El beneficio electoral de la mentira
En política, como en la vida, nada es casual. Tampoco lo es la mentira. Pensar que los bulos, las teorías conspirativas o las fake news son simples excesos del debate público es una forma cómoda de no entender lo que está pasando. Cuando algo se repite, se perfecciona y, sobre todo, da resultados, deja de ser un error y se convierte en estrategia.
Y la mentira, a día de hoy, es una estrategia electoral rentable que, por desgracia, está muy extendida entre nuestras democracias.
Esta no es una afirmación moral, es una constatación empírica: la desinformación circula más rápido que la información verificada. Un estudio del MIT demostró hace años que las noticias falsas se difunden más rápido y llegan a más gente que las verdaderas, precisamente, porque apelan a la emoción y a lo inesperado. No triunfan por ser rigurosas, sino por ser impactantes. Y en un ecosistema donde la atención es el bien más escaso, lo impactante tiene ventaja, mucha ventaja.
Si a esta situación le sumamos que las redes sociales se han convertido en una de las principales vías de acceso a la información, el cóctel está servido. En España, según el Digital News Report del Reuters Institute, alrededor del 40% de los menores de 35 años utiliza las redes sociales como una de sus principales fuentes para informarse.
Por un lado, está el tema de que los contenidos políticos aparecen sin buscarlos, porque se cuelan en el scroll, en el para tí, ese contenido “me lo encontre” El contenido político empieza a diluirse con el resto de contenido en la medida en que gana alcance.
Y, por otro lado, el hecho de que los usuarios (en su mayoría la gente joven) utilizan redes sociales como TikTok o IG como buscador cuando quieren informarse sobre cuestiones políticas. Es decir, cuando antes queríamos saber algo sobre una personalidad política googleabamos su nombre, ahora si quiero saber quién es Rufian, pondré su nombre en el buscador de TikTok y me haré una idea de quién es por los vídeos que hay publicados con su nombre, por los clips y los contenidos que ha generado él, por las intervenciones suyas que se hayan hecho virales o por lo que dicen determinados “influencers” sobre él
Ese “me lo encontré” es una de las claves. Porque cuando la información te asalta mientras miras vídeos, memes o fotos de amigos, la predisposición a contrastar baja. No estás leyendo el BOE, ni un periódico ‘de verdad’, ni estás en un contexto más académico o profesional, estás pasando el rato. Y ahí, en ese contexto de consumo rápido, emocional y relajado, la mentira juega con ventaja porque nos pilla con la guardia baja.
Pero hay algo más incómodo todavía: no es solo que haya más bulos; es que los contrastamos menos. No porque la gente sea incapaz de distinguir la verdad de la mentira, que también, sino porque muchas veces no se detienen a hacerlo, de hecho me atrevería a decir que a ni pensarlo.
Diversos estudios sobre comportamiento digital muestran que una parte importante de la desinformación se comparte sin que quien la difunde haya reflexionado sobre su veracidad. No es necesariamente mala fe, es impulso, y el impulso, en redes, es parte de la estrategia. (Pero bueno, que de mala fe tampoco vamos escasos.)
Otros de los factores que alimentan este monstruo es que las plataformas digitales están pensadas para reaccionar, no para verificar; para compartir, no para cuestionar. Y el político o la política que entiende esto que está entendiendo esto es quien está adaptando a su mensaje a esa lógica y la que está sacando más provecho. Mensajes simples, emocionales, identitarios. Relatos donde siempre hay un culpable claro y una amenaza inminente, donde el “nosotros” está en peligro y el “ellos” conspira. ¿Os suena? Seguro que sí.
En España lo hemos visto en los últimos años con la proliferación de narrativas sobre “pucherazos”, “agendas ocultas”, “invasiones”, “traiciones” o supuestos planes secretos que, una y otra vez, han sido desmontados por verificadores y por el propio transcurrir del tiempo. Pero el desmentido rara vez viaja tan lejos como el bulo, de hecho, prácticamente nunca. Y mientras tanto, la sospecha ya ha hecho su trabajo. Como se dice, el daño ya está hecho.
