Saberes populares canarios
Existen dos tipos de saberes radicalmente distintos: saberes científicos o académicos y saberes populares o tradicionales, tan válidos los unos como los otros, en sus respectivos ámbitos de uso.
Los primeros, que son los que se crean y estudian en las universidades y otros centros académicos, son saberes que dan cuenta de los objetos (personas, animales y cosas) en sí mismos y por sí mismos, de forma aséptica, sin tener en cuenta para nada su relación con el hombre o cualquier otra circunstancia ajena a ellos. Es el tipo de saberes que encontramos en la Física, la Química, la Biología, la Zoología, la Botánica o la Anatomía, por ejemplo. Su objetivo es explicar de forma coherente y contrastada qué forma tienen, cómo funcionan, cómo se comportan, a qué familia, clase, género o especie pertenecen, dónde habitan, etcétera, los individuos de que se trata. Para ello se emplea el método racional, sea inductivo o deductivo, que permite proporcionar enunciados explícitos válidos y comprensibles en todo tiempo y en todo lugar. “El individuo que tengo a la vista tiene tres palmos de largo y uno de ancho. Su figura es oblonga, alanzada, un poco comprimida, vestido de grandes escamas, todo de color encarnado, más o menos subido; la cabeza en declive, desde la testuz al hocico, el cual es aguzado como el de un perro”, nos dice Viera y Clavijo en su excelente Diccionario de historia natural de las Islas Canarias respecto del peje perro de nuestros mares. Y más objetivo no se puede ser. Ninguna concesión se hace aquí a la utilidad, la ética o la estética de los individuos considerados o a la opinión o sentimientos del observador respecto de ellos. Lo único que interesa es el objeto en sí mismo y por sí mismo. Nos encontramos, por tanto, ante saberes explícitos, claramente definidos; saberes más teóricos que prácticos, sometidos siempre al método crítico. Para la ciencia, sólo son verdaderas las proposiciones claras y distintas y aquellas que se derivan por análisis o por síntesis.
Precisamente por su vocación objetiva y universal, prescinden los científicos de la lengua de todos los días, llena de ambigüedades y hasta de contradicciones lógicas, y designan sus referentes con una terminología más unívoca, que forjan, generalmente, de dos maneras distintas: a) Mediante voces de la lengua común definidas de forma unívoca o específica. Así las formas masa, género, manto, agujero negro y raíz cuadrada, por ejemplo, que la Física, la Biología, la Geología, la Astronomía y las Matemáticas definen respectivamente de forma precisa como “cantidad de materia que tiene un cuerpo”, “categoría taxonómica incluida dentro de una familia”, ‘capa sólida intermedia entre la corteza terrestre y el núcleo central de la Tierra’, “lugar invisible del espacio cósmico que absorbe por completo cualquier materia o energía” y “cantidad que se ha de multiplicar por sí misma una vez para obtener un resultado”; o b) Mediante voces de la lengua latina, que fue el vehículo de expresión de la ciencia durante muchos siglos. Así, los nombres Xanto hydrophilus, Pachygrapsus marmoratus y Sparisoma cretense con que designan los zoólogos los cangrejos de color entre gris y marrón de unos dos centímetros y medio que se encuentran bajo las piedras del litoral canario, los cangrejos de color oscuro que viven en los bajíos de la orilla corriendo sin parar de acá para allá y los peces de colores variados con boca en forma de pico de loro que habitan en los fondos rocosos y las praderas de los mares canarios, respectivamente, y Lepidium latifolium con que designan los botánicos una hierba perenne de la familia de las crucíferas que crece de manera silvestre en zonas húmeda. En todo caso, se trata de nombres perfectamente regulados en los respectivos códigos internacionales de nomenclaturas botánicas, zoológicas o lo que sea, que emplean los científicos de todo el mundo.
