“Me vistieron de novia, salí del purgatorio y caí en el infierno”: mujeres rurales de Gran Canaria rompen décadas de silencio sobre su intimidad
La antropóloga Soraya Domínguez Suárez ha convertido las conversaciones sobre memoria, afectividad y sexualidad con mujeres mayores de El Hoyo, La Aldea de San Nicolás, en un proyecto de investigación y un documental comunitario. Su trabajo, que comenzó con su compañero Adrián Sosa, sitúa en el centro relatos marcados por el silencio, el desconocimiento y la vigilancia social sobre los cuerpos femeninos, siempre en la diana.
La iniciativa surgió de una inquietud que Domínguez llevaba tiempo planteándose: por qué los proyectos dirigidos a mujeres mayores no abordan su sexualidad pasada y presente sino que se circunscriben a una serie de preguntas preestablecidas que crean el estereotipo de la mujer rural.
Su primera interlocutora fue su propia madre, Maribel, en una conversación que le permitió descubrir experiencias que nunca antes habían sido verbalizadas.
A partir de ahí, la antropóloga empezó a contrastar esas vivencias con las de otras mujeres de Las Palmas de Gran Canaria. Había partido de la idea de que la formación universitaria o la independencia económica podían haber supuesto una diferencia significativa en la vida íntima y doméstica de las participantes. Sin embargo, encontró testimonios que cuestionaban esa hipótesis.
“Muchas, salvo una o dos, me contaban experiencias donde, a pesar de tener estudios y de tener independencia económica, su vida dentro del hogar siempre estaba supeditada al marido”, relata. Esa constatación la llevó a orientar la investigación hacia mujeres de entornos rurales.
La llegada a La Aldea
La elección de La Aldea de San Nicolás no fue inicialmente premeditada. Domínguez buscaba un grupo de mujeres rurales dispuestas a participar y, a través de una colega vinculada al patrimonio, llegó a la Asociación Rosa Nueva del barrio de El Hoyo.
La acogida de sus integrantes fue inmediata. Además, el municipio guardaba un vínculo familiar inesperado para la investigadora: su madre, su abuela, bisabuela y tatarabuela maternas procedían de La Aldea. “Fue como pensar: tenía que ser La Aldea”, recuerda, en una conexión que interpreta también como una suerte de “deuda generacional”.
Durante dos años, Domínguez desarrolló el proyecto de forma autofinanciada, asumiendo los costes de desplazamientos, grabaciones y tiempo de investigación. Posteriormente, el Ayuntamiento de La Aldea de San Nicolás respaldó la realización audiovisual, con una financiación destinada íntegramente a contratar al equipo encargado de filmar y producir el documental.
La intención, explica, no era comercial: “Quería que esto se viera, que se devolviera a la comunidad en una pieza audiovisual”. En total participaron diez mujeres, aunque el documental se centró en cinco historias para poder tratarlas con mayor profundidad.
“Llegaban al matrimonio a ciegas”
Uno de los principales elementos compartidos por las entrevistadas fue la ausencia casi absoluta de educación sexual. “Nadie les habló de eso nunca”, señala Domínguez. Las advertencias que recibían durante su adolescencia se resumían, según los relatos recopilados, en el miedo, el pecado y la vigilancia sobre su relación con los hombres.
“Todo era tabú, todo era silencio y llegaban a ciegas a la noche de boda”, resume la antropóloga. En muchos casos, ni siquiera existía una conversación abierta sobre la menstruación, el deseo o los anticonceptivos. La información se transmitía de forma fragmentaria, moralizante y ligada al temor.
Recuerda el testimonio de Teresita, de 83 años, sobre el día que la vida le cambió de golpe: “Me monté en un camión, me vistieron de novia, me parecía que iba a ir al cielo, pero salí del purgatorio y caí en el infierno”. O Maribel que recuerda que “siempre no había deseo y cuando a él se le antojaba tenías tú que hacerlo porque él era el hombre”.
Las diferencias generacionales también aparecen en los testimonios. Las participantes más jóvenes, en torno a los 60 años, podían haber compartido algunas cuestiones con amigas, familiares o haber tenido un mayor acceso a referencias sobre anticoncepción. Sin embargo, para las mujeres de más edad, el silencio era un abismo insondable.
Domínguez insiste en que el proyecto no pretende homogeneizar sus biografías. “No quiero meterlas a todas dentro del mismo saco porque cada una tenía su realidad”, advierte. Algunas expresaron haber vivido relaciones más libres; otras dejaron entrever experiencias de subordinación, matrimonios precoces o una vida marcada por la resignación.
“El aguante”
La cuestión que más impactó a la antropóloga durante el trabajo de campo fue la capacidad de resistencia que aparecía en los relatos. “Lo que más me impactó fue el aguante”, afirma.
Esa resistencia no se expresa siempre mediante conceptos actuales como violencia sexual, abuso o coerción. Las entrevistadas, explica, no suelen nombrar así sus experiencias, sino que las describen con las palabras y rodeos disponibles en su época. Para Domínguez, forzar una etiqueta externa puede resultar invasivo y alterar la manera en que cada mujer las integra. En una época donde se tenían muchos hijos, era probable que el sexo no fuera concebido para ellas como una fuente de placer, ni hubiera autoexploración, ni curiosidad por el clímax porque la vigilancia y la moral establecida desplazaban la prioridad.
Cuerpos vigilados
En el plano académico, Domínguez articuló su investigación alrededor del cuerpo y de los mecanismos de control ejercidos sobre las mujeres. El análisis aborda la vigilancia de la familia, la comunidad y el entorno social, pero también la forma en que esas normas se terminan interiorizando.
“La comunidad está ahí, ojo avizor, vigilante todo el rato”, explica. Desde niñas, muchas mujeres aprenden a autorregular su conducta, su vestimenta, su deseo y sus movimientos para ajustarse al modelo de feminidad que se les ha impuesto.
La principal conclusión de su trabajo es contundente: “Hay un control tan enorme sobre los cuerpos, cuerpos que nunca les pertenecieron”.
El documental y la investigación de Soraya Domínguez Suárez recuperan así voces que durante décadas quedaron relegadas al ámbito privado. Más que ofrecer un relato único sobre las mujeres rurales mayores, el proyecto abre un espacio de escucha para sus silencios, sus estrategias de supervivencia, sus deseos y las experiencias que, hasta ahora, apenas habían tenido lugar en el relato colectivo. La senda seguirá creciendo a través del proyecto Enawa, hasta sacar de las alcobas todas aquellas historias que las mujeres quieran contar y tener historias totales, no estereotipos.
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