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Un apagón menos en Canarias

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Ante cuatro días de teórico asueto, al menos en Madrid, conviene pertrecharse de argumentos. Encaminé mis andares hacia el Hotel Ritz, donde esperaba encontrar al ectoplasma de Buenaventura Durruti, al que hacía más de un mes que no frecuentaba. Inútil. Subí hacia el Palace: tampoco. De pronto, el ectoplasma de Adolfo Suárez, que pocas veces se deja ver y comparte ciertas complicidades con el anarquista leonés, me saludó desde una esquina: “No lo busques por aquí. Está en el hotel Wellington preparando la feria de San Isidro con apoderados y toreros”. Sin capacidad de respuesta, me dirigí al hotel de la calle Velázquez, famoso por acoger, desde siempre, a gentes del mundo taurino. Sometido a sucesivas reformas y propiedades, conserva el encanto único de su ubicación. “Hay que nacionalizar a las eléctricas”. Ni hola, ni buenos días ni cómo estás. Y a continuación, tres apellidos: “Barrié, Oriol y March. ¿Sabes que tienen en común? Los tres apoyaron a Franco en el golpe y en la guerra civil, los tres eran los dueños de las principales compañías eléctricas de este país. Los tres siguieron siéndolo durante la dictadura a pesar de las múltiples nacionalizaciones en todos los sectores”. Y Durruti continuó hablando y debatiendo con las sombras de toreros ilustres y sus apoderados. Las cuadrillas pululaban por el vestíbulo, todos ectoplasmáticos, con lo cual solo yo podía verles. Uno me pareció Manolete, pero me confundí: era el actor Adrien Brody, en carne y hueso. A saber lo que hace por aquí.

Ya en la calle, tomé un taxi, o el taxi me tomó a mí. “A la calle Tutor, a la librería Alberti”, solicité. Cuando solo llevábamos horas de recuperación del apagón histórico y estrambótico, la conversación fue inevitable. “Canarias se ha librado”, dije. Son las ventajas de la ultraperificidad, pensé. Pero no: Baleares, Ceuta y Melilla también se libraron y son bastante periféricas respecto al continente, a los continentes incluso. El taxista me contó que el lunes no trabajó mucho, aunque lo que hizo fue muy concentrado por la duración de los trayectos, por los atascos. También me dijo que eso le permitió volver pronto a casa y hablar como nunca con sus dos hijas adolescentes dado que no podían conectarse al móvil ni a nada. Extraña paradoja, el apagón avivó el diálogo intergeneracional.

Decidí celebrar la nueva luz con alguna compra, de libros, de colonia y de una mochila de marca francesa que me pareció muy apropiada para mis desplazamientos cargado siempre de papeles, libretas y libros. Qué bien.

Añoré la ciudad de mi acogida postbarcelonesa, Las Palmas de Gran Canaria, hace casi treinta años. La añoré mucho y la añoro siempre. Recordé el primer paseo, largo, buscando el centro de la ciudad sin encontrarlo. De las Canteras a Vegueta. Una parada en la terraza del hotel Madrid despejó mis dudas: viviría al lado de la catedral, cerca de mi despacho. Pero eso ya es otra historia, casi cortazariana: queremos tanto a Canarias.

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