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Que estudien Sociología o los sustituimos por la IA

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En menos de un año se celebrarán elecciones. Las calles y carreteras se han llenado de carteles, los medios se llenan de noticias políticas y todo se interpreta en clave electoral. Los mensajes de “Primero Nuestra gente”, “Prioridad nacional” y otros por el estilo se nos cuelan por todos lados. Los políticos hablan para nuestra gente, es decir, para las personas que podemos votar en una determinada circunscripción electoral, para convencernos de que les votemos a ellos, o al menos de que no votemos a sus adversarios. Claro que, ¿de qué hablamos cuando hablamos de los políticos? Si alguien habla de maestros, médicos, abogados, arquitectos o ingenieros se da por sentado que se trata de personas con formación en esas materias. Sin embargo, la clase política canaria no tiene formación en Ciencias Políticas y Sociología, pese a que desde que en la década de 1970 la Facultad de Ciencias Políticas y Económicas se dividiera en dos, una Económicas y Empresariales y otra Políticas y Sociología, existen en España estudios en Ciencias Políticas y Sociología. 

En realidad, la falta de cultura política y, en general, de cultura de ciencias sociales, es un rasgo general de toda nuestra sociedad y no específico de nuestra clase política. Ello contribuye a crear un modo de pensar nuestra vida en común, nuestra sociedad, que genera un pesimismo catastrófico y determinista, que nos hace propensos al populismo y a una visión tecnocrática de la política que vacía a la democracia de sentido. Una de las primeras enseñanzas de la Sociología es que muchas de las cosas que pensamos que son naturales son, en realidad, producto de una construcción social. No es que nuestra sociedad sea así porque los canarios somos así. Las generaciones más antiguas adquirieron sus valores en un régimen que se justificaba a sí mismo no como el resultado de un acuerdo libre entre personas, sino como el resultado de los designios de la voluntad divina. Recordemos que hace medio siglo circulaban monedas de curso legal que decían: “Francisco Franco, Caudillo de España por la Gracia de Dios”. Luego vino más de un cuarto siglo de neoliberalismo en que se nos hizo creer que las personas tampoco debían decidir la manera en que se organiza nuestra vida en común, nuestra sociedad, sino que ésta es el resultado de los designios de algo que se acaba concibiendo como una voluntad divina, el mercado. Y en la última década, con el auge de los tecnócratas de Silicon Valley, hemos cerrado el círculo: ahora pensamos que debemos de organizar nuestra vida en común en base a lo que plantean algunas personas, a las que consideramos muy inteligentes y “científicas”, y que acaban tomando el papel de los dioses antiguos. 

Licenciados en Derecho, en Economía, ingenieros: nuestra clase política, para empezar, no tiene muy claro en qué consiste esto de la política. Vivimos en una democracia representativa, lo que quiere decir que elegimos a determinadas personas para que nos representen para tomar decisiones. Decía Weber que la racionalidad instrumental, medios fines o económica es aquella que se encarga de debatir acerca de cuál es la mejor manera de alcanzar unos fines dados. Es decir, aceptamos que queremos ir a un lugar determinado y en vez de enzarzarnos en discusiones que pueden ser interminables e irresolubles acerca de hacia qué lugar dirigirnos, debatimos acerca del método más cómodo y rápido de llegar a ese lugar. Sin embargo, lo que Weber denominaba racionalidad sustantiva o respecto a valores trata justamente de la cuestión de cuáles son los valores dignos de ser perseguidos, los lugares dignos de ser visitados. En la actualidad, en Canarias casi toda la juventud estudia Economía en la ESO y el Bachillerato, y les hacemos pensar que, para ser hombres y mujeres de provecho, deberían estudiar cosas “prácticas” como una Ingeniería. Es decir, creamos personas que pueden ser muy buenas pensando en cómo encontrar soluciones a los problemas. Pero cuando les dices que en una vida no les va a dar para resolver todos los problemas del mundo, que decidan cuáles son los problemas a los que van a dedicar su vida, se quedan, como dirían ellos, patinando. El otro día me decía un compañero, catedrático, ingeniero y experto en tecnología, que en su fase actual, la IA implica repensar cómo concebimos la educación. Hemos pasado mucho tiempo pensando que deberíamos dedicar nuestra capacidad mental a cómo encontrar soluciones a los problemas, y ahora la IA puede hacer eso mejor que nosotros. Lo que no puede hacer la IA es decidir qué problemas queremos solucionar, cómo queremos vivir nuestra vida. Claro que eso, a nivel colectivo, se traduce en el tipo de personas que más les interesa a quienes ahora tienen el poder. Yo no le digo al alumnado que no usen la IA, pero que tienen que entender que hay preguntas que no te responderá ésta, como, por ejemplo, la de “cual es mi comida favorita”. La IA no te puede responder qué te gusta comer, cuáles son tus preferencias sexuales o cómo te gustaría que fuera la sociedad en la que vives. Hoy en día, cuando digo esto, la mayoría todavía se ríe. Pero viendo cómo va la cosa no parece imposible pensar que en sólo unos años la gente se acostumbre a preguntar todo eso a la IA. Y, si eso llega a pasar, quien tenga la capacidad de influir en los algoritmos de la IA tendrá una enorme capacidad de influir en los deseos de la gente y en cómo será la sociedad. 

Nuestra clase política, que apenas ha estudiado Sociología, piensa que el debate político debería centrarse en analizar cómo solucionamos nuestros problemas, e intentan convencernos de que les votemos diciendo que son ellos (y ellas) quienes tienen la solución. Las cuestiones técnicas, como la de cómo resolver un problema, es algo que ya hace mejor la IA. Es lo que Weber llamaba racionalidad instrumental, económica o medios-fines. Pero la cuestión de cuáles son los problemas que creemos que vale la pena resolver no lo puede resolver la IA. Por eso, animo a la clase política, y políticos son también los gestores empresariales que toman decisiones, a que estudien Sociología. Porque si no, van a acabar siendo sustituidos por la IA. 

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