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El mundial, la IA y la universidad: ¿el fin de una era?

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El salario que cobran las personas depende, además de su productividad, de la posición que ocupan en relaciones jerárquicas de poder dentro y fuera de las empresas y organizaciones. Y es que, al fin y al cabo, los salarios son el resultado de un proceso social, del que depende cómo se reparte la riqueza que se genera, tanto entre los dos grandes grupos que participan en la producción, capitalistas y trabajadores, como en el interior de cada uno de estos grupos. Si quieres ganar más dinero, nos dicen, lo que tienes que hacer es incrementar tu capital humano: adquirir conocimientos que hagan tu trabajo más productivo, y así conseguirás que tu jefe, el mercado, el Estado o quien sea que te pague te pague más. Claro que, ¿por qué tendrían que pagarte más, si pueden conseguir alguien que haga tu trabajo de manera más productiva por el mismo salario?

En la segunda mitad del siglo XX el crecimiento de las universidades se relacionó con lo que algunos autores denominaban el auge del profesionalismo. El término “profesión” tiene en la tradición sociológica un sentido distinto al coloquial. Una profesión, desde esta perspectiva, sería un tipo de trabajos para el que hace falta formación y conocimiento experto, que es ocupado por personas que tienen sentido de pertenecer a un grupo y que, al menos de manera explícita, se orienta al bien común. Los ejemplos de las profesiones clásicas, como la abogacía, la medicina, la ingeniería o la arquitectura, no sólo reúnen todos estos rasgos, sino que recuerdan otro que es fundamental: la necesidad de agitación para conseguir el apoyo del Estado. Sólo quienes han sido debidamente acreditados por el Estado pueden ofrecer sus servicios profesionales (servicios médicos, asesoría jurídica, diseño de edificios…). Ello intenta garantizar cosas que parecen tan básicas como que lo que hacen los médicos curen, que las casas no se vengan abajo y que podamos pasar un puente sin miedo de que se vaya a caer. Y, si bien desde comienzos del siglo XXI hay autores que plantean que la lógica del profesionalismo iba dando paso cada vez más a la lógica del mercado, en los últimos años la llegada de la IA viene a hacer saltar todo esto por los aires. Este final del curso 25/26 ver al profesorado universitario pasando detectores de frecuencias para evitar que el alumnado use la IA puede considerarse una muestra de la magnitud de los cambios y de que, en la universidad, en los últimos años, se hace de todo menos pararse a pensar.

Parémonos a pensar: más de un profesor (y profesora) universitario suspende al alumnado con un 4,9. El alumnado se enfada, el profesor tiene que corregir más, ir a más exámenes… ¿cuál es la lógica detrás de todo esto? La religión oficial del sistema educativo es la meritocracia, la creencia en que las personas más capacitadas deben ocupar los puestos más importantes, y que los puestos importantes acaban siendo siempre ocupados por las personas naturalmente más capaces. Esta creencia, ciertamente, es funcional para el profesorado universitario: “si yo, que no es que destacara especialmente por mi popularidad, ni en los deportes, pero que era el empollón(a) de la clase, me he acabado convirtiendo en alguien tan importante es que mis capacidades son realmente importantes”. Hay muchas universidades que se perciben a sí mismas como equipos que juegan el mundial de fútbol: todo el mundo querría haber llegado hasta aquí, pero aquí sólo llegan los mejores. Y hay mucho profesorado universitario que se considera a sí mismo como los entrenadores que sacan lo mejor de los mejores y por eso triunfan: es por eso por lo que no pueden aprobar a nadie con un 4,9. En el fútbol, el que unas habilidades (competencias, las llamaríamos hoy en día en la jerga universitaria) sean muy escasas y estén altamente valoradas se traduce en un régimen de recompensas muy desigual y diferenciado: Cristiano Ronaldo, Messi o Mbappé cobran mucho porque, aunque hay mucha gente que puede jugar al fútbol, poca gente puede hacer lo que hacen ellos. Si hablamos de cine, Scarlett Johanson, Jeniffer Aniston o Cameron Diaz también cobran mucho porque, aunque cualquiera puede ponerse delante de una cámara, nadie hace lo que ellas. Claro que, ahora que ya hay películas protagonizadas por actrices generadas al 100% por la IA, ¿quién puede predecir cómo será el futuro?

Entender que las universidades son las únicas poseedoras del conocimiento legítimo, y que su papel, y el del profesorado, es, cómo decía M.J Sandel, convertirse en máquinas de clasificar que permitan que los mejores prosperen y ocupen los puestos de élite a los que estaban destinados desde la cuna, por su herencia genética o de otro tipo, puede llevarlas a ser completamente irrelevantes en un futuro muy cercano. Más aún cuando se ha creado un sistema que selecciona para el profesorado universitario a gente que cumple con los requisitos que hoy en día se piden en investigación y luego se le pone a dar clase a gente que lo que quieren es aprender a hacer cosas y así ganar dinero. Quizá ya no tenga sentido que la gente vaya a la universidad para aprender cómo se hace algo, porque al final, todo el mundo acaba recurriendo a Internet, las redes y la IA cuando tiene que solucionar un problema, desde declarar un siniestro al seguro a cómo pagar el IBI, pasando por cómo acabar con las cucarachas que invaden tu casa. La universidad tiene sentido para otras cosas. Por lo visto, hay quien usa gafas con IA para responder exámenes en la universidad, claro que eso depende del tipo de preguntas que se planteen. Puede que la IA dé las respuestas a algunas preguntas. Pero la respuesta a preguntas como las de qué piensas tú, cómo quieres vivir la vida, o cómo nos vamos a organizar para hacer algo, al menos de momento, no las puede dar.

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