El papel de los bibliotecarios ante el Día Internacional de la Biblioteca

Biblioteca Pública Municipal de La Orotava (Tenerife). (Fotografía: Francisco Javier León Álvarez)

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Hoy escribo con sentimiento de causa desde mi puesto en la Biblioteca Pública Municipal de La Orotava (Tenerife, Canarias) y en relación al Día Internacional de la Biblioteca (24 de octubre). Probablemente, sé que habrá compañeros de profesión y ciudadanos que no compartan mi punto de vista por mi actitud crítica, pero, ahora mismo, expreso lo que siento y con lo que me identifico.

Aunque no lo parezca, dentro de algo más de tres meses se cumplirá el aniversario del primer caso de la COVID-19 en España. Por eso, mi intención es utilizar esta efeméride para lanzar un mensaje positivo, basado en la experiencia de quienes trabajamos en este sector profesional, aunque con realidades distintas, en función de cómo ha golpeado ese virus a cada municipio del país. Evidentemente, también se basa en la convivencia diaria con los usuarios y en sus demandas y planteamientos, que hacen más llevadera esta situación con el fin de avanzar y disfrutar de los servicios bibliotecarios.

En primer lugar, quiero agradecer a todos los que, durante estos últimos meses, han seguido confiando en el trabajo que hacemos en las bibliotecas públicas, a pesar de que muchas veces estamos limitados dentro de la heterogeneidad del sistema bibliotecario español, pero seguimos con el mismo espíritu de cumplir los principios básicos de acceso a la cultura en todas ellas.

A título personal, me reincorporé a mi puesto de trabajo tras el obligado confinamiento, utilizando guantes y mascarilla como medio de protección porque yo también era otro de los millones de españoles que, por primera vez, convivía con una pandemia de estas características y sin saber cómo evolucionaría, pese a que en Canarias no había golpeado tan duramente como en la Península. 

Volví, pero rodeado de un silencio sepulcral, de desconfianzas y ausencias, a la expectativa del rumbo que tomaría todo, aunque reafirmándome en un pensamiento que determina desde hace muchos años mi forma de entender una biblioteca y la vida en sí misma. No importa la cantidad de libros que tenga cada centro o si unos son más antiguos o más valiosos que otros; tampoco las medallitas que nos colguemos, creyéndonos dioses detrás de las redes sociales y del mundo virtual, aun cuando amplíen nuestro radio de acción con la ciudadanía. Ni siquiera que estén más horas abiertos al público y que realicen actividades diversas para introducir el ruido cultural en ellos. En realidad, solo importa una cosa: las personas, el verdadero motor de la existencia de estos espacios, sin los cuales serían sinónimo de un simple almacén de documentos, con lo cual su dinámica no se diferenciaría nada de la efectuada por muchas empresas ubicadas en polígonos industriales.

Durante meses, los políticos de las distintas formaciones han mantenido una dialéctica sobre los efectos de la COVID-19 en la economía, sobre todo por la planificación del recurso temporal de los ERTE como válvula provisional de su sostenimiento. Los distintos medios de comunicación, posicionados ideológicamente en función de sus intereses, también han contribuido a defender sus posturas en ese marco coyuntural, presentando, con mayor o menor veracidad, el terreno socioeconómico de crisis en el que ya estamos inmersos. En este contexto, ninguno de esos medios ha analizado las repercusiones de este virus en la dinámica diaria que mantenían las bibliotecas hasta entonces porque para ellos, como para esos políticos, las bibliotecas no son fuente de riqueza monetaria y, por tanto, no tienen mucho que aportar a la sociedad.  

Los trabajadores de las bibliotecas somos agentes sociales y conocemos mejor que nadie los avances y los retrocesos que se producen en nuestras respetivas comunidades, pero a ese papel se le ha sumado cómo afrontar una situación de estas características, que es novedosa y muy complicada porque está en jugo la vida de las personas. 

Para ello, hemos desarrollado protocolos, que han incrementado y garantizan el cumplimiento de la seguridad y la higiene dentro de las bibliotecas frente a la COVID-19, que requieren además del compromiso directo de sus usuarios para su correcta ejecución, tal y como se está haciendo hasta estos momentos. Frente a las actitudes irracionales que se desarrollan a lo largo del país, las bibliotecas constituyen uno de los ejemplos característicos donde la coexistencia se lleva a cabo cumpliendo las normas sanitarias impuestas para garantizar su protección y la de los trabajadores, así como la continuidad de sus servicios esenciales. Nosotros lo sabemos, pero este mensaje se debería difundir por parte de los distintos poderes para  demostrar de lo que somos capaces y de cómo podemos avanzar con paso firme.

