“Creo que no olvidaré jamás el paisaje de Kirguistán y la belleza de su gente”

Daniel Martín junto a una de sus imágenes en la sala de arte de La Molina.

En Kirguistán, un país remoto del Asia central, el periodista Daniel Martín (Los Llanos de Aridane, 1975) se sintió por primera vez en su vida un viajero, no turista. El pasado año tuvo la oportunidad de participar en el rodaje de un documental sobre una familia nómada dirigido por Nadine Boller y aprovechó su estancia en este lejano lugar para tomar una serie de fotografías que expone hasta final de mes en la sala de arte 'Hay un mundo por conocer... La Palma' de La Molina Artesanía, en la capital. De este pueblo le sorprendió, entre otras muchas cosas, "su capacidad de autosuficiencia" y "su mestizaje de rasgos hindúes, orientales, caucásicos y túrquicos". Tomar las imágenes no fue tarea fácil. A la timidez de este pueblo se unía la suya propia, lo que generaba cierta tensión en cada disparo. El esfuerzo, sin embargo, ha merecido la pena. El testimonio gráfico de este viaje muestra al espectador tierras casi desconocidas de gente desarraigada donde la existencia late a otro ritmo.

-¿Qué ha supuesto en su vida la estancia entre un pueblo nómada de Kirguistán?

-Un viaje muy distinto a la mayor parte de los que he tenido la oportunidad de hacer. Lo digo en el sentido de que creo que por primera y única vez en mi vida he tenido la sensación de haberlo disfrutado como un viajero, no como un turista. Tenía menos libertad para moverme porque la filmación nos obligaba a estar siempre al lado de la familia, pero eso también hacía que la conexión con ellos fuera mucho más intensa.

-¿Qué fue lo que más le sorprendió de esta gente?

-Su capacidad de autosuficiencia. Es decir, la eficacia con la que resuelven sus situaciones cotidianas echando mano de unos recursos muy limitados.

-¿Ve el mundo con otros ojos después de esta experiencia?

-No llegaría yo a tanto, pero sí entiendes mucho mejor el lugar y las circunstancias de dónde vienes. Con todas las reservas que se quiera, la gente de mi generación y las posteriores hemos disfrutado de Canarias con una calidad de vida homologable a la del resto de Europa Occidental. Pero mis padres, y sobre todo mis abuelos, sí que han conocido una vida muy similar a la del Kirguistán actual. Durante mi infancia, cuando escuchaba esas historias, me parecían de un pasado remoto, casi ajeno. Pero este viaje me ha dado la oportunidad de sumergirme en ese modo de vida, aunque durante un periodo muy corto. Eso sí, tampoco conviene idealizar: si no viven como nosotros es sobre todo porque no se lo pueden permitir.

-Los humanos que no echan raíces, que van de un lugar a otro, sin apegos ¿se enfrentan mejor a la finitud de la existencia? ¿qué es lo esencial para ellos?

-Creo que llegamos tarde para hacerles esa pregunta, porque el nomadismo puro ya no existe en el país. Lo siguen practicando, pero no durante todo el año. Aun así, no me cabe ninguna duda de que conceptos que aquí nos parecen sagrados, como la propiedad privada o el hogar, adquieren un significado bastante diferente en una sociedad acostumbrada al continuo desarraigo. La integración en la URSS les hizo renunciar a ese modo de vida, pero intuyo que su extrema hospitalidad tiene mucho que ver con este legado.

-¿Cómo surgió la oportunidad de participar en el rodaje de un documental dirigido por Nadine Boller?

-Yo acabé en este proyecto de carambola. Coincidimos en un curso de cine documental en la MetFilm School de Berlín, pero mientras que a mí el país me sonaba a chino ella ya lo conocía, había pasado largas temporadas allí y hablaba incluso el idioma local. En otras palabras, ya tenía planes inmediatos para hacer el documental. Lo que pasa es que un productor externo decidió involucrarse y lo que en un principio era una filmación con un equipo portátil y una sola persona se convirtió entonces en algo bastante más ambicioso. Necesitaban a alguien más que echara un cable y cuando me lo propusieron me faltó tiempo para decir que sí.

-¿Le gusta a este pueblo que le fotografíen? ¿se encontró con alguna dificultad para tomar imágenes?

-No le gusta demasiado. Todas las fotos de la exposición están hechas 'in extremis', durante la última semana, puesto que a su timidez se sumaba la mía. Yo no soy fotógrafo y me gusta pasar desapercibido, así que cada disparo los tensaba a ellos tanto como me tensaba a mí.

-¿Qué impactó con más fuerza en su retina: el paisaje, las personas, los colores, la luz...?

-El paisaje del lago Song-Köl es uno de los más maravillosos que he visto nunca. Esas praderas punteadas de caballos y yurtas de fieltro (hogar tradicional de los nómadas de Asia), con sus montañas nevadas al fondo, creo que no las olvidaré jamás. Y luego también me llamó la atención la belleza de la gente. Espero no resultar frívolo, pero ese mestizaje de rasgos hindúes, orientales, caucásicos y túrquicos es realmente favorecedor.

-¿La luz de Kirguistán es muy distinta a la de La Palma?

-Rotundamente sí. El pastizal de verano, lo que ellos llaman 'jailoo', crece a partir de los 3.000 metros. Eso hace que el aire tenga una transparencia a la que aquí no estamos acostumbrados. Y la diferencia se nota también por la noche: jamás he visto un cielo tan oscuro ni tan intensamente estrellado. Si se me permite la broma, ahora que tanto hablamos de astroturismo, por aquí tenemos suerte de que los kirguises no se hayan puesto a desarrollarlo.

-¿Qué cámara utilizó para captar las imágenes?

-Una Panasonic GH2. Una cámara sin espejo, de tamaño muy reducido y bastante modesta en cuanto a prestaciones. Tengo muy claro que muchos aficionados tienen equipos mejores y que también saben sacarle más partido que yo al mío. Sin embargo, es una muy buena opción para capturar vídeo. Por eso interesaba tenerla como recurso de emergencia, por si alguna vez fallaba la cámara principal.

-¿Tiene proyectado algún viaje a otro lugar remoto?

-De momento no, pero yo a viajar nunca renuncio. Pronto encontraré alguna excusa para hacerlo, estoy seguro.

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