En el centenario de su nacimiento (y II)
Agustín de la Hoz y los deberes del buen periodismo lanzaroteño

Mario Alberto Perdomo

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Caricatura de Agustín de la Hoz de Eduardo Millares Sall.

Apuntes para una historia del periodismo lanciloteño (1963) es una de las obras que dejó inacabadas Agustín de la Hoz Betancort (Arrecife, 1926 - La Laguna, 1988) y que vio la luz por iniciativa del responsable del Archivo Histórico Municipal de Arrecife, Benchomo Guadalupe Oliva, en 2018. Con el respaldo del Ayuntamiento de la ciudad, la edición corrió a cargo del propio Benchomo, como ya hiciera con El Charco de San Ginés. Entresijos de su ser y su vida (2009), y Arrecife de ver pasar (2010). También es el autor de su biografía: Agustín de la Hoz, un volcán humano (2021).

Con motivo de la muerte de Agustín, el escritor Leandro Perdomo publicó un pequeño ensayo titulado «Agustín de la Hoz y la generosidad», que ayuda a comprender por qué se embarcó en una incesante exploración de los valores espirituales de su tierra natal y por qué encaminó sus pasos hacia la investigación y la historia, una senda en la que se cruzó innumerables veces con periódicos, periodistas y colaboradores. Uno de los fragmentos del texto de Leandro Perdomo dice lo siguiente:

“Pocos, o casi ninguno, para mí ninguno, han hecho como Agustín de la Hoz tanto por Lanzarote en el campo de las letras y la investigación histórica; y tan desinteresadamente, tan generosamente, sin tener en cuenta para nada la ganancia, el provecho, el beneficio económico. Y aquí está el mérito, su principal virtud y por ende la calidad humana que yo valoro por encima de todos los otros valores en la condición esencial del hombre”.

Un hombre de la cultura

La mirada de Leandro Perdomo se detiene en un aspecto esencial de la trayectoria y la forma de ser de Agustín de la Hoz: la entrega y generosidad con las que encaró la misión de su vida, la búsqueda del alma de Lanzarote. La halló fragmentada y dispersa en la labor y la obra de los grandes hijos e hijas de la isla, los ilustrados, pero también en la historia, en el patrimonio cultural tangible e intangible, en el paisaje, en la gente, en la sabiduría que esconden los oficios y en la cultura popular. Quizá porque se sintió un cronista que se expresaba a través del periodismo, Agustín descubrió que todos esos lugares en los que habita el alma insular comparten un espacio común: los periódicos. Tanto es así que llegó a escribir que “entrar en el periodismo es entrar en una religión” y que la prensa «es ya una forma de la Historia». Precisamente por eso, Apuntes para una historia del periodismo lanciloteño es un acercamiento al alma de Lanzarote. 

El niño nacido junto al Molino de la Pedrera empezó a trabajar a los 13 años en una tienda de Arrecife y, más tarde, a bordo de un barco pesquero en la costa africana. Con el paso del tiempo, sería redactor y director del semanario A.O.E. y colaboró en la revista África de Madrid, en Diario de Las Palmas y en todos los periódicos canarios de los años cincuenta y sesenta. Fue un hombre de la cultura que se expresó fundamentalmente a través de la prensa.

A mediados de la década de los cincuenta, Agustín de la Hoz comenzó a colaborar con Diario de Las Palmas. En este rotativo escribe artículos sobre «La Gran Desconocida» y, fruto de su pasión y su actividad investigadora, vio la luz en 1962 su obra Lanzarote, en la que deja memoria de gentes, sucesos, geografía e historia. Pero antes que libro, Lanzarote fue crónica periodística, prospección histórica. Lo mismo sucedió con su última obra, publicada en la década de los ochenta: un ensayo tras otro que se erigen en una continua reivindicación de las personalidades literarias y culturales de la isla y de lo que él llamó el “espíritu lanciloteño”, cuya defensa apelaba a unos ideales que se consumían con el desarrollismo mal entendido que llegó de la mano de la especulación. Seguramente, detectó que estos eran portadores del alma de la isla.