En relación a dichos servicios, es verdad que muchos se han suspendido provisionalmente, así como la movilidad libre dentro de las instalaciones, pero el resto mantienen la misma calidad y eficacia que antes de la llegada del virus. Por eso, queremos que todos los usuarios comprendan que el personal bibliotecario es consciente de su responsabilidad a la hora de afrontar los preceptos sanitarios que se han elaborado para este fin y necesitamos que su colaboración continúe para que la máquina no se detenga. 

Aun así, no basta con dar este paso. Lo que en su momento se denominó como "nueva normalidad", que no era más que la denominación formal de la convivencia con ese virus, ha demostrado que es posible seguir desarrollando un servicio bibliotecario, aunque adaptado a estas circunstancias y con menos proyección social. Quedarse de brazos cruzados o viviendo en la queja continua no conduce más que al hastío y a la inapetencia. Por eso, ahora más que nunca las bibliotecas y los bibliotecarios tienen que fortalecer (y lo están haciendo) su relación con la sociedad, saber que estamos ahí, que no nos hemos olvidado de ella y que seguiremos articulando los medios necesarios para garantizar su desarrollo cultural.  

Por eso, este 24 de octubre somos nosotros, los que trabajamos en ellas, los que debemos aplaudir a la ciudadanía porque sigue confiando en nuestra labor y agradecerle su reclamo para que las bibliotecas sigan abiertas, afrontando esas condiciones de seguridad establecidas y garantizando que la sociedad siga construyéndose dentro de su propia heterogeneidad. 

La COVID-19 no puede frenar nuestra actividad porque tenemos medios, capacidad y ganas de trabajar para suplir ese vacío que se ha creado. No olvidemos que los usuarios nos preguntan continuamente qué rumbo tomará su respectiva biblioteca, ya que se identifican y se preocupan por ella, un espacio público donde se sienten realizados y donde construyen su personalidad y su conocimiento, mirando más allá de que esté sufragado con sus impuestos.

Desde mi punto de vista, tampoco debemos escudarnos en el mundo digital a la hora de continuar desarrollando los servicios bibliotecarios porque así estamos descuidando el contacto directo con dicha ciudadanía. Podemos efectuar actividades con aforo limitado y cumpliendo estrictamente con el correspondiente protocolo de seguridad. Evidentemente, así no podemos dar respuesta a todas las necesidades e intereses de ocio, pero debemos comprender que las personas necesitan verse, demandan el diálogo real (no virtual) y la capacidad se sentir las emociones en todo su esplendor. Eso es estar vivo y las bibliotecas son espacios vivos, con lo cual sufren y padecen, pero también aprenden cómo mantener a raya ciertas enfermedades en un momento coyuntural como este. 

Hace unos días, una usuaria de mi biblioteca me comentó si prestábamos un servicio determinado, consistente en llamar a integrantes de la tercera edad para recitarles un cuento u otro género literario para que no se sintiesen solas y más aisladas de lo que ya están. Le comenté que no, aunque conocía el caso de Lluís Agustí, el bibliotecario que, durante el confinamiento, leía poemas a diario a otros a través de ese medio de comunicación. Luego, me di cuenta de que esto no puede quedar en una simple conversación entre una usuaria y un trabajador, sino que mi biblioteca, como el resto, debe tomar nota de estas demandas porque sus usuarios quieren participar en la toma de decisiones de su centro y aportan ideas básicas y factible para hacer más llevadera la COVID-19. El teléfono sirve para vencer la soledad y para crear un lazo marinero que llene emocionalmente el vacío que sufren muchos ciudadanos. Si aprendemos de otras experiencias, podemos recurrir a él para cumplir nuestro cometido, fieles a la cultura, viviendo también con miedo e incertidumbre, pero apretando la mano de otros para que no caigan por el camino. 

No quiero bibliotecas virtuales, sino recuperar el latido diario de la heterogeneidad que las configura. No tengo la respuesta a lo que está sucediendo, pero mi conciencia me dicta que hay que seguir en el camino, con raciocinio y precaución, pero avanzando o llegará un momento en que solo seremos una sombra de lo que fuimos.   

Este 24 de octubre es un día atípico para la efeméride bibliotecaria. Cumplimos años, sin envejecer, y este convencionalismo en el calendario debe atender a un solo principio: lo más importante es que las puertas sigan abiertas, que no abandonemos el diálogo con los ciudadanos y que les ayudemos en todo lo que podamos, sin construir más muros de los que ya existen, que nos dividen a diario y crean recelos. Nada está escrito y menos lo que pasa en una biblioteca.

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Publicado el
24 de octubre de 2020 - 13:33 h

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