Aquí conviene desmontar una ingenuidad: la mentira no busca convencer a todo el mundo. Le basta con activar a los propios, reforzar identidades y aumentar la movilización. Si logra instalar un marco mental, aunque sea falso, ya ha ganado parte de la batalla. Porque las elecciones no se deciden sólo por quién tiene razón, sino por quién consigue movilizar más. De hecho, me atrevería a decir que, ¿para qué vale tener la razón en política? ¿A quién le importa más que al ego de la persona que la tiene?
La investigación comparada empieza a señalar, además, que no todos los espacios políticos utilizan la desinformación con la misma intensidad. Un artículo en The International Journal of Press/Politics que analizó 32 millones de tuits de 8.198 parlamentarios en 26 países (2017–2022), cruzándolos con una base de 646.058 URLs evaluadas por verificadores, concluye que el populismo de derecha radical es el predictor más fuerte de difusión de desinformación, por encima de otras variables partidistas. Eso no significa que la mentira tenga carnet de partido, significa que hay estrategias que la incorporan de forma más sistemática.
Y aquí está el verdadero problema democrático: cuando mentir sale a cuenta, mentir se convierte en inversión, mentir se convierte en tendencia.
Si una afirmación falsa te garantiza minutos en prime time, miles de interacciones y una comunidad movilizada, el incentivo está claro, la trampa cumple su función. El coste reputacional es bajo, porque el ecosistema polarizado permite refugiarse en la propia burbuja y a día de hoy la ética no está en sus cuotas más altas de popularidad. En cambio, a su vez, el beneficio electoral está siendo alto, muy alto en algunos casos.
Mientras tanto, el ciudadano medio navega entre titulares cruzados, vídeos cortos y mensajes reenviados de WhatsApp. Según los datos del Reuters Institute para España, la confianza en las noticias lleva años tensionada y una parte creciente de la población reconoce sentirse saturada o evitar activamente la información política. Además a esto hay que sumarle que cuando la mentira “encaja” con tu bando, es más fácil tragarla, y si encima te llega por tu red (amigos, grupos, cuentas afines), se vuelve socialmente costoso cuestionarla.
La consecuencia es peligrosa pero silenciosa: se erosiona la idea misma de verdad compartida. Y sin un mínimo de hechos comunes, la deliberación democrática se convierte en una competición de relatos irreconciliables.
Y en este análisis, que quede claro, no se trata de idealizar el pasado, no seamos cínicos, la mentira siempre ha existido en política. La diferencia es que ahora tiene un altavoz permanente, una segmentación milimétrica y unos algoritmos que la impulsan. Es más barata, más rápida y más difícil de frenar.
Por eso el debate no puede quedarse en señalar al bulo concreto de turno. El problema es estructural. Tiene que ver con cómo nos informamos, cómo consumimos contenido y cómo los partidos entienden que la indignación moviliza más que la gestión.
La pregunta incómoda es otra: ¿qué hacemos cuando la mentira vota?
Porque mientras el sistema premie el impacto por encima de la veracidad, siempre habrá quien esté dispuesto a exagerar, manipular o directamente inventar. El sistema no penaliza a quien miente a sabiendas, ni en redes ni en la vida real.Y mientras nosotros compartamos sin detenernos un segundo a pensar si aquello es cierto, estaremos colaborando, a veces sin querer, en esa rentabilidad.
La democracia no se rompe de un día para otro, se desgasta. Se resiente cuando la emoción sustituye al dato y cuando la identidad pesa más que la evidencia. Y ese desgaste no es solo responsabilidad de quienes fabrican el bulo, también interpela a quienes lo consumimos sin filtro.
En política, como en la vida, las cosas importantes requieren tiempo. Pensar, contrastar, dudar son justo lo contrario de lo que nos piden el scroll y los algoritmos, además de quienes los utilizan de manera maliciosa.
La mentira también vota y está disparada en el mercado de valores electoral.
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