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Los límites del progresismo y la resistencia a la crítica antiespecista: a propósito de Deforme Semanal

23 de octubre de 2026 06:02 h

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Hace unos días publiqué un reel en respuesta a un fragmento del programa Deforme Semanal en el que, entre otras cosas, se ridiculizaba a “galgos ciegos y cojos”, se asociaba la preocupación por los demás animales con los “tíos heteros” y se recurría al viejo tópico de que Hitler era vegetariano. Se presentaba también como un supuesto silogismo la afirmación de que, aunque no todas las personas que cuidan animales son malas personas, todas las malas personas cuidan exclusivamente de animales. De ahí se daba a entender que si cuidas exclusivamente a animales eres una mala persona. Todo ello en el contexto de una crítica a Javier Milei y a la supuesta hipocresía de quienes manifiestan preocupación por los animales no humanos mientras desatienden a los seres humanos. Un contexto, por cierto, presente en el programa completo, pero no en el fragmento publicado en Instagram. Hace años desmonté detalladamente este falso dilema. Pero nunca está de más recordarlo.

Mi respuesta cuestionaba tanto los errores lógicos y empíricos de sus afirmaciones como los prejuicios especistas y capacitistas que reproducían. Dada la relevancia de las cuestiones planteadas y del intercambio posterior, he decidido desarrollar aquí algunos de los argumentos de aquella intervención. Como filosofe moral antiespecista, me preocupa especialmente cómo la falta de rigor argumentativo puede volverse moralmente nociva cuando contribuye a reproducir y legitimar formas de discriminación. El texto que sigue pretende ser, precisamente, un ejercicio de crítica lógica y moral en esa dirección. Un ejercicio, quizás árido para algunes, pero, a mi entender, necesario, dado el estado del discurso público actual; también, y muy especialmente, en los sectores que se reivindican progresistas.

Lógica

Empecemos por lo básico. Hitler no era vegetariano, en sentido estricto. Una búsqueda mínimamente atenta en Google basta para comprobarlo. Pero, aunque lo hubiera sido, del hecho de que una persona moralmente despreciable haga X no se sigue que X sea moralmente incorrecto. En lógica informal, esto se conoce como reductio ad Hitlerum, una forma de culpa por asociación. Tampoco se sigue, de la afirmación de que todas las malas personas cuidan exclusivamente de animales, que las personas que cuidan exclusivamente de animales sean malas personas. Eso sería confundir una condición necesaria con una suficiente: una falacia de afirmación del consecuente. Y si lo que se pretende es establecer una conclusión probabilística, tampoco funciona. No se ofrece ninguna información sobre la proporción de malas personas entre quienes cuidan exclusivamente de animales.

Así que ni silogismo, ni inferencia válida, ni evidencia empírica. Una colección de errores bastante elementales, especialmente llamativos en quienes pretenden ridiculizar las posiciones ajenas apelando a la lógica. Pero el problema de fondo no es lógico. Es moral.

Especismo y capacitismo

Burlarse de galgos ciegos o con dificultades de movilidad no es simplemente hacer humor sobre animales. Es reproducir prejuicios capacitistas, utilizando determinadas discapacidades como motivo de desprecio o ridiculización. La ceguera o las dificultades de movilidad no hacen que una vida sea menos digna de consideración moral. Y esto vale tanto para los seres humanos como para los demás animales.

Quienes llevamos años defendiendo una perspectiva antiespecista y feminista venimos señalando precisamente estas conexiones. El especismo y el capacitismo comparten mecanismos de jerarquización y desvalorización de individuos en función de características moralmente irrelevantes. El especismo es, a menudo, un capacitismo. Así que no solo se burlaban de las discapacidades de los demás animales. Al hacerlo, reproducían los mismos prejuicios que contribuyen a devaluar a los seres humanos con diversidad funcional.

Y no, defender a los demás animales no significa que nos gusten más que los seres humanos. Ni siquiera requiere que nos gusten los otros animales. La acusación “me gusta mi perro, no las personas” confunde una preferencia afectiva con un posicionamiento moral. Pero, la consideración moral de les demás no depende de nuestras preferencias, sino de sus intereses. Por eso, defendemos su derecho vivir, a no sufrir y a disfrutar de sus vidas. Porque, como individuos sintientes, tienen, al igual que los seres humanos, intereses moralmente relevantes. No porque nos resulten simpáticos.

Tíos heteros, mujeres y disidencias de género

Hay otra cuestión particularmente reveladora: la asociación de la preocupación por los animales con “una cosa muy de tíos heteros”.

Los datos empíricos contradicen flagrantemente esta caracterización. Díaz Carmona (2012) encontró un 71 % de mujeres entre las personas veganas activistas estudiadas; Balza y Garrido (2016), un 74,76 % en las organizaciones animalistas analizadas; y una encuesta más reciente de IMAE (2025), un 74 % entre las personas activistas participantes. Los estudios sobre población vegana apuntan en la misma dirección: una encuesta de ProVeg y VeganaGal registra un 82,61 % de mujeres frente a un 14,73 % de hombres. Aunque las muestras no son representativas del conjunto del movimiento, los resultados son consistentes: lejos de ser un espacio predominantemente masculino, el animalismo presenta una marcada feminización. Y esto sin entrar en la diversidad sexual y de género que existe en el movimiento antiespecista. Enbies, bolleras, maricas y otras personas queer llevamos décadas cuestionando no solo el especismo, sino también las estructuras patriarcales y heteronormativas con las que se entrecruza.

Así que, antes de recurrir al tópico del “tío hetero” para ridiculizar la preocupación por los animales (un ad hominen, nunca mejor dicho), quizá convendría conocer mínimamente la composición y la historia del movimiento que se pretendía desacreditar. Además, como señala la filósofa ecofeminista Alicia Puleo, las mujeres que deciden cuidar de los demás animales, en lugar de dedicar sus esfuerzos exclusivamente a quienes les correspondería por mandato de género (maridos, hijes y familiares), protagonizan una “huelga de celo al patriarcado”. Lejos de reproducir los roles tradicionales, estas prácticas de cuidado constituyen una forma de resistencia a las jerarquías patriarcales. Resulta, por tanto, particularmente irónico que desde un espacio supuestamente feminista se recurra a estereotipos heteronormativos para desacreditar un movimiento históricamente feminizado y atravesado por diversas disidencias sexuales y de género.

Eludir la crítica y la responsabilidad

La respuesta posterior de Deforme Semanal ha sido casi tan reveladora como el vídeo original. En lugar de responder a los argumentos, han optado por una sucesión de estrategias defensivas bastante habituales en otros discursos supremacistas.

“Nos estás cancelando”. No. Se confunde crítica con censura, invirtiendo los papeles de víctima y responsable. Que alguien cuestione públicamente lo que se ha dicho no equivale a silenciarlo. Hay que revisar, para empezar, la asimetría de poder respecto a visibilidad e impacto que existe aquí: entre una cuenta personal y la del podcast en cuestión. Particularmente sorprendente viniendo de un programa del que forma parte Lucía Lijtmaer, autora de Ofendiditos, un libro que cuestiona precisamente el uso de la supuesta ofensa como argumento para deslegitimar la crítica. Parece que la crítica es legítima sólo hasta que nos toca recibirla. Entonces pasa a ser “cancelación”.

“Nos has sacado de contexto”. El contexto de difusión lo ha decidido el equipo de producción del programa, conductoras incluidas, cuando eligieron recortar y publicar ese fragmento. Si existe algún contexto adicional que altera sustancialmente el significado de las palabras proferidas, tendría que ser explicado de antemano y no pretender que la responsabilidad de contextualizar lo que se decide difundir recaiga exclusivamente en quienes lo reciben.

“Estamos denunciando algo muy importante: Milei”. Perfecto. Pero la importancia de la denuncia no inmuniza a alguien frente a la posibilidad de cometer errores ni, mucho menos, frente a la crítica. Se puede denunciar legítimamente a Milei y, al mismo tiempo, reproducir prejuicios especistas y capacitistas. Una cosa no cancela (ahora sí) la otra.

“Estamos frontalmente en contra del sufrimiento animal”. Me alegra saberlo. Es la única posición razonable y, desde luego, respetable. Pero es una posición difícilmente compatible con burlarse de galgos ciegos y cojos. No basta con declarar que estamos en contra de una injusticia para luego reproducir los prejuicios que contribuyen a sostenerla. Esto debería resultar especialmente evidente para quienes se identifican con otras luchas contra la discriminación.

“Te estás colocando en una posición de superioridad moral”. Aquí hay una confusión muy habitual entre la superioridad moral de una persona y la superioridad moral de una posición. El antiespecismo es, efectivamente, una posición moralmente superior al especismo, del mismo modo que el feminismo lo es al machismo y el antirracismo al supremacismo blanco. Eso no significa que quienes defendemos estas posiciones nos atribuyamos superioridad moral como personas. Significa, simplemente, que las mejores razones están del lado de nuestra posición. Y, en cualquier caso, acusar a les demás de superioridad moral no refuta ninguno de sus argumentos.

“Tienes otras intenciones”. De nuevo, una maniobra de desacreditación personal. No hay ninguna evidencia de las supuestas motivaciones ocultas de la crítica y, aunque la hubiera, seguiría siendo irrelevante para determinar si los argumentos en cuestión son correctos. Se llama, de nuevo, ad hominem. No especialmente sofisticado.

“No das lugar al debate”. Ahí tenían las conductoras del programa y su equipo de producción 2200 caracteres disponibles para responder a los argumentos y simplemente han decidido no hacerlo. Acusar a la persona interlocutora de impedir el debate mientras se evita entrar en el fondo de la cuestión resulta, como mínimo, contradictorio.

Pero la cosa no terminó ahí.

Clasismo

Isa Calderón, una de las integrantes de Deforme Semanal, publicó posteriormente un comentario, que acabó borrando, en el que afirmaba que, de haber respondido personalmente, se habría dedicado a insultarnos, porque no debate con “gente analfabeta”. Terminaba pidiendo que dejáramos de seguirlas y de escuchar su programa porque “nos detesta”.

La ironía es extraordinaria. Llamar “analfabeta” a quien acaba de desmontar tus afirmaciones mediante argumentos lógicos y evidencia empírica, mientras reconoces abiertamente que tu alternativa al debate es el insulto, tiene algo, ahora sí, de involuntariamente cómico.

Pero hay algo más fundamental. Utilizar “analfabeta” como insulto reproduce un prejuicio profundamente clasista y, de nuevo, potencialmente capacitista: convertir las dificultades de acceso a la educación o a determinadas capacidades de lectoescritura en motivos de inferiorización y desprecio. El acceso a la alfabetización está atravesado por desigualdades estructurales, económicas y sociales, así como por barreras que afectan de manera desproporcionada a personas con determinadas discapacidades. La alfabetización no determina el valor moral de nadie, ni constituye una condición para merecer respeto o consideración.

Así que tenemos a alguien que, tras participar en un discurso que ridiculiza a animales con discapacidades, responde a una crítica antiespecista recurriendo a un insulto cargado de connotaciones clasistas y capacitistas. Todo ello desde un espacio supuestamente comprometido con la crítica de las estructuras de dominación. Curiosa forma de defender el diálogo por parte de quienes acababan de acusar a les demás de impedirlo. Y curiosa respuesta a una supuesta actitud de superioridad moral: declarar abiertamente que determinadas personas no merecen siquiera ser interlocutoras.

No debería haber ningún problema con el desacuerdo, ni siquiera con el que se expresa de forma contundente. Pero una cosa es la contundencia argumentativa y otra sustituir los argumentos por descalificaciones personales. Si queréis debatir, debatamos. Pero debatir implica responder a lo que se dice, no especular sobre las intenciones ajenas ni recurrir al insulto cuando se agotan las respuestas.

Los límites del progresismo y la resistencia a la crítica antiespecista

Y aquí llegamos a lo que me parece más relevante de todo este episodio. El problema no es simplemente que dos tertulianas hayan hecho comentarios reprobables sobre los demás animales y sobre quienes los defienden. El problema es la extraordinaria resistencia que sigue encontrando la crítica antiespecista, incluso entre personas y espacios que se presentan como progresistas, feministas y comprometidos con la justicia social.

Parece que podemos identificar sin demasiadas dificultades determinados mecanismos de discriminación cuando afectan a seres humanos, pero que esos mismos mecanismos dejan de parecernos problemáticos cuando sus víctimas pertenecen a otras especies. Y cuando esas contradicciones se hacen explícitas, en lugar de examinarlas, se recurre a la acusación de cancelación y a la descalificación personal de quien nos interpela.

Nada de esto es nuevo. Son mecanismos defensivos perfectamente reconocibles en la historia de otras luchas contra la discriminación. Y no, no se trata de exigir a la gente que sea moralmente intachable. Se trata de algo bastante más elemental: estar dispuestes a someter nuestras propias posiciones al mismo escrutinio crítico que aplicamos a las de les demás. Porque el compromiso con la justicia no consiste únicamente en denunciar las formas de opresión y discriminación que ya reconocemos. Consiste, sobre todo, en estar dispuestes a cuestionar aquellas en las que seguimos participando. Y eso incluye, por supuesto, el especismo.

Así que, ¿nos detestan? Bueno, el antiespecismo no necesita simpatía. Necesita personas socialmente implicadas, intelectualmente robustas y moralmente audaces. Características que, lamentablemente, han brillado por su ausencia en este episodio de Deforme Semanal.