Nada está escrito

La emergencia sanitaria provocada por la expansión de un patógeno particularmente infectivo, actuando en escenarios muy castigados, con alto riesgo de deterioro y disolución, está afectando a poblaciones humanas con susceptibilidades estructurales muy diferentes y con estados de salud enormemente desiguales. Mientras que, con distintos grados de acierto, los países ricos han controlado parcialmente la difusión de la pandemia –en buena medida, dejando en primera línea a la población más vulnerable, ya sea por edad, clase o patología previa mal atendida– y están en condiciones de enfrentarse a sus consecuencias, la COVID-19 se extiende por los países pobres, alcanzando a sociedades con sistemas sanitarios muy frágiles, cuyos componentes sobreviven en condiciones de nutrición y salud extremadamente precarias. Por ello es previsible que, en su caso, la contención pueda no ser suficientemente efectiva, produciendo daños mucho mayores y convirtiéndose en una amenaza añadida, en el sentido de permitir una expansión global de proporciones superiores. Lo cual implica que las aproximaciones exclusivamente regionales pueden ser incapaces de enfrentarse con posibilidades de éxito a problemas como el actual, aceptando que se trata de patologías de ámbito planetario.

El hecho de que el foco esté, en este momento, en una pandemia viral no debería hacernos olvidar que no se trata de un fenómeno aislado, sino de una consecuencia más del deterioro medioambiental, la destrucción de los espacios naturales, la extinción de especies y el aumento de la desigualdad entre los seres humanos. Por ello, a la hora de buscar soluciones y diseñar planes de reconstrucción eficaces, sostenibles y viables, deberíamos incorporar a nuestra estrategia la distinción creativa entre lo simple y lo complejo, que necesariamente tiene que ser integradora y complementaria, ya que se trata de dos componentes de la realidad y dos niveles de organización que se relacionan mediante mecanismos y procesos singulares, aún insuficientemente conocidos. La Tierra ya no puede ser considerada, de manera simplista, como una suma de prados vallados, ni un conjunto de elementos –ya sean partículas, moléculas, entidades biológicas o colectivos sociales– cuyas interacciones están sujetas a leyes inmutables. Nuestra visión del origen, la historia y el futuro del planeta estuvo dominada por las directrices del modelo determinista, del que formaban parte el carácter universal de la capacidad explicativa de la gravitación, la aceptación de la simplicidad inherente al mundo microscópico, y la predictibilidad de la dirección y el sentido del destino. Desde el ámbito de la física, la incorporación de la incertidumbre y la irreversibilidad significaron un cambio de época y de paradigma, si bien esa visión no se ha incorporado suficientemente a otros campos del conocimiento, lo que incluye a la organización de la materia viva.

En este sentido, uno de los hallazgos más importantes y sugestivos de la ciencia, desde la física de partículas a la ecología, es que la alternativa determinista no es una consecuencia inevitable, especialmente en los sistemas alejados del equilibrio y en las situaciones de crisis. Por eso, en cualquier análisis, el dilema entre lo cuantitativo y lo cualitativo no puede resolverse a través de su confrontación, sino de su integración. La introducción de esta idea en el ámbito de la política y la acción social, implica comprender que el futuro no es una meta final preestablecida, rígidamente determinada por sus coordenadas iniciales, y absolutamente predecible a partir de leyes y modelos existentes. Como afirmara, con la contundencia del visionario, el personaje interpretado por Peter O’Toole en Lawrence de Arabia, «nada está escrito»; ni en los libros sagrados ni en los dogmas intocables. Por el contrario, en la naturaleza todo está sujeto al diálogo entre el azar y la necesidad, aunque no conozcamos las condiciones en que se produce dicho diálogo, ni si otras voces, por el momento invisibles, participan en su desarrollo. Lo que suceda mañana, por lo tanto, será la consecuencia de lo que hagamos hoy, y eso afecta tanto a las relaciones sociales, la organización del sistema democrático, los modelos económicos o las interacciones con la naturaleza, como a la promoción y el mantenimiento de la salud. En cualquier caso, sería mejor no esperar demasiado para actuar, porque es posible que a la especie a la que pertenecemos no le quede mucho tiempo. Al menos, en condiciones de vida compatibles con algún indicio de felicidad.

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16 de junio de 2020 - 13:22 h

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