Dos propiedades importantes caracterizan a este tipo de saberes. Primera, que carecen de capacidades expresivas propias, porque no tienen significación, sino denotación y designación. En efecto, los nombres científicos constituyen terminologías que sólo suelen aparecer en sentido recto; nunca en sentido figurado, sea metafórico o metonímico. Por eso repugnan al lenguaje corriente y al literario. Y, segunda, que cambian de forma premeditada en cuanto aparece una teoría nueva que explica de manera más convincente que las precedentes el fenómeno de que se trata. Así, la teoría de la gravitación de Newton, que fue sustituida de forma gradual por la teoría de la gravitación de Einstein, porque se demostró que tenía mayor capacidad explicativa que ella. En realidad, como diría Karl Popper, el saber científico no es otra cosa que un camino para llegar a un saber mejor o más exacto y, por tanto, siempre provisional. No es la verdad, sino una forma de aproximarnos a ella, que es una mera quimera.
Los saberes populares, que constituyen el objeto de estudio de esas ciencias tardías que son la Etnografía, la Etnología, el Folclore, la Lexicografía, la Dialectología, la Paremiología, etcétera, se interesan por los objetos (personas, animales y cosas), no en sí mismos y por sí mismos, sino en su relación con el hombre. En efecto, en los saberes populares los objetos no interesan por ellos mismos, sino en función de la utilidad que tengan para curar o prevenir enfermedades o males físicos de personas o animales, como abscesos, hernias, reumatismo, afecciones oculares, epilepsia, dolor de dientes, escrófulas, tuberculosis, esterilidad, tos, verrugas o mordeduras de perro rabioso, su utilidad alimenticia, el daño que puede hacer, su valor estético… Para el pueblo llano es verdad todo aquello que le reporta alguna utilidad, independientemente de cuál sea su naturaleza. Ya decía el folclorista y etnógrafo francés Van Gennep que “cada sociedad ordenada clasifica, necesariamente, no sólo a sus miembros humanos, sino también a los objetos y a los seres de la naturaleza, unas veces según sus dominantes psíquicas, otras veces según su utilidad alimenticia, agraria, industrial, productora o consumidora”. Son saberes implícitos o intuitivos, que surgen de forma paulatina del contacto íntimo del hombre con la flora, la fauna, la geografía, el clima, etc., del lugar que habita y de su convivencia con el prójimo, mediante una observación muy atenta y detenida. Precisamente por ello, su estudio sólo puede hacerse de forma indirecta, mediante encuesta y examen detenido de los datos obtenidos, como hacen la Etnografía y la Dialectología, por ejemplo. Las cosas del alma son más difíciles de estudiar que las cosas del cuerpo.
Es el tipo de saber que encontramos atesorado en el lenguaje de todos los días; un saber que clasifica intuitivamente la realidad, atendiendo a su aspecto, tamaño, comportamiento, beneficios o daños que produce, etc., generalmente mediante oposiciones binarias o ternarias. Así, el campo semántico de los colores de cabra de nuestros pastores, que se organiza sobre los contrastes semánticos ‘color liso’ (blanca, negra, morisca…) / ‘color contrastado’ (jermosa, estrellada…), ‘color contrastado con chispas’ (molinera, chispeada…) / ‘color contrastado con manchas’ (cinchada, pernalba…), ‘color contrastado con manchas localizadas’ (lucera, albardada…) / ‘color contrastado con manchas no localizadas’ (puipana, berrenda…), ‘manchas blancas’ (jermosa) / ‘manchas negras’ (berrenda) / ‘manchas canelas’ (puipana), etc., exactamente igual que los saberes científicos. Cuanto más elemental es la cultura de que se trata, más se aprecia este principio de clasificación de los saberes tradicionales. Así, según el citado Lévi-Strauss, los indios navajos, que se consideran a sí mismos grandes clasificadores, “dividen a los seres vivos en dos categorías, según que estén o no dotados de la palabra. Los seres sin palabras comprenden a los animales y a las plantas. Los animales se reparten en tres grupos: ”corredores“, ”volantes“ o ”rampantes“, cada grupo, a su vez, se divide por una doble escisión: la que se establece entre los viajeros por tierra y los viajeros por agua de una parte, y, de la otra, entre viajeros de día y viajeros de noche”.
