Los sueños de los niños migrantes de Canarias: entre la esperanza y la incertidumbre

Menores en el albergue de Ayagaures. (ALEJANDRO RAMOS)

En el interior del barranco de Ayagaures (zona sur de Gran Canaria), color arcilla, montañas rectilíneas, salpicado de cardones y palmeras y por algunas casas unifamiliares se perciben algunos sonidos. Se oye el piar de las aves y algunas voces en español con acento canario procedentes del bar o de los operarios que se afanan en hacer sus labores matutinas. Pero desde hace unos meses también se escuchan por esta única calle soninké, bambara, dariya y francés. Son las voces de lo que se habla en Mali, Sáhara Occidental o Senegal. Son las voces de los niños que desde hace unos meses tienen un hogar provisional en este enclave de Gran Canaria. Son las voces de los conocidos como menas. Pero detrás de ese acrónimo están los sueños de Oumar, Hamady o Khalid de ayudar a sus familias, las aficiones de cualquier chico de su edad, un drama familiar y la valentía nada usual por este lado del Atlántico de dejar atrás su hogar para construir un futuro con algo de esperanza.

Los menores extranjeros que cumplan 18 años no se quedarán en la calle

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El centro Deamenac de Ayagaures donde residen estos chicos, gestionado por la asociación Nuevo Mundo- entidad colaboradora de la Consejería de Derechos Sociales del Gobierno de Canarias en esta materia-, es en realidad un dispositivo de emergencia donde permanecen hasta que se confirme su minoría o mayoría de edad. Después, en el caso de ser menores, esperarían en este espacio hasta que se les asigne una plaza en un centro de la red de protección de menores. En este recurso alojativo, que en la actualidad acoge a 22 menores de entre 16 y 18 años de Mali, Sáhara Occidental y Senegal, se realiza un trabajo integral por el que se les imparte clases de español y talleres de sensibilización y se les realiza un seguimiento médico, según detalla la directora del centro, Nereida Sánchez. 

“No tengo trabajo. Mi familia tampoco tiene dinero”

Siou, cabizbajo, habla sin apartar la mirada del suelo y con las manos en los bolsillos. Este niño de Mali que llegó en marzo, de cuerpo menudo, con un hilo de voz repite como un mantra que está solo y quiere un trabajo. No tiene familia ni en España ni en Francia, país colonizador de Mali y en el que residen muchos de sus compatriotas. Es huérfano de padre y madre con dos hermanos pequeños en su país. “Yo vine aquí a España porque en Mali no tengo trabajo, mi familia tampoco tiene dinero. Y mi madre y mi padre se murieron”, confiesa. Él es el responsable de sus dos hermanos menores que viven con otros familiares en su país, los cuales tampoco tienen dinero. “Solo quiero un trabajo”, repite. Aspira a trabajar de lo que sea. 

La pretensión de Siou es la habitual entre los niños del centro. Todos han venido para poder encontrar un trabajo fuera de sus países y poder ayudar a sus familias. Sin embargo, hasta que no se certifique su minoría de edad hay cosas que no se pueden hacer por ellos. Como estudiar. 

Hamady es un niño senegalés de 16 años que llegó a finales de febrero desde Marruecos. Aún está a la espera de la realización de la prueba ósea y se queja de esa demora. Vive con una mezcla de emociones, ya que quiere poder empezar a estudiar para después trabajar. “Tengo clases de español, pero no es lo mismo que el colegio”. Le gustaría poder estudiar para ser mecánico. Sus ojos pequeños no le impiden esconder una voluntad tan grande como ser capaz de dejar su hogar siendo menor de edad: “Vine por mi futuro y para ayudar a mi familia”. De hecho, con sus familiares habla regularmente y de ellos recibe palabras de ánimo y de paciencia: “Me dicen que así es la vida, que no es fácil pero que no me desanime, que todo estará bien”. 

A su madre, el pequeño Khalid, de Dajla, no le confesó que un día partiría en patera hacia las Islas Canarias. “No le dije adiós. Yo le dije a mi madre que iba a pescar, ya que antes tenía una caña para pescar. Y en verdad cogí la patera”. Recuerda que después de cinco días llamó a su madre: “Le dije `hola, mamá, ahora estoy bien, ahora estoy en España’. Y se alegró”. Confiesa que vino solo porque era un trayecto quería hacer así, tampoco con algún amigo, para mejorar las condiciones de vida que tenía en el Sáhara, para tener libertad y poder ayudar a su familia. “Yo quiero un futuro bueno, no quiero volver a Marruecos. No hay nada, no hay libertad”, recalca. 

