La isla que mira al cielo para construir su futuro
No era un congreso al uso. Había científicos e ingenieros, pero también empresas, responsables de financiación y personal técnico de las administraciones. Había tantas siglas que, con un poco de imaginación, se podía formar otra constelación. La idea, sin embargo, era bastante clara: conseguir que la ciencia que se hace en La Palma deje más conocimiento, más empleo y más actividad económica en la propia isla.
Una mesa con el cielo y los pies en la tierra
El La Palma Quantum Interferometer (LP QI Workshop 2026), celebrado entre el 8 y el 10 de septiembre en IACTEC, en La Laguna, comenzó poniendo esa cuestión en primer plano. La bienvenida reunió a Valentín Martínez Pillet, director del Instituto de Astrofísica de Canarias, Javier Franco Hormiga, director de la Agencia Canaria de Investigación, Innovación y Sociedad de la Información, y Héctor Izquierdo Triana, comisionado especial para la Reconstrucción de la isla de La Palma.
La imagen tenía valor por lo que representaba. Un gran proyecto científico necesita investigadores, pero también administraciones que entiendan sus plazos, empresas capaces de fabricar componentes y organismos que financien desarrollos cuyos resultados no aparecen de un día para otro. La paciencia también forma parte de la infraestructura científica.
Esa mezcla tomó forma en la mesa redonda sobre el potencial transformador de la tecnología para el desarrollo sostenible de La Palma, moderada por José Fernández Arozena. Junto a los responsables del IAC, la Agencia Canaria y el Comisionado participaron Joaquín Hernández Brito, director de PLOCAN, María Pilar González Gotor, representante del CDTI, y Braulio Quintana Sánchez, de la asociación de empresas emergentes EMERGE. Ciencia, territorio y financiación compartieron mesa. No ocurre todos los días. Y conviene que ocurra más.
La conversación aterrizó pronto en la economía. Durante el encuentro se manejó la estimación de que la actividad científica y astrofísica representa alrededor del 4% del PIB de La Palma. El horizonte planteado es acercarse al 10% en los próximos años con la consolidación del LPQI, el Telescopio Solar Europeo y el CTAO, el futuro gran observatorio de rayos gamma. La posible llegada del Telescopio de Treinta Metros, el TMT, aumentaría todavía más ese impacto. Es una proyección, no una garantía escrita en las estrellas, pero señala una dirección.
La cuestión de fondo es sencilla. Un observatorio genera ciencia, pero a su alrededor también necesita electrónica, óptica, informática, mantenimiento, comunicaciones y personal especializado. Si una parte creciente de ese trabajo se realiza desde Canarias, el cielo deja de ser solo un recurso natural excepcional y se convierte también en una base para diversificar la economía.
Cinco telescopios que aprenden a mirar juntos
En el centro del congreso estuvo Paco Prada, investigador del Instituto de Astrofísica de Andalucía, perteneciente al CSIC, y del Instituto de Astrofísica de Canarias. Es el investigador principal y el alma del La Palma Quantum Interferometer, el LPQI. Lleva años empujando una propuesta ambiciosa, de esas que obligan a levantar la mirada y, al mismo tiempo, a sacar la calculadora.
El LPQI no construirá un telescopio gigantesco desde cero. Pretende conectar cinco instalaciones del Observatorio del Roque de los Muchachos, el NOT, el TNG, el GTC, el WHT y el INT, para que trabajen como una red. La primera fase, denominada LPQI Pathfinder, enlazará el Nordic Optical Telescope y el Telescopio Nazionale Galileo, separados por unos 550 metros.
La red no se limitará a sumar fotografías. Cada telescopio observará el mismo objeto y registrará pequeñas variaciones en la intensidad de su luz. Después, los ordenadores buscarán coincidencias entre señales captadas a cientos de metros de distancia. A partir de esas correlaciones se podrá reconstruir información que ninguno de los telescopios obtendría por separado. Es una forma distinta de mirar: menos parecida a una cámara enorme y más cercana a varios instrumentos que comparan sus notas hasta completar la misma historia.
El sistema registrará la llegada de fotones, las partículas elementales de la luz, y comparará esas señales con una precisión extraordinaria. El objetivo es alcanzar unos 50 microsegundos de arco, suficiente para distinguir estructuras hasta mil veces más pequeñas que las que puede resolver el telescopio espacial Hubble. Con esa capacidad se podrían estudiar estrellas, sistemas planetarios, supernovas y las regiones próximas a agujeros negros.
Esa resolución interesa porque muchos de esos objetos aparecen desde la Tierra como simples puntos luminosos. El LPQI pretende descubrir qué ocurre dentro de esos puntos, medir tamaños y movimientos y seguir fenómenos que cambian con enorme rapidez. No promete una fotografía convencional del universo. Promete algo más útil para la ciencia: nuevas medidas.