Es lo que explica que llamen los canarios carnada, juyón, vieja y rompepiedras a los cangrejos, los peces y la hierba que, según vimos más arriba, denominan los científicos Xanto hydrophilus, Hydrograpsus marmoratus, Sparisoma cretense y Lepidium latifolium. Lo que realmente interesa o llama la atención de estos individuos a la gente de las Islas no es tanto que sean cangrejos, peces o hierbas, sino más bien que el primero se usa para cebar el anzuelo en la pesca de viejas, que el segundo huye despavorido cuando intenta atraparlo para usarlo también como cebo para pescar sargos, por ejemplo, que los terceros disponen de una dentadura continua, que les proporcionan el aspecto de ancianita con dientes postizos, y que la cuarta posee potentes propiedades diuréticas y antiinflamatorias, capaz de romper las piedras del riñón. Es claro, por tanto, que, aunque designen las mismas realidades que ellos, los términos populares carnada, juyón, vieja y rompepiedras no significan lo mismo que los términos científicos Xanto hydrophilus, Hydrograpsus marmoratus, Sparisoma cretense y Lepidium latifolium. Los primeros significan las cosas designadas de forma práctica o implícita; los segundos, de forma teórica o explícita. La carnada, el juyón, la vieja y la rompepiedras están al servicio del hombre, porque tienen usos prácticos muy determinados; el Xanto hydrophilus, el Hydrograpsus marmoratus, la Sparisoma cretense y la Lepidium latifolium, no. Como escribe Lévi-Strauss, nos encontramos ante saberes que “suponen siglos de observación activa y metódica, de hipótesis atrevidas y controladas, para rechazarlas o comprobarlas por intermedio de experiencias incansablemente repetidas (…). Para transformar una hierba silvestre en planta cultivada, una bestia salvaje en animal doméstico, hacer aparecer en la una o en la otra propiedades alimenticias o tecnológicas que, originalmente, estaban por completo ausentes o apenas si se podían sospechar; para hacer de una arcilla inestable, de fácil desmoronamiento, expuesta a pulverizarse o a rajarse, una vasija de barro sólida y que no deje escapar el agua (…); para elaborar las técnicas, a menudo prolongadas y complejas, que permiten cultivar sin tierra, o bien sin agua, cambiar granos o raíces tóxicas en alimentos, o todavía más, utilizar esta toxicidad para la caza, la guerra, el ritual, no nos quepa la menor duda de que se requirió una actitud mental verdaderamente científica, una curiosidad asidua y perpetuamente despierta, un gusto del conocimiento por el placer de conocer”. De ahí la consistencia y perduración de los saberes populares a lo largo del tiempo, generalmente superiores a las de los saberes científicos.
Por eso dice Antonio Machado en su Juan de Mairena que “es muy posible que, entre nosotros, el saber universitario no pueda competir con el folklore, con el saber popular. El pueblo sabe más, y sobre todo mejor que nosotros. El hombre que sabe hacer algo de modo perfecto -un zapato, un sombrero, una guitarra, un ladrillo- no es nunca un trabajador inconsciente que ajusta su labor a viejas fórmulas, sino un artista que pone su alma en cada momento de su trabajo. A este hombre no es fácil engañarlo con cosas mal sabidas o hechas a desgana”.
Desde el punto de vista de la mayor o menor carga informativa que contengan, puede hablarse de dos tipos de saberes populares radicalmente distintos: saberes populares simples y saberes populares complejos.
