La historia: oyendo, leyendo
La Inteligencia Artificial nos come el terreno, también en el audio y el podcast. Según un estudio reciente de la plataforma de audio francesa Deezer, que conozco a través de la excelente newsletter de Audiogen, el 44% de las canciones que se suben a esa plataforma son generadas por IA. También en el terreno del podcast, los creados por humanos empiezan a ser minoría frente a los generados mediante algoritmos. Eso sí, en cuanto al consumo, tan sólo el 3% corresponde a la oferta sintética, lo que es indicativo de que los oyentes discriminan muy claramente cuando el contenido está realizado por personas. Frente al automatismo en voces, guiones y edición que inunda con sobreoferta el panorama, la gente pide artesanía y contenido natural, que incluso con todas sus imperfecciones nos permite reconocernos en la humanidad de sus relatos.
Es decir, frente a la tecnología desmedida, cabe oponerse con la subjetividad, con la buena narración, con el periodismo: vamos, con las historias bien contadas de toda la vida. Con esas actividades tan humanas en las que las máquinas aún no nos hacen sombra. Y de periodismo –del de siempre– quiero hablarles ahora: del que se advierte claramente en todos y cada uno de los capítulos del serial radiofónico La provincia 53. El podcast se enmarca dentro de la larga lista de grandes programas que ha lanzado últimamente Onda Cero –la sección de audio de Atresmedia–, y está narrado por Carlos Alsina, y escrito y dirigido por Jorge Abad.
En el 50 aniversario de la Marcha Verde –negra para los saharauis– este podcast cuenta de forma exhaustiva y bien documentada un pasado colonial español reciente, muy reciente, tanto que sus consecuencias directas se extienden hasta la actualidad. A través de voces expertas y testimonios directos, se habla de la última colonia, el Sáhara Occidental, recorriendo casi 100 años de presencia española: desde la curiosidad inicial en un territorio ignoto e inexplorado; el descubrimiento de las valiosísimas minas de fosfatos; el nacimiento del Frente Polisario, o la oportunidad de Marruecos para elegir el momento en que realizar esa Marcha pretendidamente pacífica pero apoyada por los militares, que aprovechó la inestabilidad española en las últimas semanas de vida de Franco. Los orígenes del Dictador además son compartidos claramente con los de los militares denominados “africanistas” que enseguida comentaré más ampliamente.
La provincia 53 cuenta esa parte apasionante de nuestra historia, y creo que no suficientemente conocida. Sí que sabía detalles como que los saharauis tenían la ciudadanía española y derecho a un DNI idéntico al nuestro, pero no por ejemplo que en el Sáhara se respetaban absolutamente la religión y las costumbres de este territorio desértico equivalente a la mitad de la superficie peninsular. Se trataba de una colonia disfrazada de provincia –de ahí el nombre del podcast– e incluso con procuradores en las Cortes franquistas; pero en esa España africana se toleraba el divorcio, se enseñaba el Corán en las escuelas e incluso la esclavitud era respetada como un rasgo de idiosincrasia en pleno siglo XX. La silenciada guerra de Ifni, donde tantos soldados españoles cayeron, o los sangrientos atentados a los pescadores canarios en los años 70 y 80, también aparecen narrados en un relato apasionante, bien contado de manera prolija y con los testimonios adecuados. Dentro de la estrategia llevada a cabo en los últimos años de la dictadura para conservar la colonia, me llama mucho la atención el despliegue de recursos mediáticos para montar medios de comunicación propios, como Radio Sáhara, o un periódico diario con noticias en español y en el dialecto beduino, el hasaní.
La compleja cuestión colonial y la llamativa y sangrienta presencia en el norte de África es algo que marca la política española de finales del siglo XIX y de casi todo el XX. Sin las guerras del Rif y las continuas escaramuzas a las que tuvieron que enfrentarse los militares para mantener un precario poder y predominio en Marruecos, no se entendería la evolución española de ese tiempo. Por ejemplo, sin esas circunstancias castrenses previas, la Guerra Civil hubiera sido otra. No en vano, la insurrección militar empezó en África un día antes que en la península; y si Franco se convirtió en el general más joven de Europa, fue gracias a su carrera de armas en los sucesivos y continuos enfrentamientos con los moros. Esos moros que integrados más tarde en el ejército regular español, tuvieron también un papel protagonista en los sucesos más crueles y sangrientos llevados a cabo por las tropas llamadas nacionales. De todo eso por cierto habla el último libro de Lorenzo Silva, Con Nadie. Cogiendo como excusa la biografía del general Miguel Campins, fusilado por las tropas fascistas por no secundar–al menos inicialmente– la rebelión de los fascistas en la Comandancia de Granada. También Campins entraba claramente en esa categoría de militares africanistas, que conocían a fondo la cultura tribal de los locales rifeños e incluso hablaban su lengua, y a los que la guerra –aunque con muchos sacrificios– sirvió para hacer carreras militares fulgurantes. El libro narra muy bien toda esa peripecia violenta y extrema, que marcó el final de la larga etapa colonial del que se conoció como Imperio Español.
Quiero hablarles ahora de otro libro muy distinto, pero que también retrata el paisaje de fondo en torno a los últimos años coloniales, en este caso de Francia y su presencia en Argelia. Sólo un día más cuenta el romance clandestino entre el escritor Albert Camus y la actriz española María Casares. Camus era un Pied-noir, un argelino de origen francés, y muy humilde. Su infancia en Argel y esa cultura de amalgama situada en el medio de dos mundos tan distintos, lo marcó durante toda su vida y en toda su obra. Camus, también español por parte de madre cuyos orígenes estaban en Menorca, fue criticado por muchas cosas: una de ellas su tibieza respecto a los movimientos independentistas de Argelia en frente de la metrópoli francesa. El autor de El extranjero y La peste siempre defendió la integración, la cultura mixta, la riqueza que da la yuxtaposición y la mezcla de credos y costumbres. “Entre la justicia y mi madre, elijo a mi madre” dijo, y hay quien no se lo perdonó. Por cierto que también mis padres fueron pieds-noir: vivieron tres años en Gardaya, en medio del desierto del Sáhara, donde emigraron huyendo de la miseria de la postguerra. Y tuvieron que salir pitando –con grave riesgo para su vida– en 1960, cuando los atentados contra los extranjeros eran continuos. Mi hermano aún recuerda y cuenta –tenía tan sólo tres años– que en el viaje en coche de vuelta a casa, veían el resplandor de las explosiones en el horizonte.
Ya ven, historia de España, siempre. Revelada mediante podcasts, o novelas. El caso es conocernos mejor, lo que pasó, el cuándo, el por qué… esas eternas preguntas. Oyendo, o leyendo. Tanto da.
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