Durante el día, este chico de carácter despierto y con desparpajo y al que le encanta la tortilla de papas, también tiene sus momentos de dispersión junto con el resto de sus compañeros, como ver la televisión, jugar a la videoconsola o al fútbol. Se confiesa seguidor del Real Madrid y de Cristiano Ronaldo. También como gran parte de sus compañeros. 

“El miedo no iba cambiar mi decisión de venir”

Oumar sueña con ser futbolista. Este niño de Nara, Mali, es el segundo hombre de su casa, ya que su hermano mayor reside fuera. De modo que se quedó a cargo de sus padres. “Mis padres son mayores y me tengo que buscar la vida para poder sostenerlos con mi ayuda. Porque mis tíos no dan, no están para ayudar a mis  padres, entonces yo me tengo que buscar la vida para poder ayudar a mi familia”. Recuerda que en un primer momento sus padres eran reticentes a que emprendiera este proyecto migratorio, pero al final logró convencerlos. “Yo tenía intención de venir porque tenía un tío aquí, pero él falleció. Sin embargo, eso no hizo cambiar la decisión”. Ni el hecho de saber que no tendría familia en la Isla ni el miedo por viajar solo fueron capaces de despejar de su mente la idea de partir. “Tuve miedo, pero para nuestra cultura, un hombre tiene que estar preparado para aguantar el sufrimiento de la vida o  lo que surja. Eso lo tenía claro. El miedo no iba cambiar mi decisión de venir”, explica con una madurez impropia de su edad. 

Zacarías tampoco tuvo miedo de partir solo. Natural de Dajla, este adolescente recalca que aquí está solo, sin familia, sin sus padres y sus hermanos y eso es lo que le impide estar bien completamente. Suele hablar con su familia, sobre todo con su madre, quien le dice que debe estar tranquilo: “Siempre que hablo con ella le digo que aquí todo está bien para que ella no se enfade, para que esté tranquila”. Como tiene el diploma de barbero obtenido en Marruecos, su sueño es poder desempeñar esta profesión aquí, al igual que uno de sus compatriotas que llegó hace años de la misma manera que él y ahora regenta una barbería en Las Palmas de Gran Canaria. 

“Nosotros tenemos una forma de ver la madurez diferente a la de aquí”

Aboubacar Drame es un joven de Kayes, Mali, que llegó solo en 2006 a Gran Canaria cuando tenía casi 17 años. Fue un menor tutelado acogido en un centro de Mundo Nuevo, donde ahora trabaja como técnico e intérprete con niños que viven la misma situación que él experimentó hace 14 años. Drame explica que un menor, sobre todo subsahariano, cuando cumple los 12 años ya no quiere depender de sus padres. Al entrar en la adolescencia los menores ya son considerados hombres  y “tienen que madurar”. Por eso, subraya que el concepto de madurez en estas realidades es diferente al que existe en Europa. “Aquí la madurez tiene que ver con ser más educativo, más sociable. Pero a nosotros nos preparan para buscarte la vida. No importa si eres más humano o más sociable. Debes saber prepararte para la vida”. Esto se traduce en la capacidad de realizar trabajos que en Europa serían impensables para un niño o en el hecho de viajar solos. Este contraste con la realidad cuando llegan a Canarias les cuesta asimilarlo. No entienden por qué siendo menores no pueden trabajar cuando para ellos este factor no ha sido un impedimento hasta entonces. De hecho, algunos ya pueden llevar años trabajando fuera de sus casas en otras regiones de sus países. 

“Yo cuando llegué tuve amigos a los que le dieron la mayoría de edad por la prueba ósea. Ellos me dijeron que estaban en Almería trabajando y a mí me costaba porque yo estaba ansioso por salir. Y esto le pasa a muchos de ellos. Por eso muchas veces los intento convencer de que ser menor es una oportunidad para ellos. Que lo aprovechen”. 

Drame no solo los guía, sino que además les advierte de cuál es la realidad del mercado laboral en España con respecto a la población africana migrante. “Les digo que se preparen porque muchos de ellos van a tener dificultades para encontrar trabajo, que no piensen que aquí todo es fácil, que muchos de ellos van a terminar en Almería y trabajando en la finca”. Además, les muestra vídeos de las condiciones de vida de las personas africanas en los invernaderos del sur español: “A algunos les cuesta creerlo y me dicen que eso es como si fuera África”. Además, les matiza que seguramente algunos de ellos están aquí gracias al puesto de trabajo de alguno de sus hermanos en los invernaderos y al dinero que ha ganado trabajando en esas fincas y con esas condiciones de vida. “Nosotros, por la manera en la que venimos, es lo que nos espera, primero tenemos que aceptar trabajos que nadie quiere. Hay que ser realistas en la vida” recalca. 

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