De turismofobia, movilidades y la playa como patrimonio
Desde que a finales del siglo XX los británicos decidieran establecer en Canarias bases para aprovisionar de carbón a los barcos que se dirigían hacia sus colonias las islas han estado ligadas al tránsito de personas y mercancías con el norte de Europa. En 1883, bajo el lema God bless our work se empezó a construir el Puerto de la Luz. Entonces estaba separado físicamente por un campo de dunas de la ciudad de Las Palmas de Gran Canaria, también muy distante en cuanto a mentalidad y estructura social. A su alrededor, en el barrio de La Isleta, se desarrolló un barrio obrero. La colonia británica se instaló, a las afueras de la ciudad, en lo que entonces se conocía como el Barrio de los Hoteles (hoy Ciudad Jardín.
A principios de la década de 1960, en “El Puerto”, (por contraposición a “Las Palmas”) se inició la era del turismo de masas, ligada en gran manera a la llegada de turistas nórdicos. En el otro extremo de la playa, el barrio de Guanarteme tuvo un primer desarrollo ligado a la industria: la Cicer, Intercasa, Kalise, Tirma, o conserveras como Lloret y Llinares u Ojeda tuvieron sus orígenes en la zona. Y buena parte de lo que hoy conocemos como Santa Catalina-Canteras surgió, en la segunda mitad del siglo XX, para atender al turismo. A lo largo de la década de 1980, el peso del turismo en Gran Canaria se desplazó al Sur, y muchos edificios y entornos que originariamente habían sido creados para el turismo fueron reconvertidos para otros usos. Pero desde la pandemia de 2020 el turismo y otros fenómenos relacionados con las movilidades, como el de los nómadas digitales, han tenido un importante auge en Las Canteras. Y, dado que mucha gente desconoce su propia historia, hay quien piensa que esto del turismo en la ciudad de Las Palmas de Gran Canaria es algo nuevo.
Mi vida, como la de tantos otros palmenses, siempre ha estado ligada a la playa de Las Canteras. Aquí estamos tan volcados en lo de fuera que olvidamos lo nuestro, de manera que hay quien ni sabe que palmense es el gentilicio de Las Palmas de Gran Canaria. Aunque siempre he estado a gusto en un lugar tan cosmopolita, en los últimos veranos a veces me siento un tanto turismofóbico. Y reconozco que lo que me molestan son los nuevos turistas, no otro tipo de movilidades. Los nórdicos llevan sin dejar de venir a “mi” playa todos los inviernos desde hace más de 60 años, y normalmente se quedan aquí una buena temporada. En los últimos años, durante el verano, muchas terrazas de la primera línea, especialmente por la noche, están ocupadas por mauritanos (y mauritanas). Dado que hay quien tiene una visión muy racializada de los turistas, hay quien tiende a verlos como migrantes, cuando lo cierto es que son turistas: vienen aquí, están una temporada y luego se vuelven. Pero ni los turistas nórdicos ni los turistas mauritanos hacen que se despierte mi vena turismofóbica. Me generan turismofobia los turistas que no respetan mi (nuestro) patrimonio.
Mi playa es mi patrimonio. En Las Canteras no se fuma. En Las Canteras, salvo en zonas especiales, no se juega a las palas ni a la pelota, ni se pone música. A Las Canteras no se llevan perros. En Las Canteras no se circula con bici, ni se corre, salvo a primera hora de la mañana o ya de noche. Por Las Canteras puedes pasear a cualquier hora del día y de la noche, seas hombre o mujer, hetero u homosexual. Puedes ir en bañador o empaquetado (a) para ir a un concierto en el Auditorio. En Las Canteras tenemos un montón de chorros de agua para quitarte la arena al salir de la playa, pero no son para ducharse, ni para lavar enseres. Si quieres, tienes tres balnearios públicos y gratuitos en los que puedes ducharte y cambiarte cómodamente. Las Canteras es un patrimonio social. Sobre la base de un recurso natural (una playa) hay una construcción social y una provisión de servicios públicos. Durante más de 60 años, diría que la mayoría de las personas que somos usuarios habituales de este patrimonio somos conscientes de que es eso, un patrimonio, y, por lo tanto, lo respetamos. Y creo que eso se aplica tanto a la población local como a quienes llevan mucho tiempo viniendo.
¿Cómo contribuye el turismo al bienestar de la población local? Estamos en agosto, y ahora me encuentro a gente montando en bici en la playa. Gente que usa los chorros como si fuera la ducha de su casa. Gente que juega a las palas, o a la pelota, donde no toca. Gente que corre cuando el paseo está a tope y se va chocando con gente. Y eso por no hablar de los que pretenden conducir en un entorno tan poco car friendly y los ves metiéndose en dirección contraria y haciendo todo tipo de cosas raras. Imagino que habrá alojamientos, empresas de alquiler de vehículos o de otro tipo que harán su agosto y ganarán mucho dinero, pero ¿qué gano yo con estos turistas? No sé si es turismofobia, pero yo siento que muchos de los turistas de agosto (en otras épocas no pasa tanto) no contribuyen a mi bienestar, porque en vez de cuidar estropean lo que para mí es mi patrimonio. Es una cuestión de respeto, no de “primero nuestra gente”: hay gente que viene de fuera y usa nuestro espacio sabiendo que es un patrimonio que respetar y preservar. Pero la mentalidad de “turista” hace que muchas personas que piensan “como total, soy turista, aquí no voy a volver”, traten con falta de respeto a lo que es nuestro patrimonio. Los espacios son socialmente construidos. Querido(a) turista: habrá otras playas en las que puedas hacer cosas que aquí no están permitidas. Pero, si quieres ser bienvenido(a) aquí, respeta nuestras normas. Es nuestro patrimonio.
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