De una parte, los saberes populares simples son aquellos que se reducen a nociones elementales y que pueden ser expresados tanto por unidades léxicas, sean palabras primitivas, palabras derivadas o palabras compuestas, como camello ‘mamífero artiodáctilo rumiante’, cabrahígo ‘higuera silvestre’, milhojas ‘pastel de hojaldre’, cabeza ‘parte superior del cuerpo’, puerta ‘armazón de madera que cierra un hueco’, relojero ‘persona que arregla relojes’, lechera ‘vasija en que se transporta la leche’, cabrilla ‘determinado pez marino serránido’ o quebrantahuesos ‘especie de ave carroñera’, por ejemplo, sean lexías complejas, como pez espada, perro de aguas o árbol genealógico, o modismos, locuciones o expresiones hechas, como a gatas, meterse en la boca del lobo, morir como un perro o estar como una cabra, que, a pesar de tener estructuras lingüísticas más o menos complejas, designan nociones unitarias: a saber, ‘determinado pez marino del suborden de los acantopterigios’, ‘especie de perro que se distingue por su aptitud para nadar’, ‘cuadro descriptivo de los parentescos de una familia’, ‘con las manos en el suelo’, ‘exponerse sin necesidad a un peligro cierto’, ‘morir sin dar señales de arrepentimiento’ y ‘estar loco, chiflado’, respectivamente.
De otra, los saberes populares complejos son aquellos que implican un juicio analítico de mayor o menor envergadura, que, por tener sentido completo, se expresan mediante oraciones simples o compuestas (aunque carezcan de verbo), no exentas de recursos estilísticos más o menos rebuscados, como el paralelismo, la rima, la aliteración, la elipsis, la metáfora, la hipérbole, la paradoja, etc., y que pueden aplicarse a experiencias muy diversas. Así, los “Quien a buen árbol se arrima buena sombra lo cobija”, “Perro que ladra no muerde”, “Cuando las barbas del vecino veas pelar, pon las tuyas a remojar”, “El hombre propone y Dios dispone” y “De tal palo, tal astilla” que usamos para indicar la importancia de relacionarse con gente influyente, llamar la atención sobre el hecho de que, aunque una persona amenace mucho, no pasa a la acción, advertir de que hay que estar prevenidos cuando le ocurre algo malo a alguien que es de nuestra condición, justificar la frustración de planes o expectativas e indicar que las virtudes o defectos de alguien son heredados de sus padres, respectivamente.
Desde el punto de vista de la intención comunicativa, esta segunda categoría de saberes populares presenta, a su vez, al menos, dos clases distintas: saberes complejos sentencias y saberes complejos pronósticos. Los primeros son “dichos graves y sucintos que encierran doctrina o moralidad”, como, por ejemplo, “A boca cerrada no entran pájaros” o “De noche, todos los gatos son pardos”, que se emplean para invitar a reflexionar sobre la conveniencia de callarse y para indicar que con la falta de luz no se notan los fallos de las cosas, respectivamente. Es lo que la tradición suele llamar refranes, proverbios, sentencias o adagios. Los segundos son “dichos que pronostican algo futuro a través de determinados indicios”, como, por ejemplo, “Cuando las golondrinas vuelan bajas sobre el suelo, anuncian tormentas” o “Si las picarazas se acercan al pueblo y cantan en los tejados, anuncian nieve”, de sentido transparente. Por eso, suelen introducir la oración subordinada que habitualmente contienen mediante el adverbio relativo cuando o la conjunción condicional si. Es lo que la tradición suele llamar “barruntos” (“aberruntos”, en algunas zonas) y “cabañuelas”, tan importantes para prevenirse ante el futuro. Tanta importancia tienen los barruntos para los hombres del campo y de la mar, que, como dice Francisco Navarro, “el que sepa más aberruntos se halla en una situación más favorable para dominar el futuro. El porvenir es algo que se echa encima del hombre sin que este lo pueda evitar; y el hombre trata, al menos, de saber cómo será ese ”por-venir“: sabiéndolo, conociéndolo, puede maniobrarlo un poco, o, cuando menos, quedar a la espera de la ventura o del infortunio”. En unos (refranes, adagios, sentencias o proverbios) y otros (barruntos o aberruntos y cabañuelas), tan llenos de observaciones precisas sobre la naturaleza, la psicología humana, sentido común, sabiduría y verdad, se encuentra contenida buena parte de la experiencia cultural e intrahistórica (como diría Unamuno) de los pueblos, una experiencia acumulada que se transmite de generación en generación con el correr de los años y de los siglos y que proporciona al que la posee cierto grado de autoridad. Como escribe Mieder, “al emplear proverbios en nuestro discurso, intentamos dar mayor fuerza a nuestros argumentos y otorgarles el carácter de una afirmación general, ejercer influencia sobre las personas o llegar a manipularlas, cuestionar ciertos patrones de conducta, satirizar algunos males sociales, reírnos de situaciones ridículas, etc. Con los refranes damos autoridad al discurso, porque quien habla en ellos no somos nosotros, sino su majestad el pueblo. De ahí la importancia que se les dio en los siglos XV y XVI, aunque, para evitar su desmadre, don Quijote pusiera tantos reparos a los muchos que brotaban de la incontinente boca de Sancho.
