Vivir viendo

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Si tras una jornada laboral, el mayor de los placeres lo identificamos con descalzarnos, postrarnos sin cambio alguno de indumentaria en un sillón para recibir una dosis suficiente de rayos catódicos hasta un proceso de completa hipnosis, es que tenemos cierta descompensación en lo que los requerimientos físicos y mentales en referencia a lo que se nos demanda. Es cierto que, ya sea por una contraprestación económica directa de un empleo derivada de un contrato laboral o por la obtención de un ingreso debido a nuestro desempeño profesional que se obtiene de nuestra clientela a través de una vinculación mercantil, nuestro esfuerzo diario debe estar cercano a nuestra capacidad potencial en donde lo ideal es poner toda la carne en el asador para tener plena satisfacción por lo hecho, donde ninguna de las partes perjudique a la otra. De hecho, si incrementamos un poco nuestro rendimiento, lo lógico es que suceda bajo casos puntuales de picos de trabajo que no deben ser permanentes en el tiempo. Idéntica reflexión que si nuestra destreza baja de forma impactante. Porque un pico es un pico, donde se sube y se baja. Pero si el pico lo convertimos en meseta, algo falla.

¿Tiene nuestra jornada de trabajo el monopolio sobre nuestro tiempo? ¿Es el ocio las sobras? ¿Cuándo descansamos? No siempre debe ser ocho, ocho y ocho. De hecho, dentro del campo del trabajo se pueden ampliar horizontes, pero con un nivel de autoexigencia que esté a nuestro servicio. Con relación al ocio, siempre es una buena oportunidad el cambiar de hábitos para desarrollar habilidades. Y sobre el descanso, a lo mejor una siesta de diez minutos hace más por nuestro cuerpo que horas y horas en una cama, por lo que la calidad y la cantidad deben estar combinadas en su justa medida.

En el otro extremo está la autoexigencia, donde corremos el riesgo de desconocer nuestros límites, convirtiendo los retos en obligaciones donde la delegación de responsabilidades solo es sinónimo de debilidad. Es cierto que es bueno tener disciplina. De hecho, no tener un procedimiento más o menos arbitrado, apostando por la improvisación permanente puede que nos ofrezca algún susto que otro. Ahora bien, la flexibilidad a la hora de adaptarse también es igual de imprescindible. Incluso cuando la autoexigencia genera insatisfacción, porque nunca hay suficiente. Y claro, cuando se quiere tener y/o ser más y más y más, se corre el riesgo de perderlo todo.

Por ello es bueno separar acontecimientos, al igual que hay que procurar acompasarlos. Debe haber tiempo para todo. Y si no lo hay, pues habrá que proceder a la más antigua de las clasificaciones distinguiendo entre lo urgente y lo importante. Si cumple con las dos condiciones, pues habrá que hacerlo ya. Si es importante pero no es urgente, se planifica. Si es urgente pero no es importante, delegar es una buena opción. Y si no cumple con ninguno de los dos requisitos, pues a la basura. Estar al 150% de forma perpetua no es vida. No merece la recompensa. Por eso, cuando se llega a casa y lo único de lo que se tiene ganas es de no volver a salir nunca de ella, será necesario reiniciar, pero no para volver a la carga de la misma forma en como se estaba haciendo, sino para hacer todos los ajustes precisos para vivir viviendo y no para vivir transitando.

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