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El pensamiento único

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En televisión hemos visto durante semanas el testimonio de una mujer que cuenta los maltratos que ha sufrido a manos de su marido. ¿Lo dudo? No. Es posible que diga la verdad. También es posible que mienta y también es posible que no lo haga porque haya llegado a creerse lo que cuenta. Hay testimonios que son ciertos y otros que no lo son. La verdad, como las mentiras, nunca son absolutas y totales. Siempre hay una grieta, una fisura imperceptible por donde se nos cuela nuestra verdad, la verdad que sostenemos y que incluso creemos porque así deseamos que sea o porque nuestra visión del asunto está sujeta a nuestros propios pensamientos, a nuestra propia perspectiva. Por eso mentimos sin querer hacerlo de una forma consciente. Por eso contamos las cosas a través de un lenguaje que es nuestro, a través de un pensamiento que es el nuestro. Nunca es del todo cierto cuando decimos esto o aquello porque existe la mediación interesada de nuestra manera de verlo o desearlo. Equivocamos las palabras que muchas veces tienen varios sinónimos y en todos ellas hay la verdad de una raíz, pero también la verdad de otras ramas desprendidas de ese mismo árbol. Nunca vemos el mundo con el cristal de los demás y cada uno cuenta la feria según le va en ella.

La relatividad es ciencia y la ciencia no engaña, aunque también puede equivocarse, no seamos ingenuos, pero a todos nos interesa creer en ella y nos vamos a quedar con ciertas respuestas que hasta hoy hemos compartido con ella. La relatividad, por ejemplo, y el amigo Einstein que no las tenía todas consigo, pero que andaba bastante acertado en pensar que todo tiene un cierto grado de relatividad. No puedo dejar de recordar sus palabras cuando en una conferencia dada en la Universidad de Granada al observar que el público no acababa de entender lo que escribía en la pizarra, el maestro lo resolvió con un ejemplo lleno de humor, cosa frecuente en él, y un tanto machista dada su afición al coqueteo y a las mujeres, y les dijo, resumiendo, algo así como que no era lo mismo un minuto quemándose con un cigarrillo en un muslo que un minuto con una estupenda señorita sentada en los mismos. ¿Leyenda? ¿Verdad? Es igual. La explicación es tan clara como los números correteando como hormigas por la pizarra del aula.

Y así entendemos todo lo que ocurre a nuestro alrededor. Desde cómo entender un término, hasta dónde llega tu percepción de dolor o miedo. Matar es siempre lo mismo: matar, quitar la vida a otro. Y punto. ¿Por qué y cómo? Ya es otra cosa. No es lo mismo matar por odio que de forma fortuita, sin querer, sin proponérselo uno. Matar por aborrecimiento a un semejante porque no nos gusta su color de piel o su forma diferente de entender la sexualidad, que matar porque lo empujamos en una discusión y se golpeó la cabeza al caer; discutir por un móvil y darle una paliza a alguien por creer que nos está grabando, que sentir el odio hacia un pobre muchacho por entender que es homosexual y eso es algo asqueroso que hay que erradicar de nuestra sociedad. Todos son crímenes que nos horrorizan, pero más temblor nos produce una muerte a puñaladas cuando cada una de ellas está cargada de odio y sinrazón, que una caída imprevista provocada por un empujón de mala suerte y no es lo mismo un atropello involuntario que uno cargado de alcohol y drogas. Siempre hay matices.

Evidentemente no es lo mismo maltratar que ser maltratada. El maltrato al otro, sea animal, humano o extraterrestre, es siempre maltrato, no valen eufemismos. Hasta ahí lo tengo muy claro. ¿La percepción del maltrato? Esa es la clave. Puedo entender por maltrato palabras, acciones, gestos, genio y figura. Cualquier síntoma del otro puede ser interpretado como daño si para mí el daño es una sonrisa más pronunciada que otra, una lágrima a destiempo, un guiño de ojos, un beso volado, una frase inoportuna, etc., etc., etc. Aquellos que denominamos susceptibles pueden herirse con mayor facilidad que los que no lo son y no digamos los que son de corcho y nada les afecta y todo les resbala. A esos nadie los maltrata, estoy segura.

Me imagino que todo eso se estudia en derecho y se analiza en los tribunales especializados no en casa delante de una televisión en la que nos dan las noticias según convenga a qué o a quiénes. Y no digamos si lo que juzgamos viene avalado por eso que llamamos la mayoría. La relatividad nada tiene que ver con la mayoría. La mayoría no es lo mismo que lo absoluto. Y la verdad, mis queridos amigos, no es verdad absoluta, aunque la predique la mayoría, como no lo son los gobiernos ni las opiniones de los gobiernos ni los juicios que hacen algunos medios a personas o a hechos concretos por mucho que la mayoría se empecine en ello (ruego que recuerden siempre aquello de que millones de moscas comen mierda). Erigirse en jueces algunos presentadores de televisión incluso algunas ministras y declarar culpables a otros e incluso defender un pensamiento único porque ese es “su” pensamiento y “su” verdad, no es de recibo. Es una falta grave de objetividad. Algo parecido a las leyes que procuran los gobiernos que no siempre son bien recibidas porque siempre existen opiniones y criterios diversos a la hora de analizar las causas y los fines. Y, hoy por hoy, me considero lo suficientemente adulta como para discutir cualquiera de esas afirmaciones elevadas a sentencia. Y si no, ¡Pónganme a prueba!

Elsa López

11 de julio de 2021

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Publicado el
11 de julio de 2021 - 22:00 h

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