Lo mejor que la isla ha dado a la vida

En las páginas de las publicaciones regulares que han visto la luz en Lanzarote desde mediados del siglo XIX, Agustín de la Hoz detectó atributos de nobleza, pues ellas reflejan lo mejor que la isla ha dado a la vida. En alguna ocasión puso negro sobre blanco:

“Una gran parte de nuestros periódicos locales se situaron siempre en un plano donde las armas convencionales del poder socio-económico no tenía alcance, de suerte que despreciaban normalmente los males con que se les amenazaba a la vez que tenían la grandeza de ignorar los halagos y mercedes con que muy frecuentemente se pretendía inutilizarlos o captarlos. Lo de siempre: el caciquillo desprecia la inteligencia y el político no quería más que servidores, de tal manera que su ”mecenazgo“ sesgaba en todo caso, no ya el verdadero espíritu insular, sino cualesquiera impulso que intentaron amparar y promover el hecho cultural lanciloteño, ahogado única y exclusivamente por el silencio más absoluto —digamos, un silencio cómplice, significativo— y que había que comprender y guardar como un secreto para no alterar las ”aguas mansas“ de la situación establecida. Un silencio desdeñoso, pero significativo, que inculcaban ciertos acólitos y aliados gratuitos para desabastecer a la isla de su propia opinión. Semejante actitud, qué duda cabe, surtía efectos contrarios al propósito deseado y buscado por los perseguidores, pero éstos zanjaban la perreta con la ruin satisfacción de ver pasar la vida agoniada y efímera del periódico local, que, si no dominado o cohibido ante el poder, acababa sus días en aras de la general indiferencia y por consiguiente de la asfixia económica. Esto ha ocurrido aquí, desgraciadamente, y deseamos de todo corazón que no ocurra nunca más, pues según creo y defiendo, no existe naufragio más trágico que el de un periódico al hundirse en las mares procelosas de la politiquería de antaño, en cuyos senos oscuros, maléficos, nada se podía franquear ni nadie se atrevía a buscar un intercambio fecundo e imparcial de ideas y sentimientos, mientras las más nobles intenciones perecían, y de qué manera, bajo el negro arruaje del poderoso de turno. En esas aguas borrascosas desaparecieron los más generosos y abnegados caballeros del periodismo lanciloteño, algunos buenos poetas y excepcionales escritores, que, sin excesiva apología, contribuyeron a formar la opinión pública de los menos ilustrados y más generosos paisanos a través de comentarios y artículos, sueltos y noticias —¡Inolvidable Don Polo!— que, quiérase o no, constituyen hoy la mejor crónica isleña de aquellos tiempos”.

No acabaron bien, la mayor parte de las veces, las iniciativas periodísticas casi siempre vinculadas a anhelos de libertad y progreso, así como sus promotores y colaboradores: «¡Que no sea Lanzarote nada más que sepulcro para sus hombres mejores! (…) En nuestra isla, tan chiquita, que parecía estar obligada a guardar como oro en paño toda individualidad selecta que se revele en su seno, hay, por el contrario, un terrible malestar, una desazón iconoclasta, como si todos no cupiéramos en la estrechez de nuestra propia aldea nativa», escribió de la Hoz.

La libertad de opinión es siempre fecunda

Agustín también realizó una encendida defensa del buen periodismo lanzaroteño. Estudió medios impresos independientes cuya andadura contribuyó a la evolución pacífica y civilizada de la isla y reclamó periódicos con voz propia, democráticos, “para pensar y hablar en lanzaroteño, nunca rendido a determinadas influencias, o contando con el apoyo de ciertas personalidades más o menos ”notables“, sin más respaldo que el de toda una isla ansiosa —siempre esperanzada— de ser escuchada tanto en los momentos difíciles como en los agraciados y placenteros”. Creía que la libertad de opinión es siempre fecunda y era contrario a cualquier fórmula de censura, puesto que todas pretendían y pretenden “manejar no sólo a los pueblos sino principalmente a los individuos que piensan y crean cultura de verdad. Es por eso —señalaba Agustín— que aparecen la censura, el control político, el centralismo arrogante, la propaganda ideológica, en suma, la anulación personal”. 

En los años ochenta defendía para los periódicos en Lanzarote “espíritu abierto y liberal, devoción desinteresada a nuestra isla y vivo comportamiento hacia lo regional canario”. Advirtió siempre del peligro de los halagos y las vanas promesas, frente a lo que propuso un camino “más arriesgado, pero también el más noble y leal que siempre asumieron los lanzaroteños de pro”. Y avisó: “Cuando ya creíamos que el caciquismo se nos quedaba obsoleto, vemos que nuevas formas de él persisten a despecho del ”cambio“ y amenazan a la menesterosa economía lanzaroteña; cuando pensábamos que el individualismo egoísta estaba ya superado en aras de la solidaridad, vemos con asombro que algunos se empurran, bien retrechados en sus poltronas, en el mismo pecadillo, y en cuanto a nuestra desdichada indiferencia musulmana, que suponíamos atrabancada en el cuarto de los trastos, resulta que sigue estando donde solía...”. 