La palabra cuántico puede sonar a luces azules y películas donde nadie sabe muy bien qué está pasando. Aquí significa contar fotones individuales, medir tiempos diminutos y procesar cantidades enormes de información. El fotón llega, se registra y no espera a que el ordenador termine el café.
La ciencia también lleva cables
El congreso mostró que el proyecto ya ha pasado del dibujo general al trabajo de laboratorio. Los equipos han definido la arquitectura del LPQI Pathfinder y desarrollan las cámaras que detectarán cada fotón, la electrónica que leerá sus señales, los sistemas de refrigeración que mantendrán estables los sensores y el software que coordinará el conjunto. Algunas piezas se encuentran todavía en diseño y otras han iniciado pruebas de funcionamiento y estabilidad térmica. También preparan FIRNAS, el primer espectrógrafo del LPQI, un instrumento que separará la luz en sus distintos colores para extraer información sobre los objetos observados.
Guillermo González de Rivera, de la Universidad Autónoma de Madrid, explicó el trabajo realizado en la electrónica de control y lectura. Carmen Vélez y Pedro Ortega, del Real Instituto y Observatorio de la Armada, presentaron los avances en sincronización temporal. En un sistema así, dos telescopios deben compartir el tiempo con una exactitud de una billonésima de segundo. Si sus relojes discrepan, aunque sea muy poco, la observación pierde valor científico.
El proyecto cuenta además con la experiencia de los equipos del telescopio italiano TNG y del telescopio nórdico NOT. Adriano Ghedina, del TNG, presidió las primeras sesiones técnicas y ayudó a situar cada desarrollo dentro del funcionamiento real de un telescopio. Junto a él, Luca Di Fabrizio y Rosario Cosentino trabajan en las cámaras, la fibra óptica y la refrigeración de los sensores. Desde el NOT, Jacob Clasen aportó la perspectiva del telescopio nórdico y condujo una de las sesiones del encuentro, mientras Joonas Viuho explicó la conexión de fibras, los sistemas de sincronización y el programa que permitirá comunicarse con el resto de la red.
Su labor puede parecer menos vistosa que la imagen final de una estrella, pero es decisiva. Los telescopios no fueron construidos al mismo tiempo ni utilizan exactamente los mismos equipos. Hay que adaptar interfaces, coordinar procedimientos y comprobar que todos entienden las mismas órdenes. Conseguir que instalaciones de países distintos funcionen como un solo instrumento no es fácil. A veces lograr que dos ordenadores compartan impresora ya parece astrofísica.
Las empresas completan el engranaje. Jorge Sánchez Capuchino, cofundador de Sagittal Optics, habló de las barreras y oportunidades que aparecen al llevar una idea científica hasta la industria. Su empresa participa en el desarrollo mecánico de las cámaras del LPQI Pathfinder. Es un ejemplo concreto de cómo una necesidad científica puede convertirse en diseño, fabricación, conocimiento y contratos para compañías tecnológicas.
Ese recorrido también exige transferencia de conocimiento. Los científicos definen lo que necesitan y los ingenieros buscan una forma fiable de construirlo. Las empresas convierten después ese diseño en un componente que debe funcionar durante años en un observatorio de montaña. El proceso es lento, minucioso y poco compatible con la improvisación. Precisamente por eso deja capacidades que pueden aplicarse más tarde en comunicaciones, medicina, navegación o instrumentación de precisión.
Una apuesta que no depende de una sola carta
La Palma compite en un mapa mundial donde Chile y el desierto de Atacama concentran grandes instalaciones astronómicas. Allí construye el Observatorio Europeo Austral su ELT, un telescopio de 39 metros. También sigue abierta la decisión sobre el TMT, para el que La Palma mantiene su candidatura. España y el Banco Europeo de Inversiones han preparado un marco que permitiría movilizar hasta 1.000 millones de euros si el consorcio internacional elige la isla.
La decisión sobre el TMT todavía no está tomada. Por eso la estrategia palmera no puede descansar en una sola carta, aunque esa carta tenga un espejo de treinta metros. El LPQI, el CTAO y el Telescopio Solar Europeo ya dibujan un camino propio. Cada proyecto trae investigación, ingeniería, servicios especializados y empleo difícil de deslocalizar.
Ese fue el mensaje que dejó el workshop. La ciencia es conocimiento, pero también actividad económica. Forma profesionales, atrae inversión y permite que empresas canarias entren en proyectos internacionales de alto valor añadido.
Paco Prada quiere abrir con el LPQI una nueva ventana para observar el universo. El encuentro recordó que esa ventana también mira hacia La Palma, hacia su reconstrucción y hacia su futuro.
A veces, mirar más lejos sirve para pisar mejor el suelo.
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