Se trata de saberes cuyo uso no se limita a la función representativa del lenguaje, sino que pueden aparecer en otras funciones lingüísticas, porque no sólo tiene referencia, sino que tienen también significación idiomática, que les proporciona una capacidad generativa infinita. En efecto, los saberes populares, además de en contextos formales, pueden aparecer y de hecho aparecen en contextos idiomáticos menos convencionales.
Por una parte, pueden aparecer y de hecho aparecen en contextos idiomáticos figurados, metafóricos o metonímicos. Es lo que ocurre, por ejemplo, con las formas sol y primavera que empleamos tan frecuentemente en el lenguaje coloquial para designar a las personas de cualidades y la edad juvenil, respectivamente, o con la forma fresa que emplea Rubén Darío en los versos “La princesa está triste… ¿qué tendrá la princesa? / Los suspiros se escapan de boca de fresa, / que ha perdido la risa, que ha perdido el color” de su “Sonatina”, para aludir al color rojo y la sensualidad de los labios de su personaje.
Por otra parte, pueden aparecer y de hecho aparecen los saberes populares formando parte de expresiones hechas, como ocurre con los nombres golondrina y verano del refrán “Una golondrina no hace verano”, con que indicamos lo incorrecto de generalizar a partir de un solo caso, los nombres barriga y corazón de la expresión “Barriga llena, corazón contento”, con que aludimos a la satisfacción que produce saciar el apetito, y los nombres avaricia y saco de la expresión “La avaricia rompe el saco”, con que advertimos que el afán excesivo por obtener cosas puede terminar en fracaso.
Y, por último, pueden aparecer y de hecho aparecen las expresiones que nos ocupan en contextos más o menos artísticos, como poemas, canciones y adivinanzas. Así los nombres pez, nariz, pecera y amor que encontramos en canciones como “Quisiera ser un pez / para tocar mi nariz en tu pecera / y hacer burbujas de amor por donde quiera”, de Juan Luis Guerra; la expresión hecha “empinar el codo”, en la canción “Vive de milagro comiendo lo que haya. / Trozos de sandía, melón y papaya. / Dicen que don Pancho es feliz a su modo, / mientras tenga forma de empinar el codo”, de María Dolores Pradera; o los nombres ratón, casa y león en la conocida adivinanza designativa de la llave “Tamaño como un ratón y guarda la casa como un león”. Es esta capacidad generativa que comentamos la que hace que cambien los saberes populares no a saltos y con premeditación, como los científicos, sino de forma paulatina e impremeditada.
Naturalmente, cuanto más protagonismo tenga un sector profesional en una sociedad, mayor desarrollo figurado suele experimentar su léxico. El grado de desarrollo de un pueblo puede medirse por el número de metáforas y metonimias que atesore su vocabulario. Es lo que ha sucedido en la sociedad hispánica con el vocabulario marinero y el campesino, que ha alcanzado un desarrollo metafórico y metonímico enorme. Es lo que explica la gran cantidad de marinerismos y campesinismos que encontramos en el léxico general, como pacotilla ‘cosa de poca importancia’, contra viento y marea ‘arrostrando inconvenientes’, aguantar la vela ‘soportar una situación enojosa’, echar una albarda a alguien ‘abusar de su paciencia’ o meter las cabras en el corral a alguien ‘asustarlo’.