“Mantener a los ciudadanos enamorados de su país”

Tres citas utilizadas por Agustín de la Hoz en aquellos años, hablando de periódicos y de periodismo, sintetizan su pensamiento. Una: «La Historia tiene la obligación de decir siempre la Verdad. El periódico, bastante hace si impide la mentira». Dos: “El periódico consiste en mantener a los ciudadanos enamorados de su país”. Y tres: “El periodismo es servicio a la sociedad y la sociedad no debe ser engañada fraudulentamente con la subversión caprichosa de los valores y las personas”. Por eso, defendía que la prensa no debiera olvidar sus señas de identidad, no debiera convertirse jamás en “filigrana de mariposa cebollera revoloteando alrededor del candil encendido del caciquillo trasnochado, o, lo que sería peor aún, del mero títere vanidoso”. Debe seguir siendo una ilusión de continuar hacia adelante, asumiendo el gran problema de “la forja de nuestra isla y de nuestra ciudad», y una plaza forma de cordial convivencia ciudadana, sin exclusivismos ni marginaciones. En suma, un punto de encuentro de todos los hombres y mujeres que, en la isla, «viven y sienten como lanzaroteños”. 

Su concepción de la profesión la dejó bien señalada, pues su misión es “construir algo positivo, de hacer el bien por el bien mismo, de servir a la sociedad más desamparada por el poder público y saltar a la palestra con dignidad y altura de miras cuantas veces sea necesario (…) para airear y combatir sin estridencias y rectamente las injusticias e irresponsabilidades que se le demanden o para buscar hacia afuera la identidad que a veces nos falta por dentro”. Opinaba, además, que el periodismo tiene que “desenmascarar, pues, las posiciones arribistas, oportunistas, facilonas, supuesto que un periódico popularmente enraizado —la forma más tierna de amar a la tierra natal— no deberá hacerles el juego a las fuerzas enclenques de la reacció”». Agustín de la Hoz creía en “la vocación de abrir caminos, de avizorar nuevos horizontes, de vivir con alegría su independencia y de saborear, por lo mismo, su contribución al despertar de la conciencia isleña, evitando seguir los garetes tendenciosos del tópico y de la decadencia”.

Periodismo: “Ver, oír y ...no callar”

Ilustrado y culturalmente enraizado, el periodismo para Agustín consistía en “ver, oír y ...no callar”. Y decía, además, que no podemos rechazar tal idea porque entonces «no sólo despreciaríamos» a quiénes fueron pioneros del periodismo local, sino que, con esa “postura de cobardía, contribuiríamos a fortalecer el desprestigio de la prensa de opinión estrictamente independiente”. Periódicos con alma, periodistas con alma, escritores y pensadores con alma, entre todos fraguando el almario insular durante cerca de dos siglos. Quizá por eso, Apuntes para una historia del periodismo lanciloteño es un acercamiento a la sustancia espiritual e inmortal de Lanzarote, de plena vigencia en el nuevo, fecundo y, con demasiada frecuencia, controvertido periodismo insular nacido al amparo de la era digital. 

La obra comienza en 1858 con El Crisol, manuscrito, y se detiene en los primeros años del siglo XX. En su nota previa, pone de relieve la tarea ingente que supone abordar una historia del periodismo que es, en realidad, una minuciosa historia de Lanzarote: “Únicamente el autor sabe lo que ha costado reunir el material para dar vida a estos Apuntes. A veces la búsqueda de un solo dato supuso meses de paciente labor y, en ocasiones, la buena voluntad hubo de aprender a moverse entre multitud de sombras o, lo que es peor, resignarse ante las indescifrables incógnitas», subrayando que los periódicos son una inagotable fuente de historia. Sobre este aspecto escribió: «La historia está ahí, memoria escrita, conciencia documentada, testimonio fiel de sus defectos y de sus virtudes, de sus faltas y de sus méritos, porque, claro está, sobre este presente y aparente lejío insular, tan superficial como impreciso, también cabalgaron los redentores del eterno conflicto lanciloteño, aquellos caballeros de pro que salían a la palestra cotidiana y solidariamente a la conquista de la propia casa isleña”.

