Un día cualquiera
Te acuestas después de un día cualquiera, y el sueño no viene. Será porque para dormir es necesario que los días sean plenos de emociones, como sostiene Pereira y alguien más. Se levantó con la noticia del premio AENA de narrativa y corrió a buscar la obra premiada: agotada en todas partes. En la Casa del Libro de Gran Vía de Madrid, conocida durante muchos años como librería España Calpe, un vendedor-encargado animoso, le recomendó tras recopilación de relatos de la autora argentina ganadora, pero tampoco había existencias. Inútil recomendación. Sí compró el último de Mendoza, con muy poca ilusión después de la aburrida lectura del anterior, y una nueva edición de las memorias o autobiografía de Felicidad Blanc, ¿alguien sabe en el país de hoy quién fue esa señora? “Te crees muy listo y único: la madre de los Panero, la auténtica protagonista de aquella película desgarradora, El desencanto, que seguro no has visto”. Que no he visto esa película… pienso pero no digo mirando a Cristina interpeladora. Desde aquella primera vez en el colegio Lasalle de Santiago de Compostela, en su enorme salón de actos, solo en la butaca y en las mientes. Hasta ahora, ¿cuántas veces? Sorprende cómo se ha ignorado en las conmemoraciones democráticas o predemocráticas del año pasado: igual se reservan para este año que cumple cincuenta. Da para una jornada de debates y soliloquios sobre la familia, la transición, el franquismo, lo que quieras, y, sobre todo, la poesía. Quizás por eso no interese a las mentes que organizan esos saraos. Vaya usted a saber: es muy iconoclasta incluso para estos timpos.
Con las mismas, nos vamos a Ortega y Gasset, calle, y en su casi único quiosco compramos El País tardío, que está de aniversario para sí mismo, y contemplamos libros. Un quiosco repleto de libros este, me digo también con mirada oblicua. “Podías regalarme algo…”. El quiosquero, que la ha oído, me acerca las memorias o lo que sea de Máximo Pradera. Se las ofrezco a Cristina: “¿Y este quién es? ¿Un cantante?”. En fin, las compro para mí y le regalo La hora violeta de Monserrat Roig, en una preciosa reedición de casi lujo. Tampoco la conoce, pero prefiere recompensarme con silencio. Al fin y al cabo, hoy es 14 de abril, día de la República, y merezco un poco de cariño.
Nos vamos a cenar algo a la terraza del “52” de la misma calle, y nos ofrecen cecina de León. “Será por los Panero”, digo en sombra. “¿Qué tiene que ver los Panero con la cecina, serás mastuerzo”. No respondo tampoco. No hay cócteles ni carne comestible. Nos complacen unos boletus con jamón y una torrijas. Nos vamos a la coctelería del Meliá Fénix en busca de gimlets, y nos atiende Carola, que es de Valladolid y ejerce. Sobre este bar, algunos tienen alucinaciones como puede leerse hoy 15 al pontevedrés Jabois en El País. Como casi confiesa, lo confunde con el Balmoral que estaba calle arriba. Al cuarto, Cristina me pide un taxi pero yo le invito a dormir en el hotel, para celebrar la República. Acudimos a la viuda de Clicqot (recomiendo la película sobre ella) y a unas trufas heladas. Nos quedamos dormidos viendo Chacal, una obra maestra de Fred Zinnemann y Edward Fox como protagonista. A las tres de la mañana nos pusimos a cantar la Marsellesa en una resurrección muy del momento. ¡Viva la República!, española, por supuesto.
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