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Y los voladores suenan, aquí en La Aldea

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No es 11 de septiembre, pero un volador retumbó este sábado 21 de marzo en La Aldea de San Nicolás. No es para menos. Las presas rebosaron y la alegría –y el agua- desbordan en un pueblo que llevaba muchos años sufriendo los efectos de una sequía que parecía interminable. 

Desde hace semanas muchas conversaciones se centraban en la llegada de este día. “¿Escucharemos el volador?” Era la pregunta más repetida. En un visible estado de nerviosismo se imaginaban escenarios de fiesta, de alegría y mucha ilusión. “Tenemos que sacar los papagüevos a bailar, San Nicolás de Tolentino –el patrón del municipio- tiene que salir a la puerta de la Iglesia…” y así numerosas propuestas para celebrar la vida. Porque aquí, el agua, cuando llega serena y empapa la tierra, es vida. 

Se sale a la calle, se celebra y, si es necesario, se baila bajo la lluvia. No hay horas en el día para ir a ver los tres embalses y para sacar la mejor foto delante de la ‘pantalla’. Familias enteras visitándolas y contando sus historias en torno a las presas. Es una herencia familiar que no perderemos nunca.

Según los datos registrados por la Comunidad de Regantes del municipio -propietarios de las presas- la última vez que rebosaron los tres embalses a la vez fue en marzo de 2011. Si bien, en 2018 se desbordaron el Caidero de La Niña y Siberio, el Parralillo no logró ese objetivo, pero se quedó muy cerca. 

Presa en La Aldea.

Pero hoy por fin llegó ese momento que se esperaba desde que el final del otoño comenzara a dar alegrías con la llegada de las borrascas Claudia y Emilia. Este invierno el cielo se ha acordado de La Aldea y el agua se ha dejado querer dando un respiro a quiénes han visto a la tierra beber lágrimas. Esta “bendición” supone la garantía de contar con riego para varias zafras, lo que conlleva a un ahorro económico. Un hito para una tierra en la que más del 50% de su población vive del sector primario. 

Contando las horas, los centímetros y vigilantes a ver quién daba la noticia. Esos grupos de WhatsApp, de los que he hablado en otras ocasiones, que hacen una labor primordial en días de tormenta, y las redes sociales, eran un universo en el que la tensión casi se podía tocar esperando la buena nueva.

Y entonces suena. Y una, que no es amante de los voladores y de lo que generan en personas con problemas y en animales, recuerda que no es solo pólvora lo que estalla en el cielo, es la memoria de un pueblo entero latiendo al mismo tiempo. Es el eco de quienes miraron al cielo con fe cuando la tierra se agrietaba en silencio. Esos voladores no avisan solo de agua, anuncian esperanza y vida. 

Porque aquí el agua no cae, se celebra. Se escucha el rugir del barranco, se disfruta el brillo de una tierra verde que escandila y del olor a tierra mojada. Y en ese preciso instante, una entiende que no hay fiesta más auténtica que esta. Que no hacen falta escenarios ni grandes focos cuando la emoción brota sola. Porque cuando el agua vuelve, todo cobra sentido. Y no será fácil olvidar este día de marzo en el que el volador sonó, aquí en La Aldea. 

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