“Una bárbara ley de selección negativa”

Cuando ve la luz El Crisol, Agustín se interroga: “¿Cómo es Arrecife por esas fechas? El año anterior instala su primer alumbrado urbano a base de farolillos de petróleo. No tiene organizada la Primera Enseñanza. El único maestro de escuela que ejerce se queja de no recibir honorarios fijos. El comercio está en manos forasteras. Gentes de Tenerife ponen sus manos en cuantos asuntos debieran interesar a los hijos del país. La sequía y el expolio impulsan a la emigración masiva. La barrilla cae verticalmente desde la altura en que se encontraba. En 1855 marchan a La Habana y Buenos Aires tres mil campesinos”. El retrato que dibuja es desolador y, quizá por eso, los Apuntes son un relato de la lucha de clases y de poderes enfrentados, de esperanzas marchitas y posibilidades inexploradas. 

A medida que Agustín de la Hoz repasa las páginas de los distintos periódicos, pone de relieve que los carentes de voz buscan la manera de expresarse, progresar y emanciparse frente al caciquismo. Por entonces, no hay más que dos clases sociales: la rica y la miserable. Un ambiente irrespirable envuelve a la isla y provoca que la juventud algo despierta emigre, mientras la persecución hace que un gran hombre, el doctor Alfonso Spínola, marche hacia Uruguay. Entre las páginas amarillentas de los incontables ejemplares en los que Agustín buceó, acertaría a atisbar personas enormes que contribuyeron a la mejora de la isla, la inmensa mayoría de ellas —por no decir todas— condenada al olvido. Quizá por eso, criticó tanto que “en la sociedad conejera ha regido una especie de bárbara ley de selección negativa que escoge los mejores, no para reconocerlos, sino para marginarlos, primero, y hundirlos después”. 

Siempre el caciquismo

En la segunda mitad del XIX, que es el período que analiza, la prensa refleja que unos pocos acaudalados pelean entre sí por el poder político y una mayoría menesterosa batalla por lograr unos horizontes de vida más decorosos. Durante dicho período, el periodismo reivindica la salida de la isla de su inmóvil existencia en pro de la higiene moral y política, del avance cultural, de nuevas actividades económicas para vivir dignamente. Se describe en la isla una paz ficticia: nadie quiere saber de nada, pero nadie está conforme con nada; la gente anda silenciosamente dividida; hay grupos que, entre dientes, alaban al buen cacique y grupos que susurran abominaciones del cacique malo. La inacción lanzaroteña constituía un bien sellado sepulcro: ni aliento tenía. ¿Grandes hombres? Los grandes hombres constituyen la minoría absoluta, a cuya autoridad personal está la isla acostumbrada a obedecer y… a temer; cállate y callaremos, este era el lema y… el dilema. ¿Grandes hombres? Se definen por una vieja fórmula, según la cual el rico debe asumir, aun sin ejercer funciones públicas, el cacicato de su demarcación. En un contexto tan adverso, el oficio de informar se desenvuelve entre la arbitrariedad y el sectarismo: ¿periódicos o bailes de máscaras? Poco a poco, el lanzaroteño, tan dócil y siempre conformado, comienza a reclamar libertades para él desconocidas, y exige el reconocimiento de su personalidad y su autonomía, su derecho a la vida y a la heredad, escribe Agustín.

En su estudio, Agustín de la Hoz cita, por un lado, al gran Antonio María Manrique, quien propone abrir aljibes en cada pueblo, construir maretas en cada encrucijada para que, si llueve, no se pierda ni una gota de agua, y construir una red de distribución para que las aguas almacenadas lleguen a todos los hogares. Por otro lado, menciona el inicio de la carrera de un joven llamado José Betancort, que más tarde utilizaría el seudónimo de Ángel Guerra, tomado de un personaje de Pérez Galdós. ¿Ha surgido un nuevo escritor lanzaroteño? ¿Poeta? ¿Periodista? ¿Tal vez un novelista o un afamado cronista parlamentario?, se pregunta.

El lector no debe extrañarse si, al leer el libro, siente que el tiempo no ha transcurrido. Tampoco se impresione si le parece que la descripción de la realidad de hace cien años es de rabiosa actualidad. Así es, ya que, en muchos aspectos, parece que seguimos anclados en un pasado de silencios y temores. No olvidemos cuántos periódicos murieron fulminados, ¡pero con las botas puestas!

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