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¿Castellano en Canarias?
Referido al mundo del lenguaje, el gentilicio castellano suele entenderse, grosso modo, en cuatro sentidos sustancialmente distintos: a) en el sentido de ‘dialecto romance propio de la antigua Castilla’, en oposición al leonés, el aragonés, el catalán y el gallegoportugués; b) en el sentido de ‘variedad de español que se habla en Castilla y zonas aledañas’ (con soluciones tan singulares como la sibilante interdental /θ/ (z) y un consonantismo muy tenso, por ejemplo), en oposición a las variedades de español habladas en Extremadura, Andalucía, Canarias, América, etcétera, que son seseantes y disponen de un consonantismo más relajado que aquella; c) en el sentido de ‘español normativo, académico, estándar, escrito, formal o correcto’, en oposición a ‘español coloquial’, sea de la geografía que sea, considerado habitualmente como secundario, e, incluso, incorrecto o vulgar. Es, por ejemplo, lo que quería decir María Zambrano cuando afirmaba que Unamuno “no sabía hablar castellano”. Según el parecer de esta ensayista y filósofa malagueña, el escritor vasco no sabía hablar castellano porque no se atenía a los preceptos ortográficos, gramaticales y léxicos de la Real Academia Española, que serían, según ella, los únicos legítimos y que don Miguel repudió siempre por activa y por pasiva en decenas de artículos de periódicos y en no pocos de sus libros. De esta particular acepción, proceden las connotaciones de prestigio que suele implicar nuestra palabra. Llamar “castellano” a la lengua española ha sido siempre mucho más chic que llamarla “español”; y d) en el sentido general de ‘lengua española’, de sistema fónico, gramatical y léxico invariante que emplean de manera más o menos diversa unos 700 millones de personas en más de veinte naciones de Europa y América, en oposición a francés, inglés, italiano, alemán, catalán, portugués, ruso, chino, árabe, etcétera.
¿Hasta qué punto está justificada la enojosa polisemia que comentamos, que tanto han ocupado y preocupado, dicho sea de paso, a lingüistas de la talla de un Amado Alonso o un Rafael Lapesa y a instituciones como la citada Real Academia Española? La primera de sus acepciones está enteramente justificada porque, por haber nacido en Castilla, castellano es, en efecto, el nombre que corresponde al dialecto en cuestión. La lengua del condado de Castilla era el castellano, como la del viejo reino de Aragón era el aragonés y la del antiguo reino de León, el leonés. La segunda de las acepciones de nuestro gentilicio es también coherente (acaso la más), porque hace alusión a la particular forma que tiene el pueblo castellano de usar los procedimientos fónicos, gramaticales y léxicos de la lengua española; su variante más antigua. Por la misma razón que en Andalucía se habla el español “al modo andaluz” y en Canarias, “al modo canario”, en Castilla se habla el español “al modo castellano”, con sus propios localismos fónicos, gramaticales y léxicos.
La tercera de las acepciones de nuestra voz carece enteramente de justificación, puesto que, como nos ha enseñado la lingüística moderna, todas las realizaciones concretas de las lenguas naturales son igualmente legítimas. Concretamente en español, tan legítimo como el español reglado por la Real Academia es el español de México, el de Argentina, el de Colombia, el de Cuba o el de Canarias. Las lenguas naturales no son monocéntricas; son policéntricas. Si queremos hablar de normas cultas, escritas o formales en nuestro idioma, lo correcto es hablar de “español culto, escrito o formal de España”, “español culto, escrito o formal de México”, “español culto, escrito o formal de Argentina”, “español culto, escrito o formal de Cuba” y así sucesivamente, como se ha dicho ya tantas veces. Y la cuarta acepción que consideramos carece hoy de justificación histórica, porque el castellano (es decir, la lengua de la antigua Castilla) dejó de ser “castellano” y se convirtió en “español”, “lengua hispana” (como quería Borges) o “sobrecastellano” (como prefería decir Unamuno) desde el momento en que se extendió por toda España, con la llamada Reconquista, y por el Atlántico (Canarias y América, sobre todo), con las expansiones ultramarinas españolas de los siglos XV y XVI, se enriqueció con las múltiples aportaciones de los nuevos pueblos castellanizados, para poder dar satisfacción a las necesidades expresivas de comunidad humana tan amplia, y se convirtió en lengua internacional. La lengua de ese soberano país llamado España, que hasta el siglo XIX se extendía desde Europa hasta América, no era ya el castellano, sino el español. Bien es verdad que la independencia de las tierras americanas produjo un desajuste nominal entre el nombre de la lengua y el de las nuevas naciones, pero, en aras a la comprensión, todos aceptaron en mayor o menor medida la antigua denominación.
Que su lengua materna es el español, y no el castellano, es cosa que tienen meridianamente claro los canarios, que hablan siempre de español de Canarias, y no de castellano de Canarias, que sienten como un malsonante oxímoron. Las zetas, las jotas, las ches, las eses apicales y los vosotros y ustedes de los castellanos se compadecen muy poco con su seseo, su pronunciación relajada de velares y palatales, sus aspiraciones de /s/ implosiva y su neutralización de la oposición pronominal vosotros / ustedes, en favor de la forma ustedes. Por eso resultan tan extrañas a su sensibilidad idiomática, pronunciaciones castellanas como /ˈθaNxa/ (de zanja), /θeˈɾeθa/ (de cereza), /ˈxot̪a/ (de jota), /muˈt͡ʃat͡ʃo/ (de muchacho) y /las̺ ˈolas̺/ (de las olas), por poner unos cuantos ejemplos de los fenómenos que comentamos. Pero, si la palabra castellano en el sentido que nos ocupa constituye hoy un flagrante anacronismo, ¿por qué siguen hablando de “castellano” tantos particulares, la Constitución española y no pocos hispanoamericanos? Ni siquiera el gran Andrés Bello, con toda su sabiduría idiomática, pudo liberarse de esta secuela histórica, como demuestra el nombre de Gramática de la lengua castellana (destinada al uso de los americanos) que puso a su iluminador tratado idiomático. Como es lógico, esta contumacia no carece de explicación. Muchos particulares siguen llamando “castellano” al español por venerable rutina, pedantería o recurso estilístico, para evitar en la escritura repeticiones del nombre verdadero de la lengua.
La Constitución española del 78 llama “castellano” al español por razones políticas. Para ella, el español no podía denominarse “español”, porque, según su forma de entender, tan españolas como el español eran las otras lenguas del Estado (catalán, aragonés, leonés, gallegoportugués y vasco), ignorando que, en puridad, estas lenguas no son “lenguas españolas” (con complemento adjetivo, que afecta a todo el nombre que lo rige), lenguas de todos los españoles, sino “lenguas de España”, con complemento nominal, que sólo afecta parcialmente al nombre que lo rige. El catalán, el aragonés, el leonés, el gallegoportugués y el vasco no son “lenguas españolas”, sino “lengua catalana”, “lengua aragonesa”, “lengua leonesa”, “lengua gallegoportuguesa” y “lengua vasca”, respectivamente, porque es en Cataluña, Aragón, León, Galicia y Vasconia donde se hablan. La única lengua verdaderamente española (es decir, de todos los españoles) es la lengua de Cervantes.
Las consecuencias de esta lamentable decisión de los padres de la Constitución no han podido ser más graves. En primer lugar, no han podido ser más graves porque ha roto con el consenso tácito que se había alcanzado ya en muchos países hispanohablantes y en la comunidad internacional (inglés, Spanish, francés, espagnol, italiano, spagnolo, alemán, Spanisch…) para designar la lengua con el nombre que más propiamente le corresponde, que es el de “lengua española” o “español”. En segundo lugar, no han podido ser más graves porque ha dado alas a la enojosa ambigüedad de designar el todo (‘lengua española’) y una de sus partes (‘español hablado en Castilla’) con la misma palabra, perpetuando así la confusión que la misma implica. En tercer lugar, no han podido ser más graves porque relaciona la lengua con una de sus modalidades exclusivamente, silenciando las demás. Si la lengua es de los castellanos, sólo los castellanos tienen derecho a decidir sobre ella. En cuarto lugar, no han podido ser más graves porque ha opacado el verdadero lugar que ocupa lo que llama “castellano” en España, que es el de lengua oficial del Estado, cosa que no ocurre con las otras, que, como señalamos ya, son lenguas regionales o autonómicas. Se trata de “lenguas de España”, sí, porque en alguna parte del territorio español se hablan, pero no de “lenguas españolas”, lenguas de todos los españoles; y menos todavía de todos los hispanos. Y, en quinto lugar, no han podido ser más graves porque la decisión constitucional que comentamos no ha hecho otra cosa que meter confusión en la enseñanza de la lengua española en los centros educativos de nuestro país, obligándolos a denominar con un nombre inexacto, con el nombre inexacto de “Lengua castellana”, una asignatura que tiene por objeto explicar los principios fónicos, gramaticales y léxicos de la lengua española y sus manifestaciones en la realidad concreta del hablar, desde Castilla hasta América, pasando por Andalucía y Canarias.
A pesar de lo que dice la Constitución, lo que se explica en los centros educativos de España no es lengua castellana, que es -repetimos- la modalidad lingüística de Castilla, sino lengua española, que es la lengua de que se han valido tanto los castellanos como los andaluces, los canarios y los americanos para construir su mundo particular: el mundo castellano, el mundo andaluz, el mundo canario y el mundo americano; todos ellos hechos con los mismos procedimientos fónicos y semánticos; los procedimientos fónicos y semánticos de la lengua española. Y, por último, las gentes de determinados países hispanoamericanos (y también muchos nacionalistas españoles, entre ellos, algunos canarios) llaman “castellano”, y no “español”, a la lengua española, por razones ideológicas: para evitar el nombre de la metrópoli que este lleva implicado, de la que no quieren ni oír hablar, por sus tradicionales arrogancia e intransigencia, sin percatarse de que, con sus americanismos, guanchismos, portuguesismos y sus más o menos ingeniosas creaciones fónicas, gramaticales y léxicas propias, la lengua española es tan propiedad de ellas como de los españoles peninsulares.
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