Habitent gratis in alieno
Una vez más, cuando pensamos en el día a día de Roma antigua, quedamos eclipsados por el protagonismo de los grandes nombres de personajes ilustres. Reyes, generales, emperadores, escritores, filósofos que han dejado su huella en los textos escritos, y que, como no, suelen ser hombres. Es difícil dirigir nuestra atención a la enorme masa anónima que diariamente transitaba no solo las calles de la Urbe, sino de cualquier ciudad de mediano tamaño en cualquier punto del Imperio romano. Sin embargo, si miráramos hacia ellos, aunque no podamos ponerles nombre y apellidos, veríamos que sus problemas no resultaban tan alejados de los nuestros. No solo porque su día a día estaba condicionado por la necesidad de conseguir los recursos con los que alimentarse ellos y sus familias, sino porque cada noche también tenían la preocupación de si tendrían un techo donde guarecerse.
A finales del siglo I a.C., la Urbe se había convertido en el lugar de recepción de grandes masas de ciudadanos romanos que habían perdido sus tierras y encontraban en la capital el lugar donde salir adelante con un trabajo o con los repartos periódicos de comida. Los suburbios habían crecido a lo largo de las siete colinas originarias y conseguir una vivienda era un lujo complicado. El entorno del Foro romano estaba acaparado por las domus de los miembros de las familias patricias, con sus varios patios, huertos y comodidades. Mientras que los que tenían los recursos justos debían amontonarse en viviendas de varios pisos llamadas insulae (islas). Las insulae permitían alojar a numerosos habitantes mediante la construcción en altura y la división de los edificios en distintas unidades residenciales, denominadas coenacula. Al mismo tiempo, eran explotadas bajo el régimen de alquiler y en unas condiciones abusivas, precarias y con unos caseros que invertían lo justo en el mantenimiento. Desde la guerra civil de Sila (88–82 a.C.), muchos aristócratas habían enriquecido su patrimonio apropiándose de las casas de los vencidos, construyendo en ellas nuevas viviendas y concentrando el mercado inmobiliario en cada vez menos manos. El personaje que destacó en este contexto fue el famoso Marco Licinio Craso, quien compraba edificios incendiados o amenazados de derrumbe para derribarlos y construir viviendas más altas. El poeta Marcial dedica una sátira al tema con los siguientes versos: “Nosotros habitamos una ciudad sostenida en gran parte por débiles puntales, pues así el administrador trata de contener los edificios que se vienen abajo. Cuando tapa la grieta de un muro viejo, ordena a sus inquilinos dormir tranquilos mientras la ruina pende sobre sus cabezas”. Al amparo de esta demanda constante, un sector importante de la nobleza romana amasó una fortuna considerable, teniendo bajo su control cualquier legislación que pudiera emanar del Senado al respecto.
Sin embargo, no siempre la coyuntura va a permitir que los débiles asuman sin protestar una situación de claro abuso. Los años de la guerra civil entre César y Pompeyo afectaron de forma directa al coste de la vida y en el año 48 a.C. la situación para los habitantes de Roma se hizo insostenible: resultaba imposible mantener el pago de los alquileres y comprar comida. Mientras Julio César seguía combatiendo por el Mediterráneo, sus lugartenientes trataron de sacar adelante una legislación que eximiera a los inquilinos del pago de los alquileres. Sin embargo, una medida “popular” como esta, arremetía directamente contra los intereses de un orden senatorial que veía atacados no solo sus beneficios, sino incluso la tradición y las costumbres sobre las que se había fundado Roma, es decir: la propiedad privada. Además del obstáculo político para evitar que se aprobaran las leyes, algunos afectados directos como el propio Cicerón escribieron largos tratados justificando que estas medidas venían casi a justificar que “habitent gratis in alieno”, (“que vivan gratis en una propiedad ajena”, De Officiis, II, 83). Poco importaba que el beneficio obtenido se hubiera hecho a costa de la especulación de la propiedad, utilizando los recursos del estado para sortear los controles sobre los precios y que no se hiciera inversión alguna en el mantenimiento de las viviendas puestas en alquiler.
Ante este inmovilismo legislativo, la población llegó a ocupar el foro por medio de la construcción de tiendas y casetas de madera. La represión ordenada por el Senado a Marco Antonio se saldó con más de 800 muertos y heridos, pero sin solución al problema. Fue finalmente el retorno de Julio César a Roma tras finalizar la guerra en el 46 a.C., lo que permitió aflojar la tensión. Conocedor de que su apoyo se sustentaba principalmente en el pueblo, pero tratando de contener la hostilidad de un Senado conservador, decretó la limitación de la condonación de la deuda a un año de alquiler y la aplicó a aquellas viviendas que estuvieran vinculadas a unos umbrales de renta anual.
Su asesinato dos años después no permite saber si este tipo de medidas hubiera tenido un recorrido más largo, o si la paz posterior al conflicto hubiera aflojado la presión sobre el nivel de vida de la población plebeya. En cualquier caso, asistimos a un episodio histórico que nos obliga a recapacitar sobre la tensión entre propiedad y demanda. El abuso que se crea a partir de la concentración de la propiedad de la vivienda en pocas manos genera las condiciones para que quienes están dispuestos a asumir un coste proporcional sobre el inmueble en alquiler, demanden unos controles legislativos justos sobre este proceso. Es obligación de quienes asumen las funciones de gobernar prever que se llegue a unos niveles de crispación, cuya única salida sea la lucha y la reivindicación legítimas. Delegar de forma ilusoria en la autoregulación del mercado es vivir de espaldas a las necesidades de una mayoría que está dispuesta a participar en las reglas del sistema, siempre y cuando este sea justo.
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