El Guernica en su sitio
La fatua polémica sobre la ubicación provisional del cuadro Guernica en Euskadi, nos despreviene en Zamora, de visita en su catedral. “Tienes un pariente que fundó la Adoración nocturna en España”, me dice una Cristina desatada. “Era un carlista de Viveiro”, respondo lacónico. Siempre pasa lo mismo en la catedral de Zamora, la compañía se encuentra con el sepulcro de Luis Trelles y Noguerol y me lo sueltan a la cara. Escurro el bulto: “Obras de arte que vienen y van”. El cuadro de Picasso viajó mucho por Europa y por Estados Unidos, antes de fijarse en el MOMA hasta 1981 para llegar al Prado y al Reina Sofía. “Eso ahora da igual”, insiste Cristina que está como un personaje de Torrente 7 u 8. “Pronúnciate”. “Mi pariente fue Arturo Noguerol, de Ourense, fundador de la generación Nós, amigo de Vicente Risco y paseado en Serantes cuando era secretario de su ayuntamiento, en setiembre de 1936”. No hay respuesta.
Con lo cual, seguimos con Picasso. “El Guernica en su sitio, ¿cuál es?, París, de donde nunca debió salir”. Esto no sé quién lo dice, si Cristina o mi conciencia porque pienso en Azaña, enterrado en Francia (Montauban) y en don Antonio Machado, en el mismo país (Colliure). Azaña, Machado y el Guernica son símbolos que recuerdan las desgracias que nos sobrevivieron y que no deben olvidarse ni moverse, más allá del terror del bombardeo de la ciudad vasca por la aviación nazi-franquista. Los nacionalismos tienen estas cosas, se apropian, o lo intentan, de todo: el Guernica es del mundo, el símbolo de los horrores de las guerras, lo cual estos días es muy propio.
Un poco cansado, consulto a Ella, que es experta, y su opinión es contundente respecto a la territorialización de la obra picassiana y al enésimo traslado, “un riesgo innecesario.” Cristina me pilla en plena consulta y me lo reprocha. “Acudo a mis clásicos”, le insisto. Menos mal que nos vamos a comer a Toro, y no comemos mal pero tampoco bien. A los postres y los orujos le regalo un ejemplar de un antiguo libro de Santiago Amón, Picasso, editado por Cuadernos para el Diálogo en 1973, el año que murió el pintor. Las cosas se relajan. El libro de Amón es un auténtico tratado de arte moderno, de una lucidez y analítica estética apabullante. Sus capítulos se titulan, por ejemplo, “Volverlo del revés y ponerle otros ojos” o “De la cantidad de pasado que lleva consigo”. Cristina me impide seguir. “Es un ejemplar único, y seguro que solo es para mí”, dice contenta. Lo que no sabe es que tengo otro para Ella, como regalo por sus aportaciones expertas que le daré a la vuelta. Porque el Guernica en su sitio y esta noche nos vamos a la Luna, todo muy parisino.
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