La prórroga de los alquileres, un doloroso simulacro
Dice la sabiduría popular que no hay nada más eficaz para valorar lo que tienes que perderlo. Es ahí –cuando te dicen “no eres tú, soy yo”, cuando el análisis de sangre tiene asteriscos o se decide que eres “redundante” en tu empresa– cuando eres capaz de analizar con claridad que lo malo no era tan malo. Puede que incluso te sobrevenga la desesperación de querer recuperar a toda costa lo que te parecía aburrido y accesorio, ahora que ya no te pertenece.
El decreto que permitió a más de un millón de inquilinos abrazar la esperanza de que les subieran el alquiler hasta el 2% como máximo (frente a subidas especulativas de más de dos cifras) ha durado 30 días. Y ha dejado en el aire una pregunta. ¿Cómo sería si fuera fácil encontrar casa y poder pagarla? ¿Cómo sería vivir cerca del trabajo o sin compartir salón, cocina y baño? ¿Cómo sería poder tener hijos cuando quiero? Por eso, este 'simulacro' de un mes que hemos vivido es un acto político por el que hay que aplaudir el empeño de Sumar.
Cuando una orquesta toca la nota final, el silencio que le sucede da sentido a lo anterior, porque la ausencia de sonido deja el hueco necesario para revalorizar lo que vibró antes. La derogación del decreto ha dejado un silencio demoledor y ha revalorizado la urgente necesidad de hacer algo con la emergencia que vivimos. También ha puesto en evidencia que, si se quiere, se puede hacer algo. Algo que ya no se podrá seguir haciendo gracias a la connivencia cruel de PP, Vox y Junts –que se ve que no cuentan entre su electorado con inquilinos ahogados–. Entre los españoles y los extranjeros, “prioridad nacional”. Entre acomodados y la mayoría de españoles, “prioridad privilegiada”.
Los efectos de este ensayo legislativo, en el que se interviene el mercado aunque sea con una sola e insuficiente palanca, van a ser farragosos. Los juristas mantienen que no se pueden anular sus efectos, así que las prórrogas solicitadas el mes pasado deberían hacerse efectivas. No va a ser fácil, y ahora nos enfrentaremos a peleas entre caseros e inquilinos. Para quien tenga dinero, tiempo o departamento legal, habrá judicialización de casos.
La realidad es que España puede topar los precios del alquiler porque existe una Ley de Vivienda que lo permite a las comunidades autónomas. El dilema de “intervenir el mercado”, que decía Pedro Sánchez, líder de un partido que lo ha hecho aunque arrastrado por Podemos o Sumar.
El PP, directamente, no quiere hacerlo posible allá donde gobierna, usando de parapeto a ese ubicuo jubilado que completa su pensión o con la excusa de que la medida agravará el problema (si es que eso es posible) porque supondrá la retirada de casas del mercado. No olvidemos que en el tope de precios, ya muy altos, el casero no pierde, sino que gana un poco menos. No olvidemos, sobre todo, que quienes sufren son mayoría y deben ser antepuestos. El freno a la especulación y el derecho a la vivienda no es hippie ni de izquierdas, está en el artículo 47 de la Constitución e incluye enfriar el mercado si es necesario.
En materia de vivienda hay que construir mucho, también mucha VPO, y tapar los agujeros por los que la especulación ha encontrado negocio, como los alquileres temporales y de habitaciones. Topar precios no es el remedio absoluto, obviamente, pero es una palanca inmediata hasta que llegue ese maná de ladrillos que se cortó de cuajo tras la burbuja inmobiliaria. No hacer nada porque no se puede hacer todo es la excusa perfecta de quien busca no molestar a los fondos de inversión y las clases extractivas, es decir el PP, Vox y Junts, según lo votado este martes en el Congreso de los Diputados.
Esto no es un show televisivo, ni un juego de aritméticas, ni un duelo entre facciones del gobierno ni una calculadora de votos a futuro. Es la vida real, que pide paso con sus urgencias básicas y grita “haced algo ya, coño”.
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