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El día padre

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Insiste Cristina, que todavía está viviendo aquí –hay que ver dónde es aquí- que no entiende como tenemos la cara de celebrar el día del patriarcado el 19 de marzo. Confieso que no le entiendo, puede que esté ofuscada con su lectura presente, Todos los hombres del presidente, y otra en ciernes, una novelita de Carrère. Puede incluso que quiera cargar contra ese poder nefasto de los patriarcas, yo también, y sus primavera, veranos y otoños. Yo también. Y así inicio un monólogo interior poco edificante:

Los padres que reflexionan con sus hijos: un diálogo imposible. Cuando los padres se dan cuenta de la inutilidad del esfuerzo, los hijos desconectan. Cuando los hijos desean curiosear y hablar con los padres, ya es demasiado tarde. La relación paterno-filial masculina no es una relación limpia, es turbia en su propia esencia. Todos somos padres en permanente estado de desaliento, por lo que no podemos decir, por lo que sí podemos decir, por lo que nos gustaría decir y no decimos, por lo que desearíamos proyectar y no proyectamos, por la complicidad que intentamos y la distancia que conseguimos. Sería mayor sin paciencia y con denuedo. A aguantar tocan. Hay un cierto poso de maldición y de condena: así fuiste, así te lo pagan. La relación infantil con el padre puede ser preciosa. La cuestión de lo que sea o haya sido tu padre poco importará mientras forme parte de la narrativa épica de la infancia. En los años siguientes, suele trastocarse sobre todo cuando el sujeto infante entra en relación contradictoria con otras realidades. Entonces, el mecanismo épico no funciona y todo lo relacionado con la familia, incluido el padre, se convierte en un estorbo. Hay una cierta maledicencia en todo ello. Una suerte de condena: tales relaciones nunca salen bien, su esencia es el desastre y su culminación la afectividad frustrada, todo lo que pudo ser y no fue, todo lo que se dejó de hablar y no se habló.

“La mejor épica se concentra en un buen plato. ¿Dónde vamos a comer para la celebración del santo y del padre?” me espeta Cristina, quizás un tanto espantada. “Lo mejor es siempre un buen pescado, modesto y solícito” le digo en un afán de reconciliación. Nos vamos al Café Varela de Madrid, donde nos sirven unas ostras viejas y un lenguado del pleistoceno por su grosor. “De estos ya no se hacen” nos dice el camarero dejándonos un tanto estupefactos. “¿Es de piscifactoría?”, preguntamos. “Por favor, no nos insulte, aquí no hay de esas cosas”, responde ofendido ante una foto añeja de los hermanos Machado, que frecuentaron el local.

Con los postres, macedonia de frutas y filloas, Cristina vuelve al ataque: “¿Sabes que Woodward y Bernstein al principio se llevaban fatal?”. “Sí, se ve un poco en la película de Pakula”, digo. “No se ve nada, atisbos, ocultaciones del patriarcado en un contexto de desprecio a las mujeres periodistas, por cierto”.

Es evidente que el libro le está sentando muy bien. Pedimos café y licores, y brindamos, por su padre, un hombre elegante, por el mío, que también lo fue, y por mí, al fin. Viva el sufrido San José.

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