La búsqueda del aura de Yonathan y Jacobo: crispación y acoso en La Mareta
Como en veranos anteriores, durante el pasado mes de agosto se sucedieron varios episodios de crispación y acoso ante La Mareta, la residencia oficial de Costa Teguise en la que el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, pasó unos días de descanso. Protestar es un derecho democrático, pero convertir la discrepancia en hostigamiento personal es otra cosa: es confundir la libertad de expresión con la licencia para importunar. Y hacerlo deteriorando deliberadamente la imagen de Lanzarote, con el propósito de arañar notoriedad política fuera de la isla, resulta todavía más irresponsable. Hay quien, a falta de proyecto, lleva un megáfono. Ocupa menos que un programa electoral y hace bastante más ruido.
Entre quienes más se han esforzado por sacar rédito de este clima sobresale el alcalde de Arrecife, Yonathan de León. Su sobreactuación parece destinada tanto a su parroquia política como a la pugna interna por el liderazgo del PP de Lanzarote, en la que cuenta con la cercanía del consejero del Cabildo Jacobo Medina. La agitación también le permite representar el papel de dirigente fuerte en un momento delicado, después de que la Fiscalía Provincial de Las Palmas presentara una querella por presuntos delitos de prevaricación administrativa, malversación de caudales públicos y fraude a la Administración. Cuando el suelo tiembla bajo los pies, algunos suben el volumen de los altavoces.
El alcalde ha tratado de sobresalir incluso entre los sectores más exaltados de la extrema derecha, elevando el tono y multiplicando sus apariciones públicas como si estuviera en un casting permanente. Algunas coberturas televisivas, como la ofrecida por la televisión insular de Tenerife, que llaman canaria, han contribuido a convertir el aspaviento en espectáculo. Pero la desmesura no engrandece a quien la practica. Más bien delata la ansiedad de ser visto y la pretensión de medirse, a fuerza de decibelios, con un adversario de mucha mayor dimensión institucional. Aunque todavía no se ha demostrado que el ruido fabrique un político de talla.
No es la primera vez que un alcalde de Arrecife intenta convertir las vacaciones de un presidente del Gobierno en una oportunidad para la confrontación. El exalcalde Cándido Reguera, también del PP, hizo algo parecido con José Luis Rodríguez Zapatero cuando este también se alojaba en La Mareta. Entonces, varias empresas turísticas canarias contrataron páginas publicitarias en la prensa de las Islas para darle la bienvenida y agradecerle que eligiera Lanzarote y el archipiélago. Comprendían, con buen criterio, que la presencia de una personalidad de esa relevancia producía un efecto promocional positivo para un destino turístico maduro. Reguera captó el mensaje y guardó silencio. Hoy, en cambio, sorprende la pasividad de unas organizaciones empresariales que deberían defender con mayor claridad y determinación los intereses generales de la isla.
Yonathan de León y Jacobo Medina rompen así con una tradición profundamente conejera: la hospitalidad. En vez de procurar que quienes nos visitan se sientan cómodos y bien acogidos, presentan su estancia como una provocación. Lo sensato sería favorecer que el actual presidente, sus sucesores y cuantos mandatarios extranjeros puedan hacerlo visiten Lanzarote. Recordemos que por La Mareta también han pasado Felipe González y José María Aznar, aunque no como una elección personal para disfrutar de unas vacaciones, sino por razones de Estado. En cualquier caso, la proyección mediática de esas estancias ayuda a mostrar lo que la isla es de verdad: una tierra de gente amable, hospitalaria, educada y abierta al mundo.
Una democracia adulta distingue entre fiscalizar a un gobernante y acosar a una persona; entre rebatir decisiones públicas y perturbar deliberadamente su descanso familiar. La oposición útil se construye con argumentos, alternativas y control institucional, no con gritos ante una residencia oficial ni con la búsqueda ansiosa de una fotografía para las redes sociales.
La misma contradicción aparece en el discurso sobre la inmigración. Quienes invocan continuamente una supuesta defensa de los valores occidentales olvidan con frecuencia algunos de sus fundamentos culturales. En la tradición griega, Zeus protegía al huésped y al extranjero; en el cristianismo, Jesucristo situó en el centro el amor al prójimo, también al desconocido, al diferente y al necesitado. No se trata de transformar la política migratoria en una clase de catecismo o mitología, sino de recordar que ninguna sociedad se ennoblece humillando a quien llega en situación de necesidad.
Mientras tanto, las personas migrantes alojadas en un centro situado a las afueras de Arrecife, junto a la carretera de San Bartolomé, recorren a pie largas distancias para acceder a la ciudad y a sus servicios. El alcalde se opone a que este tipo de instalaciones se integre en el espacio urbano, pero después utiliza la inmigración como munición política y convierte a las personas en atrezo: lejos cuando necesitan servicios y muy cerca cuando hacen falta para un titular. No es gestión; es escenografía.
La Mareta debería entenderse como un activo institucional y promocional de Lanzarote. En lugar de competir por ver quién consigue hacer más incómoda la estancia de sus huéspedes, habría que valorar que sea elegida por presidentes españoles y visitantes internacionales. Aislar a Lanzarote de los centros de decisión no fortalece nuestra autonomía; reduce nuestra capacidad de interlocución y nos empequeñece. Una isla inteligente abre puertas y plantea reivindicaciones. Una isla mal representada cierra puertas, grita desde la acera de enfrente y luego protesta porque nadie la invita a entrar.
Ya ocurrió algo semejante cuando el PP combatió, en 2009, el proyecto de recuperación de una playa situada donde estuvo el antiguo vertedero de Arrecife, en el entorno del actual parque temático, cuya financiación iba a asumir íntegramente el Ministerio de Medio Ambiente. La campaña terminó frustrando una importante inversión que acabó beneficiando a otro territorio. La playa tenía casi 500 metros de longitud y estaba presupuestada en 6,7 millones de euros. No todos los días se consigue perder una playa y seis millones largos sin tener que pagarlos. ¡Chiquita hazaña! Es una vieja paradoja insular: algunos dirigentes reclaman atención del Estado mientras trabajan con notable eficacia para que las oportunidades, las inversiones o las visitas institucionales se vayan a otra parte.
Siguiendo esta estela, cualquiera diría que Yonathan y Jacobo no han encontrado mejor manera de obtener crédito público y moldear una personalidad política propia que imitar a la derecha más rancia mediante el moderno método de «farmear aura». El procedimiento es sencillo: se localiza una cámara, se adopta expresión severa, se eleva la voz y se espera a que el algoritmo haga el resto. El problema es que el aura digital dura lo que tarda el usuario en deslizar el dedo.
Pero Lanzarote no necesita guardianes de la pureza política apostados ante La Mareta ni campeones insulares del aspaviento. Necesita representantes capaces de discrepar sin degradar la convivencia, de defender los intereses de la isla sin convertirla en una trinchera y de comprender que la hospitalidad no es sumisión. Recibir correctamente a quien nos visita no implica renunciar a la crítica; implica ejercerla con inteligencia, educación y sentido de isla. Precisamente aquello que más escasea cuando el megáfono sustituye al argumento, la cámara al trabajo y el ruido a la política. Insistimos en que a las personas con determinados comportamientos las llamamos arruajes.
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