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Cooperación frente a confrontación

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Un grupo de investigación español acaba de publicar un elegante estudio en la revista Science Advances, donde se pone en evidencia un eficaz mecanismo por el que las células regulan el tráfico de importantes moléculas entre sus compartimentos internos y su distribución en ubicaciones específicas. Más allá de la importancia del hallazgo biológico y de su impacto en el conocimiento de las bases de la salud y de sus alteraciones en el desarrollo de la enfermedad, el trabajo del grupo liderado por Manuel Muñiz en la Universidad de Sevilla y en su Instituto de Biomedicina –con la participación de las universidades de Hiroshima, Ginebra y Friburgo– constituye un magnífico ejemplo del efecto de la colaboración en los avances científicos. En este caso, como resultado de la interacción entre los conocimientos en la frontera de la biología, la identificación de las preguntas adecuadas en torno al funcionamiento celular, y la disponibilidad de un potente microscopio capaz de analizar lo que sucede en espacios extremadamente reducidos del interior celular, casi en el mundo de lo invisible y en escalas temporales de ínfima duración.

La comparación entre las consecuencias de la cooperación frente a la confrontación, dos posiciones antagónicas habituales en las manifestaciones de la actividad humana, debería servir como experiencia iluminadora en los espectáculos que se desarrollan en el espacio público. Ello es especialmente necesario en situaciones de emergencia –como una pandemia imparable, una nevada inesperada o una catástrofe universal–, donde todos los esfuerzos para enfrentarse a la tragedia deberían ejercerse en la misma dirección. Si resulta asombrosa la capacidad de una pequeña célula para dar las instrucciones adecuadas a sus unidades de servicios, con objeto de que miles de moléculas se sitúen ordenadamente en los lugares precisos donde deben llevar a cabo sus funciones, y lo hagan a través del diálogo entre especies diferentes, también lo es el fenómeno opuesto en niveles superiores de organización. Porque, mientras que la diferencia entre el poder de computación de una célula y el cerebro de la especie más avanzada que pisa el planeta tiene dimensiones abismales, los seres humanos han descubierto la competición como el instrumento que les proporciona más satisfacción al incorporar un componente erótico irresistible. 

Es posible que se trate de la maldición cainita que induce a tirar de los dos extremos de una soga para impedir que se mueva en cualquier dirección. Si la «alegre algarabía» de la confrontación política fue elogiada recientemente en contraposición al «silencio del laboratorio», tal vez debería recordarse que la ausencia de griterío no es equivalente a la falta de diálogo, y que continuar manteniendo divisiones categóricas entre las diferentes caras del conocimiento, independientemente de la orilla desde la que se practique, contribuye a la fragmentación de los saberes y provoca desconfianza entre ellos. Al fin y al cabo, la ocupación del escenario político por la polarización partidista es la manifestación del fracaso de la especie en el uso de sus capacidades intelectuales, en una suerte de influencia recíproca bajo la insoportable sombra de los cálculos electorales. El resultado, de consecuencias tan imprevisibles como inquietantes, es la conversión de los espacios de debate en cuadrilateros donde los representantes de los clubs políticos y culturales se golpean dialécticamente con marrullería, aparentemente felices y orgullosos de hacerlo, mientras a su alrededor llueven los misiles.

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