sostiene que los asuntos animales cumplen tres criterios para que un tema merezca prioridad informativa. Para empezar, son temas que preocupan a la ciudadanía. Encuestas, como el Eurobarómetro de 2023 que citan los autores, muestran una sensibilidad creciente hacia el bienestar animal. Además, los animales tienen mucho en juego. Las decisiones públicas condicionan la vida de millones de animales de forma directa, como cuando se financian con dinero público la tauromaquia o la experimentación animal, e indirecta, como cuando los Estados protegen a la agroindustria. Y cuanto más pesa una decisión, más importa que quienes la toman sepan lo que hacen. Por último, se conocen poco. Los autores citan a investigadoras que, tras hablar con miles de personas sobre el bienestar de los animales de granja, concluyen que la gente sabe muy poco de cómo se crían y cuáles son las condiciones de vida de estos animales.
El tercer argumento da un paso más: si esas decisiones afectan a los animales, sus intereses son políticamente relevantes. Los autores recurren al “principio de todos los afectados”, según el cual quien se ve afectado por una decisión debe ser al menos escuchado en el debate, aunque no necesariamente tenga representación en los parlamentos. Ahí entra la prensa: al poder llegar a grandes audiencias, los medios están en una posición privilegiada para que la ciudadanía tenga en cuenta esos intereses antes de decidir. Como los animales no pueden obviamente ni escribir artículos ni acudir a un debate, los autores razonan que las periodistas deberían actuar como representantes informales de quienes no pueden hablar.
Marciel admite que la idea de “dar voz a los propios animales” suena un poco rara, pero defiende que se piense en quiénes son los grupos más vulnerables y con menos capacidad para hacerse oír. Y Magaña matiza la premisa: “cuando parece que los animales no pueden comunicar sus intereses, se suele asumir que la limitación es suya, y en muchos casos es nuestra”, sostiene, aludiendo a las dificultades que los humanos tenemos para comprenderles, y que según los autores, se puede mejorar recurriendo a expertos que estudian su comportamiento.
Razones de justicia
En la segunda parte del artículo, los autores defienden que informar sobre la industria animal es necesario para que la ciudadanía pueda detectar injusticias, y lo hacen por dos vías.
La primera es directa: existe una probabilidad no despreciable de que las sociedades estén cometiendo injusticias graves contra miles de millones de animales. No hace falta creer que así sea, apuntan; basta ese riesgo para que el asunto exija deliberación informada.
La segunda es indirecta y no requiere resolver si se deben deberes de justicia a los animales, porque informar sobre la industria animal ayuda a detectar injusticias contra los humanos. Los autores lo ilustran con tres ejemplos de la ganadería intensiva: el cambio climático, las condiciones laborales en los mataderos y la salud pública.
Cambio Climático
Los autores citan que según la FAO, la ganadería contribuye con al menos el 12 % de las emisiones anuales de gases de efecto invernadero, una cifra que, advierten, algunas expertas consideran incluso conservadora. Como el cambio climático golpea más a los países pobres y a las generaciones futuras, es también un problema de justicia. La ciudadanía, sin embargo, está mucho menos al tanto del peso de la ganadería que del de la energía o el transporte.
Condiciones laborales en mataderos
Los estudios que citan documentan en las plantillas de los mataderos tasas elevadas de ansiedad, depresión y estrés postraumático, así como lesiones graves, con unas dos amputaciones por semana según distintos reportajes. La rotación puede alcanzar el 200 % durante el primer año de funcionamiento de una planta, dicen los autores. Una parte importante de la plantilla son migrantes con pocas o nulas alternativas laborales, lo que les resta capacidad para presionar por mejores condiciones, ya que son fácilmente reemplazables por otros en su misma situación.
Salud pública
Los autores recuerdan la asociación entre el consumo de carne roja y procesada y varios tipos de cáncer, así como el riesgo de zoonosis que favorece el hacinamiento de animales y la resistencia a los antibióticos que fomenta su uso rutinario en la ganadería. Como además, la carga de enfermedad se reparte de forma desigual, en función de factores que las personas no controlan, el asunto tiene también una dimensión de justicia. La prensa, observan, suele cubrir violaciones flagrantes de la ley, y dan ejemplos sensacionalistas como el trabajo infantil descubierto en una planta de EE. UU., pero se hacen mucho menos eco del funcionamiento ordinario del sistema, que es probablemente donde residen las injusticias más extendidas.
¿Quién es un filósofo para decir qué es noticia?
La objeción es previsible: decidir qué es noticia debería corresponder a las redacciones, no a la filosofía. ¿O no? Marciel asume la pregunta: “Los periodistas que piensan así tienen razón. La decisión última recae sobre ellos”. Lo que hacen los autores, explica, es situarse en otro plano: “Nos quedamos en un nivel de abstracción mayor y lo que tratamos de hacer es identificar principios que sirvan para guiar la práctica periodística en el día a día”. No pretenden, añade, que los animales sean de repente lo único, o lo que más importa, “sino que, simplemente, también importan, y deberían estar ahí junto con otras cosas que importan”.
Además, el argumento no viene de fuera. Parte de los valores que, según los autores, la mayoría de periodistas de medios democráticos occidentales dice compartir: la democracia y la justicia. “Vosotros decís que estáis comprometidos con estos valores”, interpela Magaña, “si es así, tenéis razones para incluir a los animales en ellos”. Marciel lo enmarca como un método propio de la filosofía política: “No es colocarnos en una posición externa para decir a los demás lo que tienen que hacer, sino partir de las intuiciones que la gente tiene y articularlas de manera coherente”.
Y devuelve la pregunta a las periodistas: “¿Por qué tú eliges lo que es noticia? ¿En base a qué? Probablemente, la respuesta apele a valores como el interés público, el bienestar, la justicia o la democracia: No sería aceptable una respuesta que diga simplemente porque a mí me interesa esto. Hace falta algo más que el mero interés particular, lo que llaman el 'olfato periodístico'”.
Los filósofos no piden que los medios cubran solo asuntos animales, algo que sus autores califican de implicación disparatada, ni fija cuánta atención merecen frente al cambio climático, la desigualdad o el racismo. Reconocen que eso depende del contexto de cada redacción. Tampoco exigen una postura frontalmente antiespecista al informar: admiten que, en sociedades hoy muy antropocéntricas, los periodistas podrían permitirse enfoques levemente especistas, siempre que no ignoren los peores daños.
Entonces, si una redacción se tomara en serio este argumento, ¿por dónde empezaría? Marciel apunta a un criterio: “Tendría sentido que se priorizasen aquellas historias de animales en las que hay un mayor potencial para reducir las injusticias”. “Qué historias son esas”, continúa, “es algo que deben investigar y decidir los periodistas”, “pero supongo que la ganadería intensiva es una de las instancias en las que más injusticias se causan y, por tanto, quizá el primer asunto por el que empezar”.
El artículo termina con una imagen que interpela directamente al oficio periodístico. Los muros de mataderos y laboratorios son opacos, y las industrias han presionado durante décadas para dificultar el acceso público. Aunque fueran de cristal, apuntan los autores, poco cambiaría, porque están lejos de los núcleos urbanos. Las periodistas, sostienen, están bien situadas para derribar los otros muros, los psicológicos, discursivos y legales, que separan a los beneficiarios de la explotación de lo que ocurre dentro.
Una pregunta para quien lee las noticias
Al preguntarles con qué querrían que se quedaran las lectoras de su publicación, Magaña propone un ejercicio sencillo: ante una noticia sobre un incendio o un conflicto bélico, preguntarse: “¿Esto afecta realmente solo a humanos?”. Hay temas con un impacto claro sobre los animales que rara vez aparece en la cobertura. “Si van a leer la prensa con esa pregunta en mente, ya me parecería una buena actitud”.
Marciel va más lejos y espera que el artículo lleve a la audiencia a preguntarse, ante cualquier noticia, “por qué lo que están viendo es considerado noticia”. Y si no encuentran un buen motivo, a pensar “de qué podríamos estar hablando si no habláramos de esto”, y concluye: “Sería un mundo mejor si los contenidos que nos dan los medios respondiesen más a los valores de justicia y democracia”.