Precisamente por basarse en la experiencia y en la historia concretas de los pueblos, al contrario que los saberes científicos, que son, como dijimos, universales, los saberes populares o, al menos, su formalización lingüística, son, por lo general, propios de cada pueblo o civilización en particular. Así, la expresión popular “Hacer castillos en el aire”, por ejemplo, que se emplea para hacer referencia al hecho de tener ideas, proyectos, sueños o promesas sin base sólida, es exclusiva de la lengua española. Cada pueblo del mundo, sea grande o pequeño, tiene sus propios saberes populares. Así Canarias, que, además de los saberes populares hispánicos generales, dispone de saberes populares propios (seguramente, más de cincuenta mil), resultado de su particular contexto, de su particular experiencia y de su particular historia.
De una parte, dispone de saberes populares propios simples, que aparecen formalizados: a) en forma de palabras (sean primitivas, derivadas o compuestas), como aguililla ‘ave rapaz de unos 50 centímetros de largo que habita en las laderas de los riscos’, aljorra ‘tizón de los cereales’, baifo ‘cría de la cabra’, barbusano ‘determinado árbol de la familia de las lauráceas’, bardino ‘se dice de un perro peculiar de las Islas Canarias que se emplea para cuidar el ganado y la casa’, beletén ‘calostro’, bizcochón ‘torta grande elaborada con harina, huevos y azúcar’, blandura ‘bruma’, conduto ‘vianda que acompaña la comida principal’, fonil ‘embudo’, gofio ‘harina de granos tostados’, goro ‘pocilga’, guagua ‘autobús’, guirre ‘especie de quebrantahuesos’, leito ‘cubierta de proa y popa del bote de pesca’, magua ‘desconsuelo’, maresía ‘humedad marina’, mago ‘persona del campo’, mojo ‘salsa para aliñar los alimentos’, perinquén ‘salamanquesa’, puipana ‘se dice de la cabra manchada de blanco y canelo’, quíquere ‘raza de gallina de pequeño tamaño y gran vivacidad’, tabaiba ‘especie de euforbiácea’, tabobo ‘abubilla’, tafeña ‘millo o trigo tostado que se aparta para comer en grano’, tajinaste nombre de varias plantas arbustivas del género echium’, tajorase ‘macho cabrío joven’, teberite ‘determinada marca que se hace a la cabra en la oreja para identificarla’, tofio ‘vasija de barro con punta acanalada que se usa para ordeñar las cabras’, vieja ‘determinada especie de pez’; b) en forma de lexías complejas, como arco de la vieja ‘arco iris’, peje rey ‘especie de pescado sanguino del género de los escómbridos“, manteca de ganado ‘especie de mantequilla que se hace meciendo leche de cabra’; y c) en forma de locuciones, modismos y frases hechas, del tipo aguantar la banda, en el sentido de ‘soportar alguna adversidad o desgracia’, mandar a freír bogas , en el sentido de ‘despedir con aspereza’, dar a alguien mojo con morena, en el sentido de ‘castigarlo’, tener alguien los ojos como cherne, en el sentido de ‘tenerlos saltones’; hacerse algo gofio, en el sentido de ‘hacerse polvo’; ser algo gofio de otro zurrón, en el sentido de ‘ser harina de otro costal’; echar alguien gofio en saco roto, en el sentido de ‘echar en saco roto; días y gofio, en el sentido de ‘mucho tiempo’, todos ellos pertenecientes principalmente a los ámbitos de la ganadería, la agricultura, la pesca, la artesanía, la botánica, la zoología y la vida doméstica.
De otra parte, dispone la sociedad canaria de saberes populares propios complejos, que aparecen formulados: a) en forma de refranes, sentencias o comparaciones, como “Lo que no va para la era va para el tofio”, que se emplea en el sentido de que ‘no hay nada que no pueda aprovecharse, sea de una manera o de otra’; quien echa gofio a perro ajeno pierde el gofio y pierde el perro, en el sentido de que ‘no es rentable invertir en negocios ajenos’; a toda vieja le llega su anzuelo, en el sentido de que ‘a toda persona le llega más tarde o más temprano su hora’; o “Ir algo con la proa para el marisco’, en el sentido de ‘ir hacia la perdición’; gofito ajeno, gofito bueno, en el sentido de que ‘es bueno lo que se obtiene de gratis’; b) en forma de barruntos, como ”Los guirres encapotados aberruntan muerte“, ”Si al coger una vieja echa espuma por la boca, aberrunta mar de fondo“, ”Cuando los tabobos cantan dos veces, aberruntan escasez de cosecha“; ”Cuando hay paja en el pajero, habrá gofio en el zurrón“; ”Vacas desolladas / alrededor de la tarde, / al otro día, / sol que arde“; ”Soñar con piojos aberrunta dinero“; y c) en forma de cabañuelas, como ”Si por San Juan amanece subiendo la marea, buen augurio. Si amanece bajando, malísimo“; ”Si llueve el día de San Andrés, buena seña es“, ”Si no ha llovido por Santa Catalina, espérala por San Andrés. Y, si no, mala seña es“; ”Si el día de Caridad hay blandura en las montañas, quiere decir que el año que viene habrá aljorra“, ”Si pasa un pispo volando por encima de una cantina, aberrunta que habrá pleito seguro“, de sentido más o menos transparente.
Se trata de saberes populares que, además de en contextos convencionales, aparecen también en contextos más elaborados o creativos. Por una parte, pueden aparecer y de hecho aparecen en sentidos figurados (metafóricos o metonímicos), como quíquere, aguililla, tafeña, guirre y goro, que se emplean frecuentemente en los sentidos metafóricos de ‘hombre pendenciero’, ‘mujer de genio viva y agresiva’, ‘soba, paliza’, ‘persona flaca y consumida’ y ‘casa muy sucia’, respectivamente. Buena parte de estas metáforas y metonimias procede del vocabulario marinero y el campesino, que en la sociedad canaria han ejercido un gran protagonismo. Y, por otra, pueden aparecer y de hecho aparecen en contextos artísticos o expresivos, como poemas o canciones, según vemos en los textos que siguen: “De las aves que vuelan, / me gusta el guirre, / porque tiene las plumas / con que se escribe”; “En un rincón de mi casa, / debajo de mi molino, / tengo una sereta vieja, / que se parece contigo”; “¿Qué quieres que te dé, niña, / si soy un pobre pastor? / ¿Quieres que te dé la lata, / la mochila y el zurrón?”; “Si en el mes de agosto / no cae blandura, / no quedan ni guirres / en Fuerteventura: / se marchan los frailes; / se marchan los curas”; “Tus labios, lanzaroteña, / me quitan la magua mía, / porque tus labios me saben / a vino de malvasía”; y “Pellas de gofio, pan en esqueleto, / forma a estos hombres, lo demás conduto; / y en este suelo, de escorial, escueto, / arraigado en las piedras, gris y enjuto, / como pasó el abuelo, pasa el nieto, / sin hojas, dando sólo flor y fruto” (Unamuno), donde los canarismos guirre, sereta, lata, magua, blandura, gofio y conduto, respectivamente, desempeñan un protagonismo poético especial. Como siempre, son estos usos los que dan prestigio y vigor al material lingüístico que nos ocupa y los que más contribuyen a su difusión y generalización en todo el ámbito del idioma, que es la aspiración máxima de toda palabra o expresión de las lenguas naturales. Precisamente, el escaso uso que han hecho los escritores y la burguesía insulares del patrimonio idiomático y cultural que comentamos ha sido una de las causas fundamentales de su declive actual.
Lo dicho hasta aquí pone claramente de manifiesto el profundo conocimiento que tiene el pueblo canario del medio en que vive y de la psicología del ser humana y la importante aportación que ha hecho a esa lengua “madura, repleta de folklore, de saber popular, que fue el barro santo donde sacó Cervantes la creación más original de todos los tiempos”, como dice Antonio Machado, que es la lengua española. Del folclore canario, que, en el sentido más noble de la palabra, es el saber que profesan nuestros agricultores, pastores, pescadores, artesanos y otra gente del común, hay mucho que aprender para enseñar bien a los urbanitas y a los hijos de papá.
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