La caldera de Bandama, un paisaje que revela la historia volcánica de Gran Canaria

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Desde arriba parece una enorme cicatriz abierta en el paisaje de Gran Canaria. En cambio, al descender por sus laderas, la escala cambia y aparecen otras capas de la historia de la isla: antiguos cultivos, construcciones abandonadas, vegetación adaptada al terreno volcánico y, escondido entre las paredes de toba, un legado arqueológico anterior a la llegada de los europeos. Nos encontramos en la caldera de Bandama...

Bandama está a unos 20 kilómetros de Las Palmas de Gran Canaria, pero la distancia geográfica dice poco sobre la transformación del paisaje. El acceso por la GC-802 conduce hasta un territorio protegido en el que el senderista debe permanecer dentro de los caminos autorizados. La línea 311 de Global ofrece también una alternativa de transporte público y deja al visitante prácticamente en el comienzo del itinerario.

La primera impresión la domina el tamaño. La caldera alcanza un diámetro máximo de 927 metros y presenta desniveles medios de 270 metros. Su perfil ligeramente elíptico es la huella visible de una actividad volcánica que contribuyó a modelar esta región de Gran Canaria. Las últimas erupciones se sitúan entre el año 47 a. C. y el año 123 d. C., según diferentes estudios científicos, pero Bandama no es únicamente geología.

Descender la caldera cambia la perspectiva

Uno de los grandes alicientes de esta zona es visitar la caldera... descendiendo hasta su interior. La ruta comienza alrededor de los 450 metros de altitud. Desde las inmediaciones de la pequeña ermita del caserío, el sendero se interna entre muros de piedra volcánica y pronto abandona el aspecto más urbano del entorno. El pavimento da paso al picón y la caminata adquiere otro carácter.

El terreno obliga a mirar dónde se pisa. Algunos tramos son resbaladizos y la pendiente se hace notar. Después de aproximadamente 20 minutos aparece Las Piedras, un cruce marcado por grandes bloques de roca. Desde allí, el recorrido penetra en una zona en la que el paisaje parece menos monumental y más doméstico. Es uno de los rasgos que hacen singular a Bandama. En el fondo de la caldera sobrevive el testimonio de la actividad humana que, durante generaciones, estuvo vinculado a la agricultura. La Era de Victoriano, los restos de las Casas de El Fondo y un antiguo lagar recuerdan que este espacio no fue siempre un simple escenario natural que admirar. También aparecen referencias a la Casa de Agustinito y a otras construcciones que han quedado integradas en el itinerario.

El camino continúa entre acebuches, retama blanca y orobales. En las cuevas de Las Bodegas, las cavidades abiertas en la roca le dan un toque completamente diferente al recorrido. Después llega el estanque de El Culatón, situado en una de las zonas más recogidas del fondo de la caldera y rodeado por una vegetación que contrasta con la apariencia áspera del picón.

El regreso exige cambiar el ritmo. Aproximadamente 1.000 metros concentran una subida de unos 200 metros de desnivel. Aquí el paisaje deja de ser solamente algo que contemplar y se convierte en una cuestión física: cada metro ganado devuelve progresivamente al caminante hacia el borde superior de la caldera.

Dos maneras de conocer una misma caldera

Sin embargo, no todos los visitantes necesitan recorrer Bandama de la misma manera. El itinerario que recorre el de la caldera borde resulta más accesible y permite hacerse una idea de las dimensiones del cráter sin afrontar el desnivel del recorrido interior. La ruta que desciende hasta el fondo exige una mayor preparación, ya que alcanza aproximadamente 6,3 kilómetros de recorrido, presenta tramos técnicos y pendientes que pueden superar el 18%, y una duración estimada de entre 3 y 4 horas.

Pero, la diferencia no es solamente física... En realidad son dos formas distintas de observar el mismo paisaje. Desde la cresta, Bandama aparece como una gigantesca estructura volcánica integrada en el entorno de Gran Canaria. Desde el fondo, la atención se desplaza hacia las paredes, la vegetación, las antiguas construcciones, las cuevas y los caminos que conectan unas huellas con otras. Y esa es quizá la verdadera particularidad del lugar. La Caldera no conserva una sola historia, sino varias superpuestas. La erupción dejó el relieve, los aborígenes ocuparon sus cavidades, generaciones posteriores cultivaron la tierra y elaboraron vino, los vecinos transformaron una bodega en ermita y, hoy en día, los senderistas recorren aquellos mismos desniveles siguiendo una red de caminos protegida.

Por ello, para aquellos no quieran, o no se sientan preparados para afrontar el descenso, pueden conocer Bandama siguiendo el perímetro de la caldera. Es un recorrido de aproximadamente tres kilómetros que permite observar desde distintas perspectivas tanto el interior como el paisaje exterior.

El sendero discurre por terreno volcánico y zonas sometidas a erosión. En determinados puntos el picón puede resultar inestable y algunos sectores del borde generan sensación de vértigo. La ruta puede completarse aproximadamente en algo más de una hora, dependiendo del ritmo y de las condiciones del terreno.

A medida que avanza el recorrido aparecen escenarios muy distintos. En un tramo se divisa una cancha de tenis abandonada y, más adelante, el entorno del campo de golf. Después, el camino conduce hacia la Degollada de la Cañada de La Mina, situada a 388 metros de altitud.

Desde esa posición, Bandama deja de ser un espacio aislado. El horizonte incorpora Marzagán, Jinámar y el barranco de Las Goteras. Más adelante aparece la Degollada de la Hoya de la Cucharilla, a 385 metros, antes de alcanzar la zona de la Degollada de Don Benito y conectar finalmente con la carretera que asciende hacia el pico de Bandama.

La montaña funciona como un mirador natural de Gran Canaria. Desde las cotas superiores pueden contemplarse sectores de Telde, Santa Brígida y Las Palmas de Gran Canaria.

Antes del volcán hubo otras historias

La dimensión arqueológica es quizá la parte menos visible de Bandama y, precisamente por eso, una de las más reveladoras.

En el interior se localizan distintos enclaves, entre ellos la cueva del Moro, la cueva Piedra del Horno, la Era del Alpendre y la Era del Acebuche. Sin embargo, destaca la cueva de Los Canarios, un yacimiento de acceso difícil y sometido a restricciones de uso.

El conjunto conserva evidencias de ocupación aborigen. La cavidad fue utilizada como espacio de almacenamiento y vivienda, con silos, cazoletas, canales y grabados rupestres excavados o aprovechados en la toba volcánica.

La existencia de este enclave obliga a leer Bandama de otra manera. Bajo la imagen del gran cráter turístico hay un territorio que fue trabajado y habitado mucho antes de convertirse en destino senderista.

De bodega a ermita

Por otro lado, es importante destacar que la historia reciente tampoco ha desaparecido por completo del paisaje. Junto al acceso al sendero se encuentra la pequeña ermita de Casas de La Caldera. Su origen está en una antigua bodega transformada en templo alrededor de 1961 bajo la advocación del Sagrado Corazón de Jesús. La iniciativa respondió a una necesidad muy concreta de los habitantes del caserío de Bandama: disponer de un lugar de culto cercano sin tener que desplazarse hasta la iglesia de El Monte. La antigua construcción fue adaptada con la colaboración de vecinos y familiares, y el pequeño oratorio incorporó imágenes del Sagrado Corazón de Jesús, Nuestra Señora del Carmen y un Cristo. Hoy el edificio pertenece al Obispado de Canarias.

Es un detalle aparentemente menor frente a la magnitud de la caldera, pero resume bien la historia del lugar: Bandama nunca ha sido solamente un accidente geológico.

El legado de un comerciante flamenco

Incluso el nombre del volcán conecta el paisaje con una época de la historia insular. Bandama se relaciona con Daniel Van Damme, comerciante flamenco que en el siglo XVI adquirió terrenos en la zona para dedicarlos al cultivo de la vid.

La presencia de la viticultura ayuda a entender parte del paisaje cultural que rodea actualmente la caldera. Bodegas, antiguas instalaciones agrícolas y terrenos de cultivo forman parte de una tradición que sobrevivió al cambio de uso en el territorio.

Por eso, una visita a Bandama puede terminar lejos de la lógica estrictamente montañera. En los alrededores todavía existen establecimientos vinculados a la gastronomía y al vino de la tierra, una continuidad cultural que permite enlazar el pasado agrícola con la actividad